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Carrère, el perturbador

El escritor logra crear inquietud en el lector en su primera novela, 'El bigote', recuperada ahora

El protagonista se afeita el bigote después de lucirlo durante años. Ampliar foto
El protagonista se afeita el bigote después de lucirlo durante años. Anzenberger

La sombra de una patología casi siempre oscurece los relatos de Carrère, un perturbador profesional que parece haber leído muy bien a Kafka porque saca sobrado provecho de la vida cotidiana para cimentar en ella los edificios de desasosiego y de angustia que acaba levantando. Desde El adversario (1999), la historia de la vida ficticia de Jean-Claude Romand y de su truculento final, y con Una novela rusa (2007) optó por una suerte de novela de no ficción cercana al reportaje o la crónica novelada, en la línea de Truman Capote en A sangre fría, convencido como estaba de que la novela no tiene por qué verse asociada por defecto a la imaginación, a la ficción, un criterio ciertamente interesante a estas alturas de la película, cuando “novela” ya es todo aquello que se lee como tal.

Desequilibrio e inestabilidad, y un carácter enfermizo que ahoga tramas engañosas que crecen en el libro como hiedras o enredaderas por la pared de una historia en apariencia trivial. Anagrama edita en español El bigote, cuyo original publicó POL en 1986, la inquietante historia de un hombre que, tras años de lucirlo, se afeita el bigote ante la inexplicable y sospechosa indiferencia de su esposa, Agnès, que le inyecta entonces una extraña y perturbadora sensación de enajenación, de hipotética locura, de pesadillesca aprensión, de posibilidad de confabulación. Carrère sitúa a su protagonista entre una broma insulsa y el horror absoluto con la facilidad aparente con la que un escritor novel redacta: "Era de noche y sin embargo llovía", o con la que Fredric Brown escribió en 1948 su célebre precedente del microrrelato: “El último hombre sobre la faz de la Tierra se sentó solo en una habitación. Alguien llamó a la puerta”: una frase banal, pero una frase extraña. El desasosiego nacido de la normalidad. Y en el caso de Carrère en la novela que nos ocupa, el horror nacido de una situación doméstica, como efectivamente sucedía en Kafka, y en Camus, y en esos curiosos textos de Roald Dahl Relatos de lo inesperado. Con El bigote se ha recuperado una obra de Carrère del tiempo en que su creación dependió de la imaginación y la ficción se imponía en el texto, como sucede en la otra novela recuperada ahora, Una semana en la nieve (1995), una inquietante semana de colonias del Petit Nicolas, trufada de presagios y de augurios, como le gusta a Carrère y les gusta a sus miles de lectores.

El protagonista
se afeita el bigote
ante la inexplicable y sospechosa indiferencia de su esposa

Tal vez lo sea provocar tristeza o suscitar risa, pero no es fácil crear ansiedad o malestar de la mano de operaciones paradigmáticas y sintagmáticas, esto es, alineando palabras previamente seleccionadas en un texto que altere el estado emocional de un lector. Eso lo sabe hacer Carrère francamente bien, sin necesidad de acudir a la literatura de género, simplemente eliminando lo superfluo y quedándose con lo útil, explotando hasta el final la idea de espontaneidad ficticia, jugando al ready made narrativo, escribiendo prosa con una naturalidad inusual, sin los abalorios que pudieran hacerle recordar al lector que lo que está leyendo es retórica narrativa que pretende ser real. Pocos lectores presagian el gore en una narración límpida y en apariencia costumbrista y con toques de humor, en la que Carrère escribe con la neurótica meticulosidad, el laconismo y la parataxis del nouveau roman. El bigote es un ejercicio kafkiano de narración psicopática que juega desde el principio con el pacto narrativo y la fingida ingenuidad adánica del lector, que aguarda que la solución que tiene en su cabeza sea la que el autor ha pensado, en una suerte de extraña pero tentadora partida de ajedrez en la que perder no resulta una derrota porque llegar al movimiento final de El bigote ya de por sí resulta una recompensa.

PD: Una frase clave: "¿Para qué limpiar los instrumentos del crimen si el cadáver se ve a la legua?".

El bigote. Emmanuel Carrère. Traducción de Esther Benítez. Anagrama. Barcelona, 2014. 179 páginas. 14,90 euros

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