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HEBERTO PADILLA

Disidente despistado

Heberto publicó los poemas de 'Fuera de juego' y su condena fue cuidadosamente preparada con efecto retardado

Heberto Padilla, en 1994.

Durante su tiempo de funcionario cubano en Moscú, a mediados de los 60, Heberto Padilla (1932-2000) se hizo amigo de Eugenio Evtuchenko, se interesó en los disidentes soviéticos y soñó con encabezar una disidencia cubana. Creyó que podía ocupar ese lugar sin demasiado riesgo, protegido por su prestigio de poeta traducido a lenguas extranjeras, pero no comprendió la magnitud de la crisis interna de Cuba en los días de su regreso, la del viraje prosoviético de la revolución y la del fracaso de la zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar. La URSS había iniciado un camino irreversible de regreso, que desembocaría en la perestroika, pero el castrismo seguía el camino inverso: se alineaba con el campo socialista, aplaudía la invasión de Checoslovaquia por los rusos, endurecía la vigilancia interna en todos los terrenos.

Los comienzos habían sido los de la espontaneidad y las vanguardias estéticas, los de Lunes de Revolución y la revista Pensamiento crítico. Pero había que escuchar el lenguaje oficial con atención, sin ilusiones. Dentro de la revolución, todo, había declarado Fidel Castro: Fuera de la revolución, nada. Heberto publicó los poemas de Fuera de juego, cuyo título era una evidente provocación, obtuvo un premio de doble filo, gracias a los votos extranjeros del jurado, y su condena fue cuidadosamente preparada con efecto retardado.

Después creyó que mi llegada a La Habana como representante diplomático del gobierno de Salvador Allende, con la misión breve de reabrir la embajada de Chile, podría ayudarlo, y sucedió exactamente lo contrario. Heberto me dijo demasiadas cosas, con información detallada, con humor negro, con exclamaciones provocativas, y eso sirvió para reforzar las acusaciones en contra suya. Me visitó un viernes en la tarde, en vísperas de mi salida de Cuba, en compañía de Saverio Tutino, corresponsal de L’Unitá de Roma, y de Norberto Fuentes, que ya hacía méritos discretos, más bien solapados, para que lo expulsaran de la isla. Heberto fue detenido esa misma noche, al regresar a su departamento, junto con su mujer, la poeta Belkis Cuza. El título suyo había sido un anuncio. El mío, Persona non grata, no fue una declaración formal, como pensaron algunos, sino una comprobación desencantada y una metáfora.