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Una lealtad emocionante

Encarnaba, en tiempos muy difíciles, la figura de editor como pocos en el mundo de la lengua

En la imagen Lara (i), con los escritores y miembros del jurado del premio Planeta, Rosa Regás, Juan Marsé y Pere Gimferrer (d).
En la imagen Lara (i), con los escritores y miembros del jurado del premio Planeta, Rosa Regás, Juan Marsé y Pere Gimferrer (d). EL PAÍS

Era un editor, punto. Un editor es alguien que se distingue por saber a qué hora puede despertar a un autor, y a qué hora, además, ha de apagar un incendio. El incendio, en el mundo editorial, que es un mundo de caballeros, y en su caso de muy caballeros, siempre se atenúa con la buena educación de la diplomacia. Y él encarnaba, en tiempos muy difíciles, esa figura como pocos en el mundo de la lengua española.

Había heredado de su padre (y de su hermano Fernando, muerto tan tempranamente) la obligación de prolongar un imperio que entonces era casi exclusivamente hecho de libros; se pensó que él era quien pasaba por allí, pero se arremangó, se rodeó de un equipo que eran sus ojos (y a veces su corazón) y se preparó para una lid extraordinaria: hacer que Planeta se pareciera a su nombre (un planeta de negocios, audiovisuales, editoriales) que hubiera dejado estupefacto a su propio padre, tan ambicioso que quería con él a todos los autores…, con tal de que no los tuvieran otros.

Combinó, en el ejercicio de este oficio de locos que es el oficio de editar, la mano izquierda con la mano en el corazón. En sus memorias, Beatriz de Moura (la fundadora de Tusquets) cuenta cómo José Manuel (“el amigo invisible”) ayudó a Toni López Lamadrid y a ella misma a sacar a flote, en secreto, una editorial que sin su ayuda, la ayuda de Lara, se la hubieran comido peces extraños.

Nunca se supo de esa alianza secreta, y amistosa, de corazón, de Toni y de José Manuel, ni éste pidió por ella nada, hasta que Beatriz consideró marcado el momento de sellar el acuerdo que ahora hace depender a Tusquets del orbe de Planeta. Como cuenta ella esa lealtad emocionante es metáfora de otras lealtades y de otras emociones. Era capaz de viajar, en secreto, para abrazar a quienes él creía agraviados por alguna mala gestión, o por alguna mala digestión.

Con esa sabiduría que tuvo su mano izquierda, prolongó (en los célebres conciliábulos previos al premio Planeta) el sentido del humor de don José Manuel Lara Hernández, para burlar la solemnidad y hacer que los periodistas mordiéramos su anzuelo divertido dándonos informaciones que nos desviaran de la almendra de lo que queríamos saber.

Escuchar hablar de él, a sus compañeros, a sus competidores, era escuchar hablar de un caballero, cuya enfermedad fatal no disminuyó nunca su capacidad de abrazar y de despedirse como Dios manda. Ayer algunos de sus amigos y de sus amigas me lo dijeron: “Me llamó para despedirse y no dijo nada de que se estuviera despidiendo”; era una manera de ser, que no era resignada sino profundamente amistosa, y él cultivaba, entre las virtudes de la amistad, la enorme sabiduría de la discreción sobre el dolor propio. Era otra manera de ser leal.

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