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La BBC busca su sitio

Reino Unido debate sobre la tasa que financia la emblemática corporación en tiempos de Internet y programación a la carta

'Wolf Hall', serie de producción de la BBC sobre la historia de Thomas Cromwell.
'Wolf Hall', serie de producción de la BBC sobre la historia de Thomas Cromwell.

El singular modelo de financiación de la BBC ha recibido una leve inyección de vida que, paradójicamente, confirma su sentencia de muerte. Un comité parlamentario concluyó a finales del mes pasado que la tasa mediante la que se financia la corporación —145,5 libras que paga cada propietario de un televisor, unos 200 euros— es “cada vez más difícil de justificar”, aunque recomendó que siga vigente durante la próxima década. La televisión pública británica, referencia europea en cuestiones de funcionamiento y transparencia, busca un sistema alternativo al que la financia desde hace casi 70 años, cuando retomó la actividad al terminar la Segunda Guerra Mundial, y que resulta ya anacrónico a medida que el consumo de sus productos se desplaza cada vez más al entorno online. Bajo el debate de la financiación subyace, en realidad, otra búsqueda aún más trascendental: la de su propia esencia.

La semana después del veredicto, el pasado lunes, en un discurso clave para el futuro de la empresa pública, su director general, Tony Hall, advirtió de que la BBC se encuentra en el momento de decidir si sigue representando la referencia para la industria dentro y fuera del país o si, por el contrario, “se precipita hacia la decadencia”. “Internet proporciona las herramientas para abordar mejor la televisión como servicio público”, dijo Hall. “Para hacerlo, debemos reinventar la BBC una vez más”.

Este es el comienzo, en palabras de Hall, de “la revolución de la BBC personalizada”. La corporación pública abraza así el concepto de moda entre las grandes organizaciones de medios. Contenidos a medida en función de las preferencias del usuario y de sus amigos, en la línea de las redes sociales. “Pero siempre lo haremos a la manera de la BBC”, señaló Hall. “No diciéndole lo que los clientes como usted compraron, sino lo que ciudadanos como usted desearían ver y necesitarían saber”.

Para convertirse en esa especie de Amazon de servicio público, advirtió Hall, hace falta apoyo político y financiación. La BBC no se ha librado de la política de contención del gasto llevada a cabo por el Gobierno de Cameron durante toda la legislatura que ahora termina. Desde 2010 la tasa que pagan los propietarios de televisores está congelada. Lo que, combinado con la asunción de nuevas tareas e inversiones —como los 300 millones que costó mejorar la banda ancha en zonas rurales—, ha producido una caída de la financiación en términos reales de un 26% en estos cinco años. La BBC ingresa ahora 3.700 millones de libras al año con el canon. Pocos esperan que los políticos —tradicionalmente recelosos de la gestión y, sobre todo los conservadores, de las inclinaciones políticas de la corporación— suban la tasa actual cuando toque revisarla en 2017.

Se estudian diversas modalidades alternativas de financiación. Una de ellas es el modelo de suscripción, que va desde un desembolso único voluntario hasta distintas modalidades de pago por consumo a la carta. Es el modelo que utiliza, por ejemplo, Netflix, que en sus tres años de vida en Reino Unido ronda ya los cinco millones de suscriptores. Hall no es partidario de este sistema, por el que solo pagan quienes desean ver los programas. En opinión de la dirección, limitaría el alcance de la televisión pública, aumentaría los costes al obligar a desarrollar mecanismos de exclusión de los no suscriptores y acabaría restringiendo su alcance a solo una parte de la población.

También se estudia la introducción limitada de publicidad. El canal BBC Three, por ejemplo, no sobreviviría al actual plan de ahorro, que está pendiente de aprobación por parte de la corporación. Ya hay productoras que han propuesto salvar el canal inyectando dinero a cambio de poder introducir publicidad, sin que esta comprometiera la vocación de servicio público del canal. Esa opción contaría con la oposición de las cadenas privadas, que verían amenazada su ración de la tarta publicitaria.

La corporación es partidaria de mantener el sistema vigente, aunque insiste en que los recortes harían peligrar la viabilidad de la oferta, y celebra la prórroga concedida por el comité parlamentario. En todo caso contemplaría la opción de establecer, a la manera de la televisión alemana, una tasa por vivienda y no por televisor, adaptándose a los nuevos formatos de consumo. Ese sistema, que cobraría incluso a quienes no ven televisión o la ven solamente online, es el que el comité parlamentario propone establecer para 2020, combinado eventualmente con suscripciones voluntarias para determinados canales o programas. “El 97% de la gente de este país utiliza la BBC cada semana, de modo que en términos de justicia parece una ruta posible”, declaró Hall.

El problema, para los críticos, es que se trata de un impuesto no progresivo, que todos pagan por igual independientemente de sus ingresos. Además, muchos critican el actual sistema de castigo a los infractores, que incluye penas de cárcel para aquellos que no pagan la tasa. Decenas de personas ingresan en prisión cada año por impagos. El comité es partidario de poner fin a esas condenas, siempre que se mejoren los mecanismos de persecución de los evasores.

La BBC supone un tercio del total del consumo televisivo de Reino Unido, pero con su actual sistema de financiación apenas puede competir con los presupuestos que dedican a la producción de series de ficción (son notables éxitos recientes como Sherlock o Wolf Hall) sus competidores, como HBO o Netflix, más especializados y basados en modelos de suscripción. "La BBC ha tratado durante demasiado tiempo de serlo todo para todo el mundo", concluye el comité. "Pero con los veloces cambios en las tecnologías de la comunicación y los medios, y las necesidades y comportamientos de los mercados y las audiencias cambiantes, esto ya no funciona".

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