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EN PORTADA / Premio Cervantes

Goytisolo por Goytisolo

El escritor recibe el jueves el galardón más importante de las letras en español

En su casa de Marraquech selecciona y comenta los textos que mejor resumen su obra

Juan Goytisolo, en el patio de su casa de Marraquech. Ampliar foto
Juan Goytisolo, en el patio de su casa de Marraquech.

Juan Goytisolo camina muchas tardes hasta el viejo palacio real de Marraquech para ver a las cigüeñas. Durante un tiempo, cuenta, hubo en su casa una que no podía volar. Su foto, con el escritor en segundo plano, aparece en la cubierta de Las semanas del jardín. “Hubo quien pensó que era un truco, pero la foto es real. Se tomó ahí”, dice señalando la galería de su casa. “La alimentamos hasta que se fue. Un vecino francés me dijo que si le cortaba las plumas del pecho no volaría ya nunca y me la podría quedar. Yo le dije:‘Monsieur, no quiero presos políticos en mi casa”.

Nacido en Barcelona en 1931, también Goytisolo, recuerda él mismo, ha hecho vida de ave migratoria entre Europa y África. Salió de España camino de París en 1956 y no ha vuelto a pasar en la Península más de dos meses seguidos. El jueves próximo recibirá en Alcalá de Henares el Premio Cervantes. Allí, adelanta lacónicamente, hablará del Quijote —un libro que ha leído cuatro veces—, de “la situación social y política” y, qué remedio, de los huesos de Cervantes: “Encontrarlos no alimenta la cultura, sino la burocracia. Que los dejen en paz”.

En el comedor de su casa de Marraquech, a resguardo de una lluvia que amenaza con dejarle sin paseo y sin cigüeñas, el escritor despliega unas fotocopias con fragmentos que ha seleccionado de su obra.

VIAJE A LA POBREZA

Hacia Cabo de Gata. Tres autobuses diarios cubren los nueve kilómetros de trayecto Almería-El Alquián. La carretera está alquitranada hasta Níjar y, a la salida de la ciudad, una bifurcación paralela a la Nacional 340 lleva a los baños de Sierra Alhamilla, en cuyo balneario, actualmente derruido, acostumbraban reposar sus fatigas los ricos ociosos de la capital. El autocar toma el camino de Níjar dejando atrás las últimas casuchas del suburbio almeriense. Mi vecino es hombre de una cuarentena de años, moreno y enjuto. Cuando le ofrezco de fumar me pregunta si soy extranjero. Le respondo que soy de Barcelona y pronuncia unas palabras en catalán.

—He trabajado allí casi diez años — dice—. En Hospitalet, Barcelona, Tarrasa… Aquello sí que es vía. Ojalá que nunca me hubiera marchao. A la mujer no le sentaba bien el clima y cometió la estupidez de volver. Ahora, con cuatro hijos y otro en camino, no puede tentar la suerte como antes.

—Aquí uno se hace viejo en seguía, y luego, la familia que le amarra…

Mientras se desahoga contra el destino contemplo el paisaje por la ventanilla. Una llanura ocre se extiende hasta el golfo de Almería, salpicada de tanto en tanto por el verde de alguna higuera. El suelo está agrietado y lleno de cantizales. El mar cabrillea a lo lejos.

Campos de Níjar (1959)

Los libros de viaje son una constante en la obra de Juan Goytisolo. De Cuba a Capadocia pasando por Sarajevo, Argelia o Chechenia, el testimonio y el periodismo (de guerra) han sido una corriente paralela a su escritura narrativa. Cinco años después de publicar su primera novela—Juegos de manos— publicó Campos de Níjar, un periplo de Almería a Carboneras convertido hoy en un clásico de la literatura viajera. El libro, explica el escritor, refleja bien la orientación literaria de los jóvenes narradores de la posguerra: “Un realismo crítico y el deseo de expresar literariamente la realidad oculta por la prensa. Para nosotros la literatura cumplía el deber que en los países democráticos corresponde a los medios de comunicación”.

