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El Prado gana en sus pasillos

Los visitantes de las salas con las obras por las que el museo pelea con Patrimonio Nacional muestran desconocer la disputa y optan por no mover los cuadros

'El Descendimiento' de Rogier van der Weyden (1435).

En sus planes, nunca falla el Prado. Cada vez que Salvadora Ramos y Miguel Haro acuden a Madrid desde Murcia pisan la pinacoteca. Lo que, a sus 74 y 68 años, significa ya “varias decenas” de visitas. En su recorrido siempre cabe El jardín de las delicias, una pasión que cultivan desde la juventud. “Si nos lo quitan, nos quitan mucho”, afirma ella. Su temor es legitimado por la pelea entre el Prado y Patrimonio Nacional, propietario de la obra de El Bosco y que la quiere de vuelta para su Museo de las Colecciones Reales, que abrirá en 2016. “¿Para qué vamos a dispersar los cuadros? Me parece un juego político”, comenta él ante El Descendimiento, de Roger van der Weyden, otra de las piezas de la discordia.

La obra maestra del holandés lleva una placa en su marco que recuerda su dueño: “Patrimonio Nacional”. Así lo señala Juan Antonio Sánchez, restaurador como su amigo José Luis Romero. Ambos reciben con sorpresa la pregunta sobre el conflicto, del que cuentan que estaban hablando entre ellos. “La reclamación de Patrimonio es impecable desde el punto de vista legal. El problema es que Zugaza [director del Prado] no puede negar tajantemente la obra a su propietario”, resume Sánchez. Ambos consideran que la clave de la disputa es El jardín de las delicias: “Patrimonio tiene una colección maravillosa para su nuevo museo pero falta una súper obra. Tapices y carruajes son interesantes pero no atraen al público”. Y los dos sostienen que la solución pasa por una negociación política.

Eduardo Boix Lillo es otro con una opinión formada sobre el asunto. En la sala contigua a la que acoge las maravillas del Bosco (La mesa de los siete pecados capitales también es reclamada por Patrimonio), este hombre de 68 años sentencia: “Se le hace más daño al Prado del beneficio para el nuevo museo, que no se centra en la pintura. La pelea se debe a un funcionario celoso de sus funciones”.

Una encuesta a pie de cuadros a una treintena de visitantes sugiere alguna tendencia más. Los extranjeros, la mayoría, se reparten entre “da igual mientras se expongan” y “mejor más obras en el Prado”. Y, de los españoles, casi todos ignoran tanto el conflicto como la apertura de un museo de Patrimonio. Sus preocupaciones, una vez escuchado el resumen de la pelea, tienen que ver con que las obras sigan al alcance del público, en un museo o en otro, y con los posibles riesgos y costes del traslado. Muchos tachan la disputa de “politiqueo”. “Hay demasiados conflictos por orgullo entre ministros o funcionarios”, resume Lucía Rubio, de 22 años. A sus espaldas el Cristo de Van der Weyden aguarda para saber si le espera un nuevo calvario: la mudanza.

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