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Revista de verano

Rabiosa antigüedad

El autoensamblaje utilizado para construir nanorrobots, un invento casi tan viejo como la Tierra, es ahora tecnología punta

Si construir un robot ya es bastante difícil a tamaño natural, imaginen las que están pasando los ingenieros para miniaturizarlos: idealmente, hasta el orden de tamaño en que se pueden contar los átomos uno a uno, que es el objetivo de una de las ciencias más activas de nuestro tiempo, la nanotecnología, donde el prefijo “nano” viene de nanómetro (una millonésima de un milímetro), que es el tipo de tamaños que tienen los átomos y sus combinaciones simples. Para construir un nanorrobot (o nanobot) hay que tener herramientas o máquinas que tengan esa misma escala minúscula, lo que nos lleva a un problema circular: ¿Cómo construir esas nanoherramientas y nanomáquinas? Una recursión al infinito que puede hacer las delicias de los filósofos y de los lectores de Borges, entre los que me incluyo, pero que suele ser la peor pesadilla de un ingeniero o un programador. ¿Por dónde se sale de ahí? ¿Cuál es el truco para romper el marco?

Es la biología, estúpido. La idea es cualquier cosa menos nueva, porque ya la propuso en los años cuarenta el gran matemático de origen húngaro John von Neumann, creador de la computación moderna, miembro del proyecto Manhattan para diseñar la bomba atómica y uno de los grandes cerebros del siglo XX, por no hablar de su excepcional consumo de whisky, gracias al cual pusieron su nombre a una esquina de la ciudad de Princeton. Había causado tal cantidad de accidentes en ese cruce que el consistorio no tuvo otro remedio que llamarlo “esquina de Von Neumann”.

Von Neumann percibió con toda claridad que la mejor forma de construir un nanobot era, bueno, que él se construyera a sí mismo. Esto se llama autoensamblaje, o más en general autorganización, y es lo que los seres vivos se pasan haciendo todo el día desde hace 4.000 millones de años. Las nanomáquinas que hacen funcionar a nuestro cuerpo y a nuestra mente son proteínas y complejos de proteínas que se autoorganizan en exquisitas estructuras tridimensionales sin que nadie las dirija. Un virus es un ejemplo perfecto de autoensamblaje eficiente, a veces con consecuencias nefastas para los humanos que lo sufren. Y, al igual que los seres vivos, los nanobots que imaginó Von Neumann eran entidades replicantes, es decir, capaces de sacar copias de sí mismos de forma a veces fiel, a veces imprecisa o combinatoria como las formas que genera el giro de un caleidoscopio. Este invento casi tan viejo como el planeta Tierra es ahora mismo tecnología punta.

El último diseño de los científicos creativos del Instituto Wyss de Ingeniería Inspirada en la Biología, un centro de la Universidad de Harvard cuyo nombre es toda una declaración de principios, es un robot que se construye a sí mismo basándose en los principios geométricos del origami (o papiroflexia). A partir de una forma plana como un papel, el robot se autoorganiza en cuatro minutos, por plegamientos sucesivos, en complejas formas tridimensionales que ejecutan una variedad de tareas, como caminar, girar y trepar, sin la menor intervención humana.

¿Quiere inventar algo rabiosamente nuevo? Pasee por el campo.