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PENSAMIENTO / ENTREVISTA

Axel Honneth: “El optimismo es una obligación moral”

El director de la Escuela de Fráncfort propone que la ciudadanía tome consciencia de su capacidad para mejorar la sociedad

El filósofo alemán Axel Honneth.

Axel Honneth (Essen, 1949) dirige el Instituto de Investigación Social, más conocido como Escuela de Fráncfort. Fundado en 1923, sus miembros cultivan la filosofía y las ciencias sociales desde una perspectiva conocida como “teoría crítica”. Al Instituto pertenecieron o pertenecen Theodor Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, Erich Fromm, Jürgen Habermas y Karl-Otto Apel, entre otros. En todos ellos se aprecia la huella de Hegel, Marx y Freud, así como un intento común de comprender los mecanismos que permiten la comunicación y la convivencia en una sociedad democrática. Honneth participó hace unas semanas en un ciclo de conferencias en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona y luego celebró una sesión de debate con un reducido grupo de profesores y estudiantes.

Así describe la evolución de la Escuela de Fráncfort: “Se ha producido una especie de transición, un cambio del pesimismo metodológico al optimismo. Habermas desde el principio fue, en este sentido, un kantiano, se impuso la obligación moral de describir las trayectorias hacia la mejoría social; Adorno y Horkheimer eran más nietzscheanos”.

Honneth se ve “inserto en esa tradición”, que recupera también a Kant. Dice que una de las diferencias entre el pasado y el presente del Instituto que dirige es que los pensadores actuales “han crecido en una cultura más democrática” que la de los fascismos. “La tarea de la Escuela es el análisis de las trabas a las mejoras democráticas. Y hay un montón. Creo que la teoría crítica tiene ahora la obligación moral del optimismo”.

En las obras de Honneth se hallan con frecuencia propuestas para la convivencia. “Soy un observador que está en el lado de los participantes. Trato de reconstruir ciertas prácticas e instituciones sociales tal como son percibidas y experimentadas. En general no me dirijo al lector, pero a veces le recuerdo que necesita comprometerse si busca una mejora democrática”. Uno de los asuntos que más le interesan es la apatía política: “Significa que la gente no está lo suficientemente comprometida en las prácticas democráticas. Prefiere el consumismo, la evasión; el mundo privado frente al compromiso público. Se trata de explicar la tendencia y por qué hay periodos en los que la gente deja de ser apática y se compromete. Por ejemplo, el caso Dreyfuss: todo el mundo estaba comprometido públicamente. Hubo momentos en Alemania en los que no se podía evitar el compromiso, ¿por qué hoy hay tanta apatía? Creo que tiene que ver con una frustración derivada de la creencia de que la política no tiene capacidad de transformación social. Hay un conservadurismo que parece afirmar que la política es incapaz de romper el poder del capitalismo financiero, que no hay salida”.

Los diarios no nacieron para divertir al público, sino para informarle, para que los ciudadanos pudieran formarse su opinión”

Pero de pronto, sin que se sepa por qué, la gente se moviliza: “Vuelven a creer que pueden decidir su futuro. Ahí está Grecia. Tienen la impresión de que pueden realmente cambiar algo expresando en voz alta su opinión. La apatía política desaparece. Si en otras partes no pasa no es porque nuestros Gobiernos sean menos capaces de cambiar algo, es porque tenemos la impresión de que no pueden hacerlo. ¿Tiene realmente el Gobierno griego mayor poder de cambio que el alemán o el español? No, pero en Grecia la gente cree en el poder del Gobierno y por eso la politización y el compromiso público aumentan”. Importa la realidad y la percepción que se tiene de ella: “Una de las tareas de los intelectuales es hacer lo que podamos para aumentar la confianza de la gente en su capacidad de cambio. Tenemos la obligación moral de no ser pesimistas. Va contra la democracia hacer creer a la gente que carece de capacidad para cambiar las cosas”.

Ese cambio se hace con el voto, pero antes tiene que darse el debate libre. “Los diarios no nacieron para divertir al público, sino para informarle, para que los ciudadanos pudieran formarse su propia opinión a través de la información y el debate. Eso vale también para el cine, la televisión, la radio… Si esos medios no pueden sobrevivir por sí mismos —me refiero a los diarios de calidad, a los canales informativos—, creo que tenemos que preguntarnos seriamente si no es nuestro deber, como público, financiar su supervivencia, con control legal para evitar la injerencia del Gobierno”. ¿Un mercado regulado para los medios? “Sí. No deberíamos permitir que los medios fueran completamente mercantilizados. Tiene que haber mecanismos que permitan limitarlo. Me encanta ver que en Alemania la radio pública es mejor que las privadas. Los canales públicos de televisión lo están haciendo también mejor que los privados, cada vez más presionados por el mercado y reduciendo la calidad de sus programas”.

El debate que se debe fomentar supera las fronteras tradicionales, las políticas y las culturales: “Cuando se recorre la historia de los últimos 250 años se pueden observar dos cosas: que el poder del Estado-nación está en declive debido a la globalización, y que su capacidad de entenderse a sí mismo como representante de la nación se está destruyendo por el grado de heterogeneidad en nuestras poblaciones. Hay un debate sobre si el islam pertenece a Alemania o no. Merkel dice ahora que sí. El asunto es que cuanto más crece la complejidad y la heterogeneidad cultural de nuestra población, menos justificación hay para el Estado-nación identitario. Hay dos procesos de declive del Estado-nación: la pérdida de soberanía política debido a la globalización y la pérdida de, digamos, identidad. Esto nos lleva hacia formas de unidades políticas más complejas”.

En su último libro, El derecho de la libertad (Katz, 2014), defiende que, a veces, para explicar los cambios sociales, la ficción es una herramienta más sutil. “La teoría social y la sociología pueden utilizar con provecho obras de ficción para comprender las transformaciones. Es muy conveniente que el investigador social sepa lo que cuentan la literatura y el cine, que preste atención a lo que observan y narran porque con frecuencia se adelantan. Por ejemplo, si se quiere saber lo que sucede en las relaciones íntimas entre un hombre y una mujer, podemos partir de los datos: tasas de divorcio, descenso de la fertilidad, crianza de los hijos; pero lo que realmente está sucediendo está explicado de forma más sensible en la novela y en el cine que parten de observaciones cercanas de los pequeños cambios en los comportamientos cotidianos”.