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OPINIÓN

Un editor providencial

El caso de Vallcorba es prácticamente único por la suma de virtudes de su persona y objetivos de su empresa: un amor incondicional a la alta cultura

Un editor providencial

La labor editorial de Jaume Vallcorba, tanto en lengua catalana como castellana, ha sido en Catalunya, a lo largo de los tres últimos decenios, absolutamente providencial. No es que en nuestro país hayan faltado, ni falten, editores de su misma talla y con idéntico concepto por lo que se refiere al trabajo de editor; pero el caso de Vallcorba es prácticamente único por la suma de virtudes de su persona y objetivos de su empresa: un amor incondicional a la alta cultura —del país que fuera y en la lengua que fuera—, un conocimiento exhaustivo y cabal del legado literario del continente —desde los clásicos griegos y latinos hasta nuestros días, pasando por Dante, Petrarca o Montaigne— y una pasión didáctica que le llevó primero a la docencia en las aulas de diversas universidades catalanas y luego al deseo de ofrecer a sus posibles lectores no solo aquello que deseaban leer, sino, como él solía decir, aquello que todavía no saben que desearían leer.

En todo país con elevadas y fantásticas aspiraciones nacionales, legítimas como las que más, la cultura literaria suele centrarse en los materiales propios y en las formas de expresión simbólica más acordes con esas aspiraciones: a causa de este proceso, las librerías se llenan de libros oportunos, cuando no oportunistas, y los editores cierran sus cuentas, con pequeñas satisfacciones, explotando hasta la saciedad un registro imaginario basado en la repetición y la exaltación de lo autónomo, cuando no lo folclórico. En medio de una situación histórica como la que acabamos de describir es de enorme importancia que un editor —y todo hombre con amor a la cultura, en el más alto y universal sentido de la palabra— no se contente con editar aquellos libros que redondearán los perfiles de una cultura nacional, sino también aquellos que harán que esta cultura pueda albergar sueños, y acumular conocimientos, de orden general y transnacional. Este fue el concepto de “edición” que guió todos los pasos de Jaume Vallcorba, desde la fundación de Quaderns Crema en 1979 hasta la de Sirmio y Acantilado, en años ulteriores: como heredero de lo mejor de la teoría cultural del noucentisme, Vallcorba no solo publicó y dio fama a una pléyade de escritores en catalán y en castellano —Cercas, Monzó, Pàmies, Torrent, Moliner—, sino que trabajó sin descanso para que la cultura catalana —y, por añadidura, la de toda España— dispusiera de magníficas ediciones de los clásicos —y sus comentaristas— de todos los tiempos y de todos los países: ahí quedan, por muchos años, sus ediciones ejemplares, en una u otra lengua, de Chateaubriand, Hölderlin, Kafka, Boswell, el viajero Burton, Lord Byron, Montaigne, Stefan Zweig, Arthur Schnitzler, Joseph Roth y muchísimos más.

Como se ha dicho, mucho de la lección noucentista catalana anidaba en la formación y en la personalidad de Jaume Vallcorba: desde la lección de Eugeni d’Ors —a quien editó in extenso— a la de su amigo J. V. Foix, a quien editó al modo filológico y de quien escribió un libro brillantísimo. A esto cabe añadir su formación de romanista y medievalista, que es la profesión que ejercieron los grandes comparatistas europeos del siglo XX: Auerbach, Curtius, Highet, pero también Martín de Riquer —a quien mimó y editó sin tregua—, se formaron en la escuela de las lenguas y literaturas románicas, crisol en el que se fundió por primera vez lo más alto de la producción literaria europea postlatina.

Esta vocación internacional y universalista es la que le distinguió de casi todos sus colegas: amó a su país y a su lengua materna con discreción —sin aspavientos ni codicia de honores patrióticos— y puso toda su pasión intelectual al servicio de una ciudadanía que él deseaba ver sólidamente ilustrada, enemiga de fetiches y atenta al “espacio común” de la tradición continental.

Jordi Llovet es crítico y ensayista

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