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Bloqueos y ensoñaciones veraniegas

Las editoriales españolas están repescando muchas joyas de la literatura japonesa

Bloqueos y ensoñaciones veraniegas Ampliar foto

Tarde propicia a la ensoñación. Me imagino a Borges (1899-1986) y a Bioy Casares (1914-1999) cotilleando en la penumbra de la casa del primero, en una tarde como esta de 1957. En un momento dado, el mayor de los dos, ya casi ciego, le confiesa a su amigo y admirador que, (re)leyendo el poema Hero y Leandro, ha descubierto que su autor, Christopher Marlowe, era “pederasta”. Bioy, que no quiere ser menos, replica: “Pues yo también hice un descubrimiento: que la novela es un género de maricones. Cuando uno se pone a descubrir minuciosamente al héroe se siente maricón”. Y se quedan tan anchos; bueno, una anécdota homófoba para la pequeña historia de la gran literatura. De novelas ambos hablaron mucho en los años que se vieron casi a diario. Ignoro qué opinarían si levantaran cabeza y leyeran algunas de las que se escriben ahora en su idioma y que ustedes, improbables lectores, verán en las librerías a partir de septiembre. Selecciono, de entre las programaciones que me han llegado, algunas de las que más curiosidad me suscitan (y no siempre por buenas razones): de ellas, la que tiene mayor perspectiva de ventas es Así empieza lo malo (Alfaguara), la ya muy aventada (y gruesa: 540 páginas) nueva novela de Marías; la cubierta, elegida por el autor, es un fragmento un punto morboso de un lienzo de Balthus: le encantará a sus lectoras. En Alfaguara, que ahora es de Penguin Random House (PRH), aparecerán también La soledad de los perdidos (aún más extensa: 584 páginas), con la que Luis Mateo Díez cierra al parecer el largo y fecundo ciclo de Celama, y una novela perdida y reencontrada que el maestro Fogwill había escrito en los ochenta: Nuestro modo de vida. PRH también publicará en octubre El comité de la noche, de Belén Gopegui, a la que los paratextos editoriales definen como “thriller social repleto de lirismo”. De los sellos del grupo Planeta, el otro polo del duopolio, destaco dos escritas en castellano: El balcón en invierno (Tusquets), de Luis Landero, y Morir bajo tu cielo, de Juan Manuel de Prada (Espasa). En todo caso, y afortunadamente para todos, Planeta y PRH no son las únicas editoriales que publicarán este año buenas novelas en español.

Bloqueos

Me detengo en la enorme sección de revistas de una sucursal de Barnes & Noble que encuentro a las afueras de Middletown, Rhode Island, y me quedo obnubilado por la cantidad de publicaciones periódicas que en este país están exclusivamente dirigidas a los escritores. Son tantas que se diría que aquí cada cual se pasa los días encerrado en su casa escribiendo cualquier cosa con intención de publicarla. Las hay para todos los gustos, necesidades y especialidades: para quien desea informarse acerca de editores y agentes, para autores de romances, de novela negra, de relatos de terror, de no ficción, de libros infantiles, de manuales de autoayuda, de crónicas de viaje, de memorias y diarios; las hay especializadas en toda clase de técnicas y trucos narrativos; o en el modo de relacionarse con otros escritores (existen miles de webs de contacto y de clubes de escritores diseminados por todo el país). En una de las de mayor tirada encuentro unas “reglas de oro” para vencer el “bloqueo”, la segunda enfermedad profesional de todo escritor que se precie (la primera —lo han adivinado— es el alcohol). Además de las consabidas exhortaciones a llevar una vida ordenada y frugal, a tener pegado el culo al asiento durante horas, y a confiar más en el trabajo que en la inspiración, encuentro un consejo sorprendente: para vencer el bloqueo ayuda ver películas en las que salga un escritor bloqueado. Y citan, por ejemplo, Capote, la película de Bennett Miller (2005) basada en la biografía “definitiva” de Gerald Clarke (Ediciones B) y Desmontando a Harry (Woody Allen, 1997), en la que Allen, que en la peli se llama precisamente Harry Block, interpreta el papel de escritor (coñazo) y bloqueado. Me sorprende porque, en el fondo, no hay nada más incompatible con el cine que la imagen de la (inevitable) soledad de un escritor trabajando estérilmente durante horas para vencer el ensordecedor silencio de la página en blanco. Como le contaba Flaubert a su amante Louise Colet, “algunas veces, cuando (…) después de emborronar muchas páginas, descubro que no he hecho ni una sola frase, me derrumbo sobre el diván y allí me quedo embrutecido, en un pantano de desesperación interna”. Y es que, para ayudar a vencer el bloqueo, vale más una carta (consoladora) de Flaubert que mil imágenes.

Japoneses

Continúa el goteo de literatura japonesa. La verdad es que, como aquí se había publicado poco, las editoriales españolas se están esforzando en “repescar” muchas joyas inadvertidas que los franceses, por ejemplo, habían podido leer hace tiempo. Y, además, muchas de las obras publicadas habían sido retraducidas: las versiones españolas procedían en no pocos casos de segundas lenguas. El maestro Juan Marsé, por ejemplo, tradujo en 1963 El pabellón de oro, de Mishima, para Seix Barral, probablemente como trabajo alimenticio en una época en que todavía era poco conocido. Y María Luisa Balseiro, una de nuestras mejores traductoras del inglés, ha traducido de buenas versiones la estupenda biblioteca de Junichirô Tanizaki que viene publicando Siruela, y en la que aparecerá en septiembre el estupendo Diario de un viejo loco, del que leí hace años la traducción francesa en La Pléiade. No es el caso, sin embargo, de Carlos Rubio, antiguo profesor en universidades japonesas, que ha traducido recientemente Vestidos de noche (Alianza), de Yukiô Mishima, una estupenda comedia de costumbres con su punto de sátira social acerca de los nuevos ricos y arribistas sociales del boom económico de los sesenta. Muy diferente en tono y alcance es la historia que cuenta Shintarô Ishihara en la novela corta La estación del sol (Gallo Nero), traducida por el tándem Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Ishihara (1932), político eminente (un nacionalista de derecha más bien extrema: les habría encantado a los tertulianos del TDT Party) y aclamado gobernador de Tokio entre 1999 y 2012, comenzó a hacerse popular con esta novela que obtuvo en 1955 el Premio Akutagawa, un apreciado galardón que ha distinguido a la flor y nata de la narrativa japonesa, de Takeo Oda a Hiroko Oyamada (incluyendo Inoue, Endô, Ogawa y otros muchos). La estación del sol retrata precisamente a la generación de jóvenes nihilistas y desencantados del Japón de mediados de los cincuenta —bautizados luego como taiyozoku (tribus del sol)— que no se veían reflejados en las novelas que leían sus padres. A mí me ha recordado en algunos aspectos la visión del mundo nihilista de El extranjero (Camus, 1942), o la rebeldía juvenil de Rebelde sin causa, la película de Nicholas Ray, estrenada el mismo año en que se publicó la novela. Su éxito fue arrollador —desde su publicación se han vendido más de dos millones de ejemplares—, especialmente después de que Yujirô Ishihara, hermano del autor, la llevara al cine. La edición de Gallo Nero se completa con tres relatos, entre los que destaco especialmente El chico y el barco.