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Las antinovelas

Releer en paralelo a André Gide y a Julio Cortázar es todo un salto al vacío

Julio Cortázar retratado en París en 1980.
Julio Cortázar retratado en París en 1980.

Establecer un paralelo entre obras de ámbitos y épocas distintos, pero con elementos comunes a ambas, es un ejercicio a todas luces aguijador. En mis lecturas del pasado verano, el azar reunió a dos novelas leída una a mis veintitantos años, Los monederos falsos, de André Gide, y la otra, Rayuela, de Julio Cortázar, cuatro décadas después al poco de su aparición. Mi primera aproximación a ellas había sido entusiasta y en razón de esto calé en sus páginas con una interrogación dirigida no tanto al texto como a mí mismo. El lector de 80 años no es el de 40 ni este el del aprendizaje juvenil. Si el libro es idéntico, la percepción del mismo varía y adentrarse en la relectura es dar un salto a lo desconocido.

Tanto Gide como Cortázar tenían plena conciencia de que la novela decimonónica llevaba fecha de caducidad y emprendieron su aventura creativa a partir de dicha certeza. Sus novelas son contranovelas en las que la deconstrucción del material narrado equivale a una obra de ingeniería. El autor no se dirige al lector perezoso (lector hembra, dice Cortázar), sino a un cómplice capaz de manejar el material que tiene entre las manos y construir mentalmente lo que se le ofrece en pleno proceso de elaboración. El célebre consejo gideano “No aprovecharse nunca del impulso adquirido” citado por Cortázar guía también la cartografía literaria del autor de Rayuela. Derribar las formas consuetudinarias en las que lo ya escrito condiciona lo que se está escribiendo y forzar al lector a avanzar y retroceder a salto de página incita a una aproximación nueva por parte de quien a su vez no acepta el tipo de lenguaje que le venden, dice Cortázar, “junto con la ropa que lleva puesta y el nombre y el bautismo y la nacionalidad”. Leer es así reconstruir lo fragmentado y disperso por voluntad del autor.

Tanto Gide como Cortázar tenían plena conciencia de que la novela decimonónica llevaba fecha de caducidad

Las reflexiones de Édouard en Los monederos falsos y de Morelli en Rayuela presentan unas conjunciones y disyunciones de indudable interés: la novela como suma de textos diseminados, pero destinados a cristalizar en una realidad nueva y total. Las páginas del ‘Diario’ del escritor gideano y las ‘Morellianas’ de su equivalente argentino, así como las disquisiciones de los patafísicos del Club de las Serpientes de este, son variaciones en torno al proceso de ruptura con lo ya dicho y escrito. Si el personaje de Gide muestra un voluntario distanciamiento de las vanguardias artísticas que favorece por oportunismo el antihéroe Passavant, el de la novela de Cortázar con las citas incorporadas de Anaïs Nin, Artaud, Bataille… (pero también de Lezama Lima y Octavio Paz) revela la afinidad de sus planteamientos con aquella ante el envejecimiento del mundo novelesco al que se adscriben los escritores atentos tan sólo al tema de la obra y no a una antiestética que pone en tela de juicio su propia estructura narrativa.

En el ‘Tablero de direcciones’ que precede el texto de Rayuela, Cortázar concede al lector una lectura alternativa a la habitual que trastorna las reglas de esta: brincar adelante o atrás en un incentivo ejercicio de gimnasia mental. Como dice Saúl Yurkievich en su nota a la cuidada edición de Galaxia Gutenberg, “frente al orden cerrado y concéntrico, un orden abierto, descentrado y centrífugo”. Dicha concepción revela más de un punto de contacto con la de Gide en su Journal des Faux-monanayeurs y la inclusión en el volumen antes mencionado del ‘Cuaderno de bitácora’ de Rayuela multiplica aún los paralelismos entre los dos libros. Las dudas, vacilaciones, tachaduras exponen a la luz el proceso de elaboración de ambas novelas antinovelas en su rechazo de la lectura lineal y el propósito de conferir una mayor autonomía a cada secuencia narrativa independientemente de su inserción en el conjunto.

La presencia en Los monederos falsos de fragmentos de la novela del mismo título escrita por Édouard cumple una función disociativa que no encaja en la tradicional inserción del relato dentro del relato como en Sherezade, Boccaccio y Cervantes y prefigura la voluntad antiestética de Cortázar, si bien en un caso como en el otro los autores no han eliminado de sus diálogos los últimos vestigios de teatralidad: los consabidos guiones y los dijo, contestó, encendió un cigarrillo, etcétera. Su empresa de demolición de la novela burguesa —de sus “tentativas de liberación” de ella en palabras de Julio Ortega— no se acompaña de una creación que la deja atrás como es el caso de Joyce, Proust y Céline. La seducción de Rayuela, como la de la novela de Gide, es de un orden distinto. Tras mi relectura de ambas acudió a mi memoria una frase de El tiempo recobrado que resume mi actual percepción de los dos libros: “Una obra en la que hay teorías es como un objeto que lleva consigo la etiqueta del precio”.