La elección de Almería como destino tuvo un detonante curioso: la mili. De allí era la mayoría de los reclutas con los que el novelista coincidió en, todavía recita los datos de carrerilla, el Regimiento de Infantería Badajoz número 26: “Me llamaba la atención el desamparo educativo y social en el que vivían. La mayor parte eran analfabetos. Me interesaron mucho los giros idiomáticos que empleaban. Anotaba frases que me llamaban la atención. Me serví de ellas al redactar Campos de Níjar”.

Ese libro y el posterior, La Chanca (1962), dedicado al barrio del mismo nombre en la capital almeriense, le valieron a Goytisolo el título de hijo adoptivo de Almería. Años después, en 2000, sus protestas por la persecución de inmigrantes subsaharianos y magrebíes en El Ejido le valdrían el de persona non grata: “Un país de emigración como España se transformó en país de inmigración. El cambio fue demasiado rápido: de la extrema pobreza a la extrema riqueza sin recibir una educación política y cultural. Esto dio lugar a episodios tan lamentables como los de El Ejido”.

Pese al extremo realismo de sus páginas, Campos de Níjar pasó la censura franquista “sin recorte alguno”. Juan Goytisolo tiene una explicación para esa, añade irónicamente, “hazaña”: “El lector sacaba una impresión desoladora de la pobreza, pero no había nada concreto a lo que referirse. Estaba todo tan minuciosamente calcu­lado que el censor no podía aferrarse a una frase concreta. Esto lo consideré entonces una gran victoria, pero luego me entró cierta melancolía: me di cuenta de que si no lo habían censurado era porque me había censurado yo mismo. A partir de entonces decidí dejar al censor su papel y yo cumplir con el mío. Lo que se publicó después fue prohibido”.

Un grupo de inmigrantes magrebíes observa cómo arden algunas chabolas en El Ejido (Almería), en 2000. ampliar foto
Un grupo de inmigrantes magrebíes observa cómo arden algunas chabolas en El Ejido (Almería), en 2000.

EL LIBRO-FRONTERA

La matanza de Yeste. Compuesta de la doble y contradictoria versión de los protagonistas del suceso, he aquí la síntesis informativa divulgada posteriormente en los periódicos imparciales.

“Al sonar las primeras detonaciones hay un movimiento de pánico. Los paisanos tratan de arrebatar los fusiles a los guardias y los acometen con sus hoces y sus cuchillos. En tanto que el grueso de la multitud se desbanda, los hombres más audaces forcejean con los civiles y emprenden con ellos un violento cuerpo a cuerpo. Un campesino logra apoderarse del mosquetón de uno de los números y dispara sobre él. El guardia Pedro Domínguez Requena se lleva las manos a las cartucheras y las retira empapadas de sangre. Al caer, un paisano le hunde en el cuello un gancho de conducir pinos. El delegado del Ayuntamiento de Yeste, Andrés Martínez Muñoz, primer teniente de alcalde y presidente de la oficina de colocación, implora inútilmente una tregua. El brigada le hace fuego a bocajarro diciendo: ‘¡Toma, por ser de la Gestora!’. Desde tierra suplica vida salva en nombre de sus hijos y el brigada le remata con tres balazos. ‘De éste no os ocupéis — grita—, que no sana”. […]

“Cuando los periodistas llegan al lugar unas horas después del tiroteo se divisan todavía cuajarones de sangre en la boca de la atarjea. En la otra alcantarilla hay un reguero negruzco de varios metros de longitud. Entre los zarzales, una boina nueva, un pañuelo y varios trozos de paño manchados de rojo revelan los esfuerzos de las víctimas por restañar la hemorragia. Olvidados en medio del campo yacen cuatro cadáveres. Una mujer llora arrodillada junto a uno de los cuerpos. El hombre herido en el brazo y en la pierna agoniza aún, perdiendo sangre y escupiendo baba. El sol brilla implacablemente y hormigas y moscas se disputan el inesperado festín bajo la presencia agorera de los buitres que, en círculos tenaces y concéntricos, planean sin prisa sobre los olivares”.

