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José Ángel Valente y su alegato inédito sobre la ley y el amor

Se publica ‘Palais de Justice’, una novela entre la ficción y la autobiografía

José Ángel Valente, retratado en 1997.
José Ángel Valente, retratado en 1997.

Hay un fragmento en Palais de Justice en que el narrador recuerda que hace ya un tiempo una mujer lo abordó en una ciudad de frontera y que, tras mirarle las rayas de la mano, le dijo: “Guárdate de lo amarillo”. Enseguida se refiere a “los perros amarillos del rencor” y apunta: “Había el amarillo de la envidia, el amarillo del falso testimonio, el de la cobardía y el de la traición”. Es la sala C del Palacio de Justicia de París, se está celebrando un juicio y lo que aquella mujer había anunciado se materializa en una suerte de pesadilla espectral.

Todo se ha hecho para eso, para que tenga la infinita duración del rencor”

Hacia mediados de los años ochenta José Ángel Valente (Orense, 25 de abril de 1929-Ginebra, 18 de julio de 2000), uno de los poetas más grandes de la generación de los cincuenta y uno de sus mayores ensayistas, empezó a redactar una serie de prosas narrativas en las que, de alguna manera, intentaba darle forma al penoso proceso de divorcio de su primera esposa que se había iniciado en 1982. Ese es el “fondo autobiográfico” de Palais de Justice (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores) al que se refiere el también poeta Andrés Sánchez Robayna, responsable del legado de Valente y editor de “este texto anómalo, de esta insólita novela”, según sus propias palabras, que aparece estos días una vez que se han cumplido las condiciones familiares que impedían hasta ahora su publicación.

“Conviene, sin embargo, no leer el libro sólo desde esa perspectiva”, observa Sánchez Robayna, “porque ese yo que toma la palabra tiene mucho de ficticio". Es cierto que el telón de fondo es aquel aciago divorcio, pero Valente va más allá y nada hay en este libro que pueda parecerse, ni siquiera remotamente, a la crónica de un largo y amargo proceso judicial. “No hay ningún planteamiento argumental, y esta colección de fragmentos narrativos es sobre todo una brutal crítica a las instituciones sociales y, al mismo tiempo, una celebración de la fuerza del amor”.

La sombra de Kafka

Cuenta Andrés Sánchez Robayna que el cuaderno donde Valente escribió los fragmentos de Palais de Justice están llenos de anotaciones de sus lecturas de aquella época: obras de Kafka (el diario, las cartas a Felice...) y el ensayo que Blanchot escribió sobre el autor de El proceso.

Como en este novela, también en Palais de Justice el rutinario funcionamiento de la justicia tiene un punto delirante y nada de lo que está recogido en las leyes parece corresponderse con la realidad de la vida cotidiana. De ahí procede también ese particular extrañamiento: la identidad que el proceso dibuja sobre el cuerpo del procesado es radicalmente diferente de la que éste considera su verdadera identidad. Se lo decía así Kafka en una carta a Felice, después del singular juicio al se sintió sometido en julio de 1914 en el Askanischer Hof de Berlín y en el que influyó decisivamente su relación con Grete Bloch: “En mí ha habido, y hay, dos seres que luchan entre sí. El uno es casi tal como tú lo querías (...). El otro, en cambio, solo piensa en su trabajo (...)”.

Cargado de una fulminante intensidad y con la densidad propia de un asunto que contiene múltiples y contradictorias capas, Palais de Justice puede leerse como un alegato moral que aborda los abruptos límites que separan el orden de la ley de las cosas del amor. A un lado está el juicio. “En rigor”, se dijo el narrador, “la ventaja es del acusador, porque todos somos, claro está, culpables, sepamos o no sepamos de qué”, escribe Valente. Y poco después: “Probar la inocencia no es posible, porque nadie es inocente y, de serlo, la inocencia carece de toda lógica además”.

La voz que habla en Palais de Justice sabe que en la sala C y en todos los legajos de ese largo proceso no hay “ni un tímido fragmento” de su verdadera existencia. Y, del lado de la acusación, lo que abunda según el narrador es ese amarillo del que la hablara una mujer en una ciudad de frontera. “Hasta qué punto, pienso, toda una vida puede aniquilarse a sí misma, convertirse en rencor, en persecución, en escudriñamiento”, escribe. O, un poco más adelante: “Porque todo se ha hecho para eso, para que todo tenga la terca o la infinita duración del rencor”. Y, ya más tarde, refiriéndose a la mujer con la que había construido una familia: “Extraño personaje el que por largos años te acompañó en la vida, acumulando pruebas, alegando testigos, sembrando confidencias para demostrar, llegado el caso, que sólo tú, en rigor, eras culpable”. La lógica de la justicia opera así: fija el fluir de la vida, debe tasar las experiencias y pesar los episodios de una compleja relación (¿y cuál no lo es?) en una balanza para dictar sentencia.

Luego está el amor, que dinamita esa lógica hasta reducirla a cenizas. “Cuando tú llegaste todo repentinamente ardió y todo al mismo tiempo se hizo agua”, observa el narrador refiriéndose a su amada. “Fuego e inundación. Tus asombrados ojos, tu absoluta negación del morir”. Dice Sánchez Robayna que en Palais de Justice algo hay de la biopolítica de la que hablaba Foucault: “Solo el amor es capaz de romper con los mecanismos de represión que establecen las sociedades”.

Cada una de ellas desea en definitiva fijarte, hacerte decir: soy yo”

En la obra de Valente, poeta sobre todo, y ensayista después, pero siempre en la estela de hacer de la palabra una vía de conocimiento, el género narrativo aparece raras veces. Al principio de su trayectoria escribió una novela, El encuentro, que luego rompió, y que trataba de un adolescente que debe enfrentarse a la realidad de la vida. De 1953 es su relato El condenado y luego están los textos en prosa de El fin de la edad de plata (1973) y Nueve enunciaciones (1982). En todos ellos hay siempre un yo, que es el yo de Valente pero que es también otro, u otros: la constelación multiforme que nos habita.

La identidad es, de hecho, otro de los grandes temas de Palais de Justice. “Combates tú con sucesivas imágenes de ti mismo”, escribe Valente en el primero de los fragmentos. “Cada una de ellas desea en definitiva fijarte, hacerte decir: soy yo. Pero sólo podrías hacerlo por pura convención. La identidad no es más que una mera convención, el acto innecesario de decir en falso ante cualquiera de las imágenes de sí: soy yo”. Por eso, quizá, el libro está atravesado de sueños, de saltos al pasado, de vueltas y revueltas sobre la infancia. El sentido se abre y se multiplica. Como ocurre con el amor, tampoco la literatura está hecha para pesar unidades y dictar sentencia.