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La eterna franqueza poética de León Felipe

‘Castillo interior’ reúne textos inéditos del autor español exiliado en México

El poeta León Felipe, en 1960. Ampliar foto
El poeta León Felipe, en 1960.

Fue un poeta, para el estudioso Gonzalo Santonja, “por encima de las circunstancias”. Franco, desgarrado, incómodo entre los dogmas, generoso en la mano tendida hacia quienes recalaron tras él en el exilio mexicano. Enemigo de los antólogos, desconfiado con los editores, increíblemente humilde para reconocer la valía de sus discípulos, como hizo en el caso de Juan Larrea.

Desdeñoso con los santones se mostró León Felipe (Tábara, Zamora, 1884-México DF, 1968), valiente, oscuro, tremendamente contemporáneo de cualquier época —es decir, eterno, ajeno a modas—, curioso, sediento… Un faro que tendió puentes, según le reconocía Octavio Paz, que buscó la luz en la oscura travesía de una vida marcada por el infortunio y que Santonja y Javier Expósito reivindican ahora en este Castillo interior de ecos teresianos, editado dentro de la colección Cuadernos de Obra Fundamental (Fundación Banco Santander).

Discursos, correspondencia inédita, componen un fresco de lo que es, según ambos, “el obrador de León Felipe”. Un creador “adánico, prometeico”, comenta Expósito, director de la colección, que está alumbrando algunos de los secretos más enjundiosos de la literatura española. Abierto de par en par, en estos documentos únicos, salidos del Archivo Histórico Provincial de Zamora y de la Residencia de Estudiantes, se nos desvelan aspectos y miradas sorprendentes de Felipe, plasmadas con la franqueza y la profundidad que le convirtieron en una figura poco dada a los algodones y las buenas palabras, salvo sentidas excepciones. Para prueba, lo que sigue.

Los antólogos: “He sabido que van a publicar ustedes una Antología Hispanoamericana con un criterio político más que poético donde, movidos por preferencias y odios personales, aparecen los que son deseables para ustedes. Como yo soy un indeseable en otras latitudes, según su criterio, supongo que también en este de la poesía, lo seré. Pero, por si no fuese así, les escribo para manifestarles que no es ‘deseable’ para mí, aparecer en esta Antología”. (Carta a la editorial Séneca, 1941).

Luis Buñuel: “Necesita torturar, humillar y matar a mucha gente. No entiende ni cree en la inmortalidad del símbolo. Es un bruto sádico aragonés con un surrealismo trasnochado que aquí ahora suena muy bien con la nueva música de Sartre. Nuestra amistad se ha enfriado. Esta noche le dan una cena a la que creo no asistiré”. (Carta a Juan Larrea, mayo de 1951).

Camilo José Cela: “Es usted muy bueno. Además de ser un gran escritor, es usted una gran persona. Todos me lo dicen. Me gustaría ser joven para ofrecerle a usted una amistad verdadera. Así como ando ahora no soy más que un puñado de huesos viejos y sin destino”. (Carta a Cela, abril, 1959)

Octavio Paz: “Voy a decirte una cosa: acaba de salir un libro de Octavio Paz: El arco y la lira. Es un gran libro del que se va a hablar y polemizar. Está escrito en un estilo brillante y poético, pero no hace más que jugar con ideas que tú ya has dejado atrás y que a mí me son tan familiares por habértelas oído tanto. Si Octavio no fuese tan vanidoso y egoísta y no se hubiese puesto ya la corona de rey… Le estorban todos. Y no será posible trabajar ni avanzar junto a él. Más ninguno ha llegado donde tú. Nadie ha abierto las puertas que tú has abierto”. (Carta a Juan Larrea, abril de 1956).

Gonzalo Losada y Guillermo de la Torre: “Estoy muy enfadado con vosotros. Me habéis hecho una jugarreta: Cuando hace seis años estaba enfermo y loco de una enfermedad que los médicos no supieron nunca cómo se llamaba y tuvieron que mandarme al infierno porque en ningún sanatorio me admitían, publicasteis mis obras completas. Yo le dije a Gonzalo que no se publicaran… Pero la cosa no para ahí. Hicisteis un libro grande. Con una ‘preciosa encuadernación’ (el papel no es muy bueno y las erratas innumerables). ¡Y qué precio le habéis puesto! Con el valor de un solo ejemplar podéis pagarme los funerales. Pero esto no me importa. Lo que me tiene muy enfurecido y por lo que os escribo esta carta es por otra cosa. Por esto. Al libro, con su ‘preciosa encuadernación’, le pusisteis una camisa de celuloide, más fuerte que una camisa de fuerza y la metisteis (me metisteis) en una caja de cartón dura y gris con una cerradura japonesa: un perfecto catafalco. Así me quisisteis enterrar. Pero no estoy muerto”. (Carta a Gonzalo Losada y Guillermo de la Torre, editores, junio de 1965).

Juan Larrea. “Creo que tengo cuerda para unos meses más y no quiero irme sin verte y abrazarte. Después de todo, tú eres el único ser en el mundo con quien yo puedo consolarme. Quiero oírte y que tú me cuentes de viva voz todo lo que has descubierto. Puedo ir a Córdoba [Argentina]. A España no quiero ir. No quiero más que hablar contigo. Y verte. Y oírte, sobre todo. Nada más esto quiero. (Última carta a Juan Larrea recogida en el volumen y fechada en enero de 1967).

El poeta murió el 18 de septiembre de 1968 en la capital mexicana.

Poesía relegada por la política

León Felipe es una de las voces poéticas más relevantes del siglo XX español. Su poesía, sin embargo, permaneció relegada durante la dictadura.

Estudió Farmacia forzado por su entorno familiar, pero dedicó su vida a la literatura. Profesor y traductor de Walt Whitman, en los años veinte publicó Versos y oraciones del caminante.

Intelectual comprometido con la República, se vio obligado a partir hacia el exilio en 1937. Dos años después publicó Español del éxodo y del llanto, uno de sus libros más conocidos.

Durante sus años en México y otros países de América, León Felipe escribió obras como Antología rota (1947), Llamadme publicano(1950) o El ciervo (1958).