Señas de identidad (1966)

Juan Goytisolo recuerda que empezó a escribir Señas de identidad en París en 1962. La publicó en 1966, eso sí, en México. En España estuvo prohibida hasta la muerte de Franco. Durante meses, el original tuvo como título provisional un verso de Luis Cernuda: "Mejor la destrucción, el fuego". Del poeta sevillano aprendió el novelista barcelonés el uso de la segunda persona tan característico de su estilo. El libro es además el parteaguas de la narrativa del último premio Cervantes: “Con él empieza mi obra adulta”. Goytisolo tenía 35 años cuando la publicó y era ya autor de novelas “tradicionales” más que dignas pero que no le convencen:“Señas nace de la insatisfacción respecto a mi propio trabajo. Con los primeros libros había cumplido con mi deber de ciudadano, pero no con mi deber de escritor”. ¿Qué deber? “Devolver a la literatura algo distinto de lo que recibiste. Sin la idea de novedad no hay obra verdadera, y yo no había roto con el canon literario”.

Dice Goytisolo que a partir de Señas de identidad su escritura no distingue la prosa de la poesía. “Verso libre narrativo”, llama a un estilo que rompe la ortografía y la linealidad del argumento y en el que las crónicas de prensa se mezclan con las citas de los clásicos, las canciones populares con los diálogos de películas baratas y la religión con la pornografía. Aunque se aparte de la tradición realista española, la novela no se aparta de España, su grisura presente y su crueldad pasada. En 1981, Goytisolo volvió al pueblo albaceteño de Yeste para comprobar que, “aunque la vida había mejorado y se respiraba mayor libertad”, todavía se hablaba de “canalla roja” en los escenarios de uno de los acontecimientos recreados en su relato: la matanza en mayo de 1936 de varios campesinos “a manos de las fuerzas del orden enviadas por el cacique del pueblo”. Junto a cuestiones históricas y políticas, el libro recoge también cuestiones más sociológicas: la especulación inmobiliaria, por ejemplo. Ahora es fácil reparar en ello; en los años sesenta, no tanto: “La literatura siempre se adelanta a la realidad. Lo que dice no lo ve una mayoría, pero poco a poco se va imponiendo”.

Además de un hito en la trayectoria de su autor, Señas de identidad se convirtió en una fórmula usada hasta el absurdo: “En un periódico hablaban de un exhibicionista que a la salida de un colegio de niñas mostraba sus ‘señas de identidad’. Me encantó la acepción que le daban al título”, se ríe el escritor. Por lo demás, la contundencia del sintagma ha confundido a muchos lectores: “El título está al final de la novela cuando se habla de ‘Álvaro Mendiola a secas, sin señas de identidad’. No se trata de afirmar la identidad, sino de negarla”.

ELOGIO DEL TRAIDOR

Juan Goytisolo, en Tánger en 2007. ampliar foto
Juan Goytisolo, en Tánger en 2007.

En el café del moro. altivo, gerifalte Poeta, ayúdame : a luz más cierta, súbeme : la patria no es la tierra, el hombre no es el árbol : ayúdame a vivir sin suelo y sin raíces : móvil, móvil : sin otro alimento y sustancia que tu rica palabra : palabra sin historia, orden verbal autónomo, engañoso delirio : poema : alfanje o rayo : imaginación y razón en ti se aúnan a tu propio servicio : palabra liberada de secular servidumbre : ilusión realista del pájaro que entra en el cuadro y picotea las uvas : palabra-transparente, palabra-reflejo, testimonio ruinoso yerto e inexpresivo : cementerio de coches, oxidada hecatombe en las orillas de la gran ciudad : incontinencia verbal que ensucia y no abona, deyección maloliente e inútil : discursos, programas, plataformas, sonoras mentiras : palabras simples para sentimientos simples : amores honestos, convicciones fáciles : las tuyas, Julián, en qué lengua forjarlas? : palabra extrema de pasión extrema, orquídea suntuosa que envuelve e hipnotiza : pasión vedada, sentimiento ilícito, fulgurante traición

