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COLUMNA

Contrafábula sobre la novela de la transición

El autor defiende la relevancia, últimamente puesta en duda, de la literatura en la transición

Un rumor recorre despachos y redacciones, pantallas y universidades: la literatura y en particular la novela de la transición está inflada, infatuada, inflacionada por intereses de mercado, de élites y ya, qué más da, de personas averiadas. Es una nueva revelación celestial. Esa novela de entonces fue aupada por intereses mezquinos y coyunturales; no hubo auténtica creación tras la muerte de Franco que pudiera llamarse nueva ni buena, en realidad no hubo más que remedos vulgares del pasado y éxitos menores de una sociedad inconsistente. Calidad, lo que se dice calidad, apenas la hubo y en el fondo hemos vivido bajo el relato de un mito falseador sobre las letras de entonces, tan contentas de haberse conocido y tan débiles en realidad.

Las malditas preposiciones tienen buena parte de la culpa de semejantes fantasías retóricas y despechos verbales (el último heraldo de la trola es Gregorio Morán). Sucedió algo parecido durante las últimas eras históricas, cuando a muchos les convenía confundir la cultura del franquismo con la cultura en el franquismo, y venga de repartir bofetadas contra la cultura en y bajo el franquismo cuando lo que querían era repartir bofetadas contra la cultura del franquismo. Que son cosas distintas no parece difícil probarlo, pero no es el tema. Lo de hoy se parece: una cosa es la transición como etapa histórica desatada y otra cosa es la novela en la transición. En una etapa histórica todo se cuenta por miles, y entonces también: miles de libros de Fernando Vizcaíno Casas, o de Ricardo de la Cierva o de Rafael García Serrano, miles de libros de embustes franquistas y nostálgicos o miles de libros experimentales y chalados sacados del armario, y otros miles y centenares de miles de páginas sin la menor relevancia ni literaria ni intelectual.

Y sin embargo, hoy siguen manteniendo el tipo un puñado más que considerable de novelas que se publicaron en la década siguiente a la muerte de Franco, al menos hasta el año de gracia de 1986. Digo al menos porque por entonces empezó la moda de agredir a los novelistas y culparles de sus dietas hipocalóricas y adelgazantes hasta la anorexia. Hacia mediados de los ochenta la peor maldición era escribir novela light pero era en realidad un modo de conjurar sentimientos: el del fracaso de la nueva novela democrática, el del desinflamiento de las expectativas, el de la sospecha de que detrás de la nueva era de la democracia ni había nueva novela ni había nuevos novelistas ni había nada de nada que compensase el desencanto, la decepción de la democracia, el desengaño de que todo fuese menos de lo que se soñó y de lo que merecía la alta y noble clase intelectual del país.

Hoy sabemos que fueron aprensiones masoquistas además de españolísimas, pero es verdad también que el rumor ha ido resucitando en versión sádica para cargarse sin contemplaciones la primerea década democrática, como si hoy hiciese falta eso para estimular la exigencia y la excelencia famosa. Es un falso asidero porque el mejor corrector está en releer sin ansias las cosas que fueron poniendo por escrito nombres ignotos, o casi, hasta 1975, y que en cambio empezaron a contar, y mucho, desde entonces, y varios de ellos sin perder el centro de la pista hasta el siglo XXI.

Nos hemos olvidado de cosas simplicísimas. Cuando Eduardo Mendoza se lleva sin hacer nada la corona (es un chiste) de la nueva novela de la democracia con el caso Savolta, Fernando Savater acaba de publicar otro libro magistral, La infancia recuperada. Manuel Vázquez Montalbán ponía en marcha la industria literaria que fue y al mismo tiempo que sacaba de quicio el orden mental con el Manifesto subnormal de 1970, ponía a la vista el desorden social y político renovando el género negro con un posmoderno ex agente de la CIA, Carvalho, mientras gente saturada de literatura nueva americana, del norte, del centro y del sur, aprendía a manejar mecanismos sofisticados de narración, como hicieron Javier Marías, José María Guelbenzu, Juan José Millás o Enrique Vila-Matas, y otros lo hacían como si pudiesen fusionar la estepa castellana y la tensión fantástica, como Luis Mateo Díez. Y hasta a Cela le daba por marcar territorio con una novela de vértigo y lírica de víscera, como en Mazurca para dos muertos (aunque su figura civil recibiese el maltrato obligado a quien encarnaba por sí solo toda, toda la literatura franquista como puro emblema vivo: por eso muchos jóvenes tronaron contra él, y con razón).

Algunas de estas cosas parecían exportables ya, como si el escritor en España hubiese dejado de escribir dirigiéndose al cuello de la camisa o a la pata de elefante del pantalón y levantasen la vista más allá del ruedo ibérico. Lo había hecho Jorge Semprún con El largo viaje —es de 1963, sí, pero solo se edita en español en 1976, tras la muerte de Franco—, lo mismo que sucede con un Juan Goytisolo que completa el redescubrimiento de sí mismo a lo largo de esa década posfranquista, como lo ha hecho Carmen Martín Gaite, y lo mismo sucede con, al menos (porque hay más), otros tres escritores notables: Juan Benet no desespera de no tener lectores y avanza militarmente con Herrumbrosas lanzas; Juan Marsé había publicado Si te dicen que caí en México pero ya desde 1976 lo podemos leer en España (aunque de 1982 es nada menos que Un día volveré), y lo mismo sucede con un Francisco Umbral que está haciendo de sí mismo quevedescamente toda una literatura, gracias sobre todo a un puñado de libros magistrales en modo ficticio y autobiográfico.

¿Todo esto es cosa de la transición o en la transición? Por una vez, las dos valen porque lo uno es lo otro, y así cristaliza en 1986, cuando la concentración de cosas cuajadas en manos de Javier Marías, Álvaro Pombo, el mismo Eduardo Mendoza, Juan José Millás o Francisco Umbral, por ir rápido, debería dejar salir por la gatera, disimuladamente, el interesado rumor de la quebradiza, insolvente o frágil narrativa en democracia.