Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Lo que convierte un clásico en clásico

El debate está abierto desde el Renacimiento. Elijo la definición subjetiva y arbitraria: es una obra que cambia tu vida, como antes la de otros

El director británico Alfred Hitchcock junto a la actriz  Janet Leigh en el rodaje de ‘Psicosis’ (1960).
El director británico Alfred Hitchcock junto a la actriz Janet Leigh en el rodaje de ‘Psicosis’ (1960).

Al menos desde el Renacimiento, con la recepción e imitación de las obras de la Antigüedad grecorromana, pero sobre todo a partir de finales del XVII, cuando estalla la Querelle entre antiguos y modernos, los estudiosos han debatido intermitentemente acerca de lo que convierte en clásica una obra literaria o artística. Da igual que los diferentes cánones nacionales hayan ido variando de acuerdo con las circunstancias históricas y sociales. Al eurocentrismo tradicional de las élites aristocráticas o universitarias que imponían el canon hoy ha sucedido una multiplicidad de puntos de vista que hace que nos resulte obsoleta —cuando no impertinentemente elitista— aquella célebre pregunta del genial novelista Saul Bellow: “¿Dónde está el Tolstói zulú?”. De entre todas las definiciones acerca de lo que sea un clásico, siempre he preferido la más subjetiva y arbitraria: un clásico es una obra que cambia tu vida, como cambió antes la de otros. Algo que enlaza con aquella definición de Italo Calvino (en Por qué leer los clásicos, Tusquets): “Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él”. Frank Kermode (1919-2010), uno de los críticos del siglo XX que más investigó sobre lo que hace que un libro se convierta en clásico, solía decir que una de las condiciones para que tal cosa ocurra era lo que denominaba “paciencia textual” (textual patience), es decir, la capacidad de una obra para lograr que cada generación la reinterprete a su propia satisfacción, pero siempre de modo diferente. Y es que, como creía Calvino, un clásico nunca agota lo que tiene que decir(nos). Felizmente la producción editorial española se ha enriquecido desde hace años con nuevas colecciones de clásicos editadas con primor. A las ya clásicas —permítanme la redundancia— de, entre otras, Castalia —hoy un poco postergada por Edhasa, su nueva propietaria— y Cátedra (grupo Anaya), se incorporó, a finales de los noventa, la muy meritoria Alba (grupo Moll) con una deslumbrante serie (dirigida por Luis Magrinyà y alimentada especialmente con novelas del siglo XIX) que consiguió llevar los clásicos a las mesas de novedades de las librerías. Sin olvidar la estupenda Biblioteca Castro (director literario: Darío Villanueva), que, más que clásicos, viene re-publicando sin notas el patrimonio literario español, desde la General Estoria, de Alfonso X, hasta la serie histórica Esquiveles y Manriques, de Salvador de Madariaga; o, siguiendo con los clásicos en castellano, la imprescindible Biblioteca Clásica de la RAE, heredera en nombre, planteamiento y ambición de aquella extraordinaria e inolvidable que fundó Francisco Rico en Crítica (durante el reinado de Gonzalo Pontón) y que, tras diversos avatares editoriales (incluyendo Galaxia Gutenberg, donde fue coordinada por Ignacio Echevarría), publica hoy la “docta casa” con el patrocinio de la Fundación Aquae. De entre los últimos títulos de esa serie recomiendo vivamente el interesantísimo memorial Historia de los indios de la Nueva España, del franciscano Fray Toribio de Benavente (1482-1569), más conocido por el apodo con el que le llamaban los indios (a los que defendió con energía) de Motolinía, que en lengua náhuatl viene a significar “el afligido”.

Pingüinos

Al anterior palmarés de honor de colecciones de clásicos viene ahora a añadirse la serie Penguin Clásicos, de Penguin Random House, que aterrizará en librerías el próximo 14 de mayo con una ¡veintena! de novedades (ingleses isabelinos, españoles, griegos) y clara voluntad (un punto agresiva) de ponerse al frente del mercado en el segmento de clásicos. Formato y diseño copiados de los de la casa madre (Allen Lane fundó Penguin en 1937 y la serie de clásicos en 1945), con una ilustración a todo color en portada, fondos negros y lettering en naranja y blanco; aparentemente los lomos van fresados, no cosidos (lo que también es el punto débil de los Penguin británicos) y precios más que asequibles para una serie que presume de calidad (también en las traducciones) y que promete editar “los mejores libros jamás escritos”: entre 6,95 y 13,95 euros. Para su desembarco con sirenas mediáticas en librerías, Penguin Random House ha dispuesto enormes expositores. En cuanto a mí, tengo que decirles que los libros me resultan tan apetecibles que ganas me dan de tenerlos todos. Con un poco de suerte esta llegada masiva de pingüinos contribuirá a animar un mercado que todavía (y a pesar de Dueñas y Pérez-Reverte) anda un poco marchito. Amén.

Chinoiserie

Aprovecho una estancia en Shanghái, el mayor escaparate de ese insólito invento chino (que ya quisieran para sí algunos tycoons de Wall Street) que concilia el capitalismo más salvaje con la represión “comunista” de toda disidencia social, para visitar el museo de Lu Xun (1881-1936: el próximo año se celebrará a bombo y platillo el 80º aniversario de su muerte) y releer, en una vieja edición francesa adquirida sobre el terreno, La verdadera historia de Ah Q (1922), que Kailas ha publicado en español en un volumen que también incluye el chejoviano relato Diario de un loco (1918). Del museo que los chinos han levantado en conmemoración de su “escritor nacional” —y no es el único—, sólo les diré que ya quisiéramos tener por aquí uno parecido dedicado a Cervantes. En cuanto a la novela, una sátira de la sociedad china de principios del novecientos en forma de biografía ficticia del personaje que le da título (y que, de paso, se convierte en una explicación personal del fracaso de la Revolución de 1911), me sigue pareciendo uno de los libros imprescindibles de la literatura del siglo XX, y un monumento al poder vivificador de la ironía literaria. A su lado, y en mi opinión, palidece hasta esa otra obra maestra con fondo chino (en este caso, de la insurrección de Shanghái en 1927) que es La condición humana (1933), de André Malraux.

Maestro

El cine nos ha dado a sus clásicos muy pronto. Uno de ellos —a estas alturas pocos lo dudan— es Alfred Hitchcock (1899-1980). Leo a trompicones, entre la ida y la vuelta de un largo viaje con escalas, la nueva biografía del “mago del suspense” por Peter Ackroyd, que ya antes había escrito, entre muchas otras, las vidas de Dickens, Shakespeare, Eliot o Blake y la enorme “biografía” de Londres (Edhasa), la ciudad que vio nacer a Hitchcock (y a Chaplin, por cierto, otro de los biografiados por Ackroyd). Retengo de su Alfred Hitchcock (Chatto & Windus), entre otras muchas cosas interesantes, una frase del maestro que explica, quizás, por qué supo asustar tanto y tan bien a millones de espectadores, y cuyo sentido se remonta a su rígida educación católica: “Siempre estuve aterrorizado por la policía, por los padres jesuitas, por los castigos físicos, por un montón de cosas: esa es la raíz de mi obra”. La bio sólo tiene 288 páginas y les aseguro que no aburre nada, incluyendo las partes en las que se trata la extraña “asexualidad” del sujeto. Si yo fuera un editor español intentaría hacerme con los derechos, suponiendo que a estas alturas sigan libres. De nada.