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Primer flechazo lector

Crecieron en los setenta y ochenta, cuando la modernidad llegaba a las letras infantiles. Hoy escriben y publican libros. ¿Qué leían de pequeños?

Madrid, 1971, un grupo de niños visita la III Exposición de libros infantiles.
Madrid, 1971, un grupo de niños visita la III Exposición de libros infantiles. EFE

'Libros buenos para niños malos', el lema de Ursula Nordstrom, la legendaria editora —que impulsó a Maurice Sendak y su Donde habitan los monstruos—, rigió de alguna manera las siguientes décadas, y la revolución de los libros infantiles. Surgió la despelujada nena que se negaba a comer sopa, Mafalda; una colección de la italiana Adela Turin en la que las princesas eran libres e independientes y las tortugas enamoradas se rebelaban contra sus tiránicas parejas (Arturo y Clementina); y aparecían libros en los que los lectores tenían la posibilidad de decidir por dónde seguía la trama de la historia. Si en las calles se escuchaban los ecos de revoluciones políticas y sociales, en las baldas de las estanterías infantiles la libertad también dejaba su impronta. Así junto a los clásicos, que formaron a las generaciones anteriores, junto a Verne, Ascott y Stevenson, surgían nuevas y osadas colecciones impulsadas en Lumen por Esther Tusquets o en Alfaguara por Michi Strausfeld y Jaime Salinas. Lo cierto es que a uno y otro lado del Atlántico arrancaba una nueva era para la literatura infantil y juvenil. Los niños que crecieron en aquellas décadas de cambio social hoy están entre los 30 y los 45 años. Una poeta y editora, cinco novelistas, un editor independiente y un ilustrador responden a la pregunta ¿qué leías de pequeño? En sus respuestas se encuentra la clave de aquel primer flechazo lector.

Milena Busquets

"Desde los inicios de Lumen, mi madre puso especial énfasis en los libros infantiles ilustrados, le gustaban muchísimo y los coleccionaba, así que desde el principio tuve acceso a lo que por entonces me parecía lo más normal del mundo y que más tarde entendí que era un auténtico botín de magníficos libros cuidadosamente escogidos. Recuerdo especialmente los libros de Topo Gigio, los de Leo Lionni, un Hansel y Gretel ilustrado por Bernadette, todos los de Adela Turín. También devoraba los álbumes de Carolina de Pierre Probst, las historias de la Condesa de Segur, especialmente Las desgracias de Sofía,y recuerdo haber leído una y otra vez, en la edición que mi madre había leído de niña y que aún conservaba, las aventuras de Celia y de su hermano Cuchifritín, de Elena Fortún. También leí mil veces, y sigo leyendo, los álbumes de Tintín".

(Barcelona, 1972), editora y escritora, en enero saldrá su segunda novela, También esto pasará (Anagrama).

Jesús Carrasco

"De niño, sin duda, lo que más me gustaba leer eran los álbumes de Astérix. En aquella época teníamos escuela por la mañana y por la tarde. Conservo un recuerdo muy vivo y muy feliz, seguramente el momento más feliz de mi vida lectora, en el que estoy leyendo un Astérix en una tarde de principios de primavera en el patio de la casa familiar, antes de volver a la sesión de tarde del colegio. El empedrado, el sol tibio, los geranios y los olores húmedos del invierno que se iba. El trabajo de Goscinny y Uderzo me sigue pareciendo brillante. Si un niño me pidiera que le explicara cómo funciona el mundo económico, le daría Obélix y compañía. También me encantó leer Las aventuras de la mano negra, de Hans Jürgen Press, y, algo más tarde, los libros de Gran Angular. Me marcaron Belledonne, habitación 16, de Anke de Vries, y Los escarabajos vuelan al atardecer,de María Gripe".

(Badajoz, 1972), su primera novela, Intemperie, fue uno de los libros del año 2013 en Babelia.

Josefina Licitra

"Fui una niña insomne. Los fines de semana dormía en una casa antigua —del entonces novio y hoy marido de mi madre— y las noches eran difíciles porque los muebles crujían en la oscuridad. Como no pegaba un ojo, mataba las horas y los fantasmas leyendo. Julio Verne era mi principal héroe en ese lío. Veinte mil leguas de viaje submarino, La vuelta al mundo en 80 días, Viaje al centro de la Tierra, La isla misteriosa, incluso Los hijos del capitán Grant… Las historias de Verne me salvaban de la realidad. Cada tanto alternaba con Louise M. Alcott y sus Mujercitas, o con los culebrones de Edmundo D’Amicis, o con la noble Sissí; pero leer eso en plena noche era como defenderme de un ataque de zombis con un adorno floral en la mano. Verne, en cambio, era un sable. Me llevaba lejos. Yo busqué al capitán Grant por el océano Atlántico. Yo conocí el Nautilus y su luz macilenta bajo las aguas del Pacífico. Yo caí del globo aerostático en La isla misteriosa. Yo, en fin, me fui de casa con Verne. Y eso, supongo, es más de lo que puede esperarse de un primer autor".

(La Plata, 1975), periodista y escritora argentina, es editora de la revista juvenil e infantil Bonsai.