Don Julián (1970)

Narrador y ensayista, Juan Goytisolo es también autor de dos títulos fundamentales de la literatura autobiográfica en español: Coto vedado (1985) y En los reinos de taifa (1985). Escritas sin tapujos familiares, sexuales o literarios, esas memorias terminan con el autor contemplando la costa española desde Tánger, la ciudad en la que todavía pasa cada verano para huir del calor de Marraquech. La evocación del conde don Julián, el noble visigodo que según la leyenda habría facilitado la entrada en la Península de los musulmanes, era evidente. En 1970 Goytisolo publicó la segunda novela en la que aparece Álvaro Mendiola, la voz surgida en Señas de identidad. En ella, un español asentado en Tánger desata su cólera contra la tradición moral y cultural del nacionalcatolicismo hispánico. “Su violencia extrema responde a una situación que para mí era muy violenta”, recuerda. “La prensa española me insultaba, la censura prohibía mis libros y el Partido Comunista me atacaba. Si a eso le sumas el descubrimiento de mi homosexualidad…”. De todo ello habla en esas memorias que terminan en la orilla africana del Estrecho. De todo ello surgió su particular elogio del traidor oficial de la España oficial, publicado con el primer título de Reivindicación del conde don Julián. El hecho de que todas las traducciones se limitaran al nombre del reivindicaco llevó al escritor a rebautizar un libro al que se refiere como "una explosión irrepetible". “En 1969 me vi mezclado en una lucha interna del PCE a raíz de un artículo que publiqué en L’Express como motivo del 25º aniversario del final de la Guerra Civil. Decía que el franquismo no iba caer víctima de la lucha de la izquierda, sino que la transformación social que estaba ocurriendo en España iba a arrinconar al régimen como a una antigualla, que es lo que sucedió”.

¿Tan claro estaba? El progreso económico no siempre trae la democracia. Ahí está China. Goytisolo escucha la pregunta y continúa: “Era lo que intentaban en el tardofranquismo: mantener las estructuras del régimen y el poder de la Iglesia abriendo la libre concurrencia. En España fue esencial la salida a Europa de tres millones de españoles, que entraron en contacto con sociedades abiertas, y la llegada masiva de los turistas. Este doble influjo alteró profundamente la sociedad. El franquismo no pudo contenerlo y el PCE no quiso verlo, y decir aquello en aquel momento era una blasfemia. Al haber mostrado mi artícu­lo a Fernando Claudín y Jorge Semprún, y contar con su aval, me vi mezclado en la polémica. Yo no sabía que existía una dispu­ta interna y Santiago Carrillo arremetió contra mí y usó el artículo como elemento de la lucha contra Claudín y Semprún. Esto me desanimó”.

La “agresión onírica y esquizofrénica” contra el canon que supone Don Julián nació también, añade Goytisolo, de “la conciencia de que el régimen de Franco no era fruto de la casualidad, sino de una larga tradición nacionalcatólica”. Partiendo de una invocación de Góngora, el narrador trata de “destruir la imagen de la España sagrada, incapaz de abarcar la riqueza y la variedad de la tradición española”. El escritor, no obstante, insiste en que no se juzgue la novela como un ensayo. Para eso están sus estudios sobre La lozana andaluza, José María Blanco White o Manuel Azaña. La otra España posible. La heterodoxa, dicen.

APÁTRIDA AL FIN

Juan Goytisolo en la terraza del Café de France, en la plaza de Xemaá-el-Fná, en Marraquech, en 1985. ampliar foto
Juan Goytisolo en la terraza del Café de France, en la plaza de Xemaá-el-Fná, en Marraquech, en 1985.

∂ cuando las voces broncas del país que desprecias ofenden tus oídos, el asombro te invade : qué más quieren de ti? : no has saldado la deuda? : el exilio te ha convertido en un ser distinto, que nada tiene que ver con el que conocieron : su ley ya no es tu ley : su fuero ya no es tu fuero : nadie te espera en ítaca : anónimo como cualquier forastero, visitarás tu propia mansión y te ladrarán los perros : tu chilaba de espantapájaros se confunde con la de los habituales mendigos y alegremente aceptarás la ofrenda de unas monedas : el asco, la conmiseración, el desdén será la garantía de tu triunfo : eres el rey de tu propio mundo y tu soberanía se extiende a todos los confines del desierto : vestido con los harapos de tu fauna de origen, alimentándote de sus restos, acamparás en sus basureros y albañales mientras afilas cuidadosamente la navaja con la que un día cumplirás tu justicia : la libertad de los parias es tuya, y no volverás atrás

ávidamente te asirás a tu anomalía magnífica

Juan sin Tierra (1975)

 ∂ “Los que no me entendéis, / dejad de seguirme. / Nuestra comunicación ha terminado. / Estoy definitivamente al otro lado, / con los parias de siempre, / afilando el cuchillo”. Con estas líneas, pero escritas en caracteres árabes, termina Juan sin Tierra, la novela que cierra la llamada trilogía de Álvaro Mendiola, iniciada con Señas de identidad y continuada con Don Julián. Alguna vez se han publicado juntas bajo el título de Tríptico del mal, pero Goytisolo aclara que se trató de una decisión editorial. Lo que fue decisión suya fue podar en sus obras completas, publicadas por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, la “carga teórica” en esta novela, que defiende respecto a la moral dominante una rebelión sexual similar a la rebelión textual planteada por Don Julián respecto al canon dominante. “En los años sesenta”, recuerda su autor, “leía más a los formalistas rusos, el círculo de Praga, Benveniste, lingüística… Llegó un momento en que tenía que elegir entre seguir siendo un escritor-novelista o convertirme en un teórico de la literatura. Y corté con este tipo de lectura. Como decía Proust en El tiempo recobrado: “Una obra en la que hay teorías es como un objeto en el que se deja la etiqueta del precio”. Como sugiere su título, Juan sin Tierra buscaba certificar la “muerte” de Juan Goytisolo como escritor español. Al menos desde el punto de vista de las reglas dictadas por “doña Hakademia”.

LEER MARRAQUECH

La mancha de lo perfecto. Para facilitar el primer contacto, la Guide Bleu aconseja subir al atardecer a la terraza florida de algún café, cuando el sol incendia el paisaje urbano y es posible atalayar en su esplendor la ubicua improvisación de su fiesta

Fodor propone, al revés, una irrupción matinal por Bab Fteuh, a fin de captar muy a lo vivo el increíble bric-à-brac de sus mercados

Nagel, Baedeker, Pol, más precavidas, sugieren una aproximación leve y discreta : pillarla de flanco sin prevención ni aparato, y dejarse arrastrar por el gentío hasta desembocar inopinadamente en ella couleur lócale breakaway fascinación

y sin embargo

como una araña, como un pulpo, como un ciempiés que se desliza y escurre, bulle, forcejea, elude el abrazo, veda la posesión

todas las guías mienten

no hay por dónde cogerla

Makbara (1980)

En la plaza de Xemaá-el-Fná de Marraquech, esa sobre la que las guías “mienten”, hay una placa enorme que certifica en varios idiomas su declaración como patrimonio inmaterial de la humanidad. Mucho tuvo que ver en esa declaración Juan Goytisolo, que presidió durante años el comité de selección de la Unesco. “Fue una manera de protegerla de la especu­lación inmobiliaria”, explica. Él vive cerca de allí, en una casa que compró en 1981, “cuando nadie quería vivir en la Medina”. Un año antes había publicado Makbara (cementerio en árabe), una novela dedicada “a quienes la inspiraron y no la leerán”, es decir, a los habitantes de la ciudad ocre-rosada. Goytisolo llegó a ella por primera vez en 1976 para aprender el árabe dialectal: “En Tánger todo el mundo terminaba hablándome en español. Aquí no, y yo decía que no sabía francés, pero sí algo de árabe”. Ahora se dirige en ese idioma a los vecinos que se encuentra por la calle o en el Cafe de France.