Valeria Luiselli

"Pasé parte de mi infancia en Corea del Sur, en donde los únicos libros que tenía a la mano eran los de la biblioteca de mi escuela. Una de las primeras obras que leí con absoluto placer lo encontré ahí. Me da cierto pudor teclear el título y el autor: Pet Sematary, Stephen King. La portada tenía un cementerio, un gato macabro, y una especie de zombi pacheco con ojos enrojecidos y dientes podridos. En mi defensa, debo decir que yo tenía nueve años, que tenía una incipiente pero clara inclinación por las emociones extremas, y que otras niñas leían cosas como Sweet Valley Twins. Cuando traté de sacar el libro para llevármelo a casa, la bibliotecaria me lo arrebató de las manos: “Este es para mayores”. Resolví esconderlo detrás de una estantería y consultarlo cada vez que tuviéramos receso u hora de biblioteca. Supongo que, más que el libro mismo —del cual no recuerdo una sola frase—, fue la prohibición de leerlo lo que me marcó de modo profundo. Descubrí, tal vez, que la lectura puede ser una forma de subversión, de rebeldía, de reclamar la independencia que el mundo nos está siempre tratando de arrebatar".

(México, 1983), Historia de mis dientes (Sexto Piso) es el último libro de esta escritora, radicada en Nueva York.

Elena Medel

"Descubrí la lectura, más allá de los volúmenes con pocas palabras e ilustraciones generosas, con las aventuras de Heidi —adaptadas a primerísimos lectores, no el texto de Johanna Spyri— que mi abuela me regaló durante unos días de enfermedad: mañanas de fiebre, leche caliente y vidas llenas de detalles —campo, animales— que sorprendían, por distintos, a una niña de ciudad. Ahí me enganché a los libros, por las sensaciones y por los descubrimientos, y de ahí salté a los libros de la colección Elige tu propia Aventura, que me permitían —en cierto modo— la invención, y a otra colección, El Barco de Vapor, sobre la que me abalanzaba al distinguir en una librería sus tonos azules o naranjas. Mis favoritos: los de Christine Nöstlinger. Y Ana María Matute, claro, con quien me encontré en Paulina,y de la que ya nunca me separé".

(Córdoba, 1985), editora y fundadora del sello La bella Varsovia, este año publicó su poemario Chatterton (Visor).  

Malcolm Otero

"Lo que recuerdo con más nitidez de mis lecturas de infancia es una colección de aventuras, Historias-Biblioteca verde de Bruguera, en la que adaptaban los textos y los acompañaban de algunas ilustraciones. Estaba completamente deslumbrado con Ivanhoe, de Walter Scott, pero también disfrutaba con Miguel Strogoff, Moby Dick, La cabaña del Tío Tom, Colmillo Blanco, las Aventuras de Tom Sawyer, El fantasma de Canterville, El conde de Montecristo o Sandokán. Los leía una y otra vez, como si el objeto último de la lectura fuera memorizar los textos. De todos modos, el primer libro que me fascinó, como a tantos otros niños de mi generación, fue La historia interminable, de Michael Ende. Tenía alrededor de nueve años y en clase estaba ansioso por llegar a casa y continuar con la lectura del libro, editado por Alfaguara en tintas verde y granate y que, durante unos días, fue mi objeto más valioso".

(Barcelona, 1973), editor del sello independiente Malpaso. 

Carlos Pardo

"Las enciclopedias fueron el principio. Recuerdo un volumen dedicado a la poesía que tenía poemas como ‘El elefante no sabía de telefonía’ que me divertía especialmente. Luego otra enciclopedia de historia, con tomos dedicados a la Segunda Guerra Mundial. Las historietas editadas en la colección Fuera Borda, de autores franceses y belgas, como Espirú y la ardilla, Los hombrecitos y Superagente 327 también ocuparon otra etapa, hasta que llegué a los libros de la colección Elige tu propia Aventura, en los que la historia avanzaba según tus elecciones, un Rayuela para niños que me volvía loco. Pero realmente el primer libro que me dejó atontado fue Drácula".

(Madrid, 1975), poeta y escritor, El viaje a pie de Johann Sebastian (Periférica) es su última novela. 

Juanjo Sáez

"Mi libro preferido de niño era Cuentos por teléfono, de Gianni Rodari. Mi madre me lo leía en la cama. Era un libro de cuentos cortos, para ser contados por teléfono. Mi padre era viajante y cada día nos llamaba y hablaba unos minutos con mi madre y conmigo. Así que tanto la idea del teléfono como la del cuento estaban muy arraigadas en mi vida cotidiana. De niño, era como si esos cuentos de Rodari fueran contados por mi padre, siempre ausente. Mi infancia estuvo muy marcada por eso; por la distancia, la separación y la fantasía. Creo que Cuentos por teléfonoes un clásico de mi generación, y también creo que la figura del padre que viaja es muy representativa de esa época".

(Barcelona, 1972), historietista e ilustrador, su último libro es Crisis (de ansiedad) (Reservoir Books).

Juan Gabriel Vásquez

"Uno de los primeros libros que leí, con cinco años, fue Shadow, el perro pastor, de Enid Blyton. No puedo decir que haya sido una experiencia sobrecogedora, porque la autora nunca volvió a ser parte de mis lecturas. A los ocho años comencé a coleccionar unos libros de quiosco, de lomo verde y pésima calidad, que publicaba en Colombia la editorial Oveja Negra. Allí empecé a leer en serio: Veinte mil leguas de viaje submarino, Los tres mosqueteros, La isla del tesoro, Sandokán(éste lo leí por la época del Mundial de España, y me maravillaba que el amigo de Sandokán se llamara igual que un jugador chileno: Yáñez). Por lo demás, era lector de tiras cómicas: Mafalda es parte fundamental de mis lecturas, y también Astérix. A esto hay que añadir revistas sobre fútbol y hasta biografías de jugadores, porque ésta era mi otra pasión, y acaso la primera".

(Bogotá, 1973), Las reputaciones (Alfaguara) es la última novela del escritor colombiano. 

Nuevos títulos y colecciones revolucionaron la literatura infantil en los setenta y ochenta.
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