Si Don Julián fue escrita bajo la advocación de Góngora, Makbara invoca al Arcipreste de Hita: “Escuchando una de las historias que contaba un juglar de la plaza al que apodaban Cohete —era muy alto— reparé en que en el Libro de Buen Amor hay una versión parecida. Frecuentar la plaza me ayudó a comprender la tradición española y en qué contexto funcionaba la oralidad. Traté de que eso estuviera en la novela, por eso siempre aconsejo, como para el resto de mis libros adultos, una lectura en voz alta, a veces incluso cambiado el tono: grave, irónico… Por ejemplo, en Paisajes después de la batalla”.

PARÍS MESTIZO

Porteadores clandestino en el barrio parisiense del Sentier, en 1998. ampliar foto
Porteadores clandestino en el barrio parisiense del Sentier, en 1998.

Ni Stalin ni Trujillo ni Pol Pot: Bela Lugosi. La idea me vino al contemplar el culebrón interminable que diariamente se formaba a lo largo de la acera de mi manzana durante el festival del Filme de Terror: millares y millares de personas, de todas edades y categorías socioprofesionales, aguardaban pacientemente, soportando los rigores de un tiempo ­desapacible y hosco, el instante exquisito de abonar el precio, bastante elevado por cierto, para introducirse en la sala archirrepleta, y pasar allí una hora y pico de angustia y sobresalto, sudores fríos, palpitaciones y vuelcos del corazón, gemidos ahogados y a veces gritos de verdadero pánico, en un estado de febrilidad, casi de trance, sólo comparable, por su intensidad y plenitud, al deliquio amoroso. Descubrimiento capital, incontrovertible, del que no tardaría en sacar provecho: aquel gentío anhelaba vivir en una atmósfera de zozobra y espanto, estaba dispuesto a sufrir, a pagar por ello.

En consecuencia, desde mi ascensión al poder, he ajustado a dicha observación mi conducta y gobierno, procurando al pueblo, a mi pueblo, de continuo y de balde, un ambiente y acción parecidos a los que antes, por pura frustración, se veían obligados a buscar en la penumbra y anonimato del cine: vivir en un estado de inquietud asfixiante, temblar cada vez que suena el timbre y no es la hora en que suele venir el lechero, bajar desprevenido la escalera y topar con la cabeza ensangrentada del vecino que había contraído la necia costumbre de lamentarse y hablar mal de mí; salir a la calle con el temor de que un coche oscuro, sin matrícu­la, frene junto a una persona inofensiva cualquiera y cuatro individuos enmascarados la empujen brutalmente al interior del vehícu­lo y desaparezcan con ella sin dejar rastro.

Paisajes después de la batalla (1982)

Instalado en París desde 1956, Juan Goytisolo empezó a trabajar al año siguiente como asesor de la editorial Gallimard, donde conoció a su futura esposa, Monique Lange. Con ella se instaló en la mestiza Rue Poissonière, escenario de Paisajes después de la batalla, una novela fragmentaria, política y loca, cargada de humor, que se abre cuando el protagonista, trasunto de Goytisolo, sale a la calle y se da cuenta de que no entiende las pintadas porque no están en francés, sino en turco: “La experiencia de la emigración que había conocido en la mili la reviví cuando me establecí en París, en el Sentier, un barrio compuesto primitivamente por una mayoría de franceses de origen armenio y judío que luego vivió la llegada de oleadas de italianos y españoles. Más tarde aparecieron los árabes y poco después, masivamente, los turcos tras el golpe militar en su país. También paquistaníes e hindúes. Salir a la calle era, como en el libro de Cortázar, dar la vuelta al día en ochenta mundos”. Las pintadas podían decir, en turco, cosas como ‘Viva la lucha de las masas populares del Perú’. ¿La razón? El apoyo a Sendero Luminoso de los trabajadores exiliados que se reunían en una asociación a la que Goytisolo, que vivía a 200 metros, acudía cada tarde para aprender el idioma.

La novela está llena de referencias a la alta y a la baja cultura —“¿sabrán los jóvenes de hoy quién era Bela Lugosi?”— y retrata un París ajeno a todo glamour. Tal retrato tuvo sus consecuencias: “No era precisamente un barrio aristocrático, no. En Estados Unidos e Inglaterra las críticas fueron muy buenas; en Francia, no. La responsable de las páginas literarias de Le Monde dijo de mí: ‘¿Quién se cree que es para hablar así de París?’. Lo consideraron una ofensa porque los novelistas extranjeros hablaban del Barrio Latino o de Montmartre, pero no de los barrios poco elegantes”.

Para Goytisolo, el Sentier era un ejemplo de integración quebrado por la “expulsión” de los inmigrantes de origen musulmán hacia las afueras, hoy célebres por las revueltas de 2005: “Fue un fracaso de la República respecto a la inmigración. Hoy vas a los barrios de la banlieu, al norte de París, y notas la segregación. A la especulación inmobiliaria se sumaron los errores de Chirac. Jóvenes que se estaban integrando en el centro —conozco varios casos— fueron desplazados a los arrabales. Volvían convertidos en pequeños delincuentes. Se crearon guetos. Muchos terminaron cayendo en el extremismo islámico. Como no se les consideraba verdaderos franceses, trataron de convertirse en auténticos musulmanes sin atender al discurso delirante al que estaban sometidos. El resultado está en los atentados contra Charlie Hebdo y el supermercado judío. Algo horroroso. Por eso mucha gente dijo ‘Yo no soy Charlie, soy Ahmed”.

MÍSTICA Y MIEDO (AL SIDA)

Ilustración de Frederic Amat para 'Las virtudes del pájaro solitario'. ampliar foto
Ilustración de Frederic Amat para 'Las virtudes del pájaro solitario'.

∂ La agonía sanjuanista. pronto, rápido, agárrate a la sombra huidiza del tiempo, coge tus deseos por el rabo, repasa con celo los recuerdos más bellos, atesora imágenes de cuerpos, rostros, miembros hermosos, instantes felices, afanes colmados, rememora la dichosa plenitud de tus versos y su lectura encendida en voz alta sin olvidar la sonrisa y figura de quienes te inspiraron, las notas del piano expresamente tocadas para ti, tus tormentos y goces de enamorado, apresúrate, no dispones de tiempo, el reloj de la mesilla de noche escurre sus últimos granos de arena, frailes comisarios malsines enfermeras doctores parecen agitarse en torno al lecho con mascarillas y guantes protectores, todo ha sido breve, denso, apasionante y confuso como un sueño, infancia estudios vocación escritura beatitud extática, todo soñado!, persecuciones encierro castigos manuscritos quemados, puro sueño!, celda del convento procesión en jaulas soledad de amor herido en las alhamas, igualmente soñados!, despierta de tu sueño, penetra al punto en el que lo contiene, en el círculo de materia incompósita que lo ciñe y abarca, tu vida ha sido recia, los raudales de luz que te deslumbran son fruto de la hiperestesia?, de una droga nueva y más fuerte que tus veladores te han inyectado?, o has llegado al fin al Loto del Término y sus mansos ríos?, recita, recita una vez más los versos traducidos por Ben Sida, la pasión persevera y la unión se demora, el encuentro no llega y la paciencia se agota, si no hay posible amor contigo, promételo al menos a mi esperanza y prolóngala por mí aunque no te propongas realizarla, un gesto tuyo desabrido me resulta infinitamente más dulce que el sí de un amante solícito!

Las virtudes del pájaro solitario (1988)

Ilustración de Frederic Amat para 'Las virtudes del pájaro solitario' ampliar foto
Ilustración de Frederic Amat para 'Las virtudes del pájaro solitario'

∂ “En 1985 contraje en Egipto una dolencia intestinal que no lograban curarme. Muchos amigos estaban muriendo de sida y yo llegué a pensar que lo tenía. Algunos síntomas coincidían. En febrero de 1986 empecé a escribir Las virtudes del pájaro solitario. Me salió de un tirón. Hay libros que he ido escribiendo por fragmentos que luego he montado. Fue el caso de Señas de identidad y de Paisajes después de la batalla. Don Julián y Las virtudes los escribí de principio a fin, en estado febril casi”. Así recuerda Juan Goytisolo la génesis de un libro atravesado por la muerte y contrapunteado por la voz de San Juan de la Cruz, que en sus Dichos de luz y amor describió las cinco condiciones del pájaro solitario: “La primera, que se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente”.

A Goytisolo siempre le fascinó el hecho de que San Juan se tragara unas páginas suyas antes de ser detenido. Los versos del poeta y las circunstancias de su detención se mezclan en una novela de la que partió José María Sánchez-Verdú para componer la ópera El viaje a Simorgh. Se estrenó en el Teatro Real de Madrid el 4 de mayo de 2007 con dirección musical de Jesús López Cobos y coreografía de Cesc Gelabert. La dirección y la escenografía corrieron a cargo de Frederic Amat. Pintor y escritor colaboraron también en una edición ilustrada de novela.

La muerte

Monique Lange, la primera por la izquierda, al lado de Juan Goytisolo.
Monique Lange, la primera por la izquierda, al lado de Juan Goytisolo.

Habla el demiurgo. “No hay grandes diferencias entre tú y yo. Aunque fuiste engendrado por una gotica de esperma y a mí me fabricaron a golpe de especulación y concilio, los dos tenemos lo primordial en común: la inexistencia. Somos quimeras o espectros soñados por algo ajeno, llámalo azar, contingencia o capricho. Tú naciste muerto y perteneces ya al reino de las sombras. Yo fui inventado a lo largo de milenios de querellas bizantinas y dejaré de existir el día en que el último de tus semejantes cese de creer en mí. Cada uno de mis atributos o propiedades imaginarios fueron causa de disputas, enmiendas, precisiones, luchas mortíferas. ¿Soy Uno, soy Trino, soy Misericordioso? […] ¿Por qué Trino y no Cuádruple? La madre de mi Hijo ¿no reunía acaso los requisitos de una verdadera Deidad? Y, puestos a soñar, yo, el Soñado, ¿por qué no sería un Hexágono o, mejor aún, un Decaedro de tantas caras y ángulos como mandamientos esculpidos en las Tablas de la Ley que entregué a Moisés? Me veía a mí mismo como un bloque cristalino y prismático, como esos ojos de las moscas capaces de examinar los seres y cosas desde enfoques opuestos. Te confieso mi envidia a los dioses paganos: tenían competencias limitadas, pero vivían sin rebozo sus pasiones y odios, no se tomaban demasiado en serio, os mentían pero se dejaban sobornar y aplacar. A mí, en cambio, me vedáis el humor y la risa. Soy solemne como vuestros autócratas o Napoleón en el día de su coronación. […]”.

Telón de boca (2003)

Juan Goytisolo se instaló definitivamente en Marraquech en 1997, donde vive con su “tribu”, la familia de su amigo Abdelhadi. Un año antes había muerto su mujer, Monique Lange, que en la novela Casetas de baño narra el modo en que encajó la homosexualidad de su marido. Encima de la tele, en casa de Goytisolo, hay una foto de Lange y su figura, su ausencia, atraviesa Telón de boca, un lamento con tres personajes: el narrador, Ella y el demiurgo, Mefisto, que se hace pasar por Dios. Cuando se publicó en 2003, el escritor anunció que con esa novela cerraba su obra aunque en 2008 publicó El exiliado de aquí y allá, una secuela de Paisajes después de la batalla. El resto han sido artículos y ensayos, algún poema. Eso sí, acaba de entregar a su agente, Carmen Balcells, un libro “sobre asuntos sociales y personales”, dice escuetamente. Ha dado orden de que solo se publique 20 años después de su muerte.

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