“Mi ex mató a Jim Morrison”

Faithfull vuelve a señalar al supuesto responsable de la muerte del cantante: Jean de Breteuil

Ampliar foto
Marianne Faithfull, en un retrato de 1974.

Es la sensación del último número de la revista británica Mojo. A tumba abierta, Marianne Faithfull abre su conversación con el periodista Tom Doyle afirmando que sabe quién mató a Jim Morrison. Carga la responsabilidad sobre Jean de Breteuil, un aristócrata francés que suministraba drogas a las estrellas. Por esas cosas de la sequía informativa del verano, la supuesta revelación ha armado cierto revuelo.

Y en realidad, nada nuevo. La sombra de Jean de Breteuil siempre ha rondado alrededor de lo ocurrido en París el 3 de julio de 1971. Faithfull insiste en que el cantante de The Doors sufrió “un accidente”, eufemismo para denominar a la sobredosis que acabó con su vida.

Jean de Breteuil, el hombre que supuestamente causó la muerte de Jim Morrison.

En verdad, Marianne no podía decir otra cosa: aquella noche, decidió no seguir al conde, que supuestamente tenía una cita con Morrison. “Pensé, 'me voy a tomar unas pocas Tuinal (barbitúricos) y no voy a ir allí'. Y él [De Breiteuil] se fue a ver a Jim Morrison y lo mató. Lo que quiero decir es que estoy segura de que fue un accidente”, relató.

Puede que Marianne no esté siendo totalmente sincera. Ella había caído en desgracia: de pertenecer al sanctasantórum del rock, por su relación con los Rolling Stones, a depender químicamente de Jean de Breteuil, del que nunca se dice nada bueno. Se murmura que, haciendo honor al tópico del inframundo yonqui, Jean usaba las drogas para llevar bellezas a su cama. Una de las teorías más perversas sugiere que tuvo un affaire con Pamela Courson, la compañera de Morrison; proporcionar al cantante heroína de alta calidad sería una forma de eliminar un obstáculo. Un disparate, ya que Jean parecía encajar en el perfil de groupie masculino: estaba feliz de contar en su harén con la ex de Mick Jagger y tratar simultáneamente con el autor de The end.

Gay Mercader, el promotor de conciertos español, se relacionó con Breteuil en París: “Pertenecía a un círculo de chicos bohemios de familias bien, que fumaban hachís, tomaban LSD y viajaban a la India. Se lo podían permitir, eran herederos de grandes fortunas. Los Breteuil tenían, entre otros negocios, periódicos en África. De hecho, Jean murió en una mansión que conservaban en Tánger”. Según sus recuerdos, todavía no había entrado en tromba la heroína: “La última vez que nos vimos, allá por 1968, me vendió un rolex que todavía conservo. Es posible que ya estuviera pillado con el caballo pero, desde luego, no lo aparentaba”.

A Breteuil le ha tocado la china: es el malo de esta película. Según se cuenta, vendió a Morrison heroína de gran pureza. Creyendo que se trataba de cocaína, el cantante esnifó una raya que resultó fatal, a pesar del intento de Pamela para reanimarlo, en una bañera llena de agua fría.

Otra versión, amplificada en 2007, sitúa a Morrison en un club cercano, el Rock 'N' Roll Circus, donde compró heroína a dos minoristas de Jean. Según el radiofonista Sam Bernett, entonces encargado del Circus, Jim sufrió la sobredosis en un baño del local. Al ser localizado, los sufridos camellos trasladaron el cadáver del “famoso cantante americano” a su apartamento en la rue Beautreillis. Una hazaña merecedora de una Medalla al Trabajo.

En uno u otro caso, tras avisar a la policía, se presentó un forense. Se le dijo que Morrison tenía problemas de asma y que bebía demasiado pero negaron que consumiera drogas. Al no encontrar marcas de pinchazos, el buen doctor dictaminó que había sido víctima de una parada cardiorrespiratoria y renunció a la autopsia.

Esa extraordinaria negligencia, potenciada por el secretismo que rodeó al entierro, al que ni siquiera acudieron sus compañeros de The Doors, explica el humus en el que han crecido las más fantasiosas ocurrencias, desde complejas conspiraciones al cuento de que Morrison fingió su muerte en 1971 y pasó a vivir en el anonimato. Dado que murió el trío central —Jim, Pamela, Jean— las especulaciones son libres.

Y luego está el efecto Rashômon: al igual que en la película de Kurosawa, cada testigo tiene una visión de lo ocurrido. Muy sociable, Jim Morrison hizo amigos en París, incluyendo al periodista musical Hervé Muller y la cineasta Agnès Varda. Jean de Breteuil era otro más, con el mérito añadido de que sabía que conseguía drogas de calidad.

Fuera o no el responsable directo, tiene lógica que el conde se asustara al saber que Morrison había fallecido. En diferentes ocasiones, Marianne Faithfull ha explicado que se deshicieron de la heroína que guardaban y huyeron a Marruecos. Allí moriría Jean poco después, víctima de una sobredosis.

Un final suficientemente sórdido para los buscadores de simetrías: Jean de Breteuil pagó por sus malas artes. Gay Mercader no comulga con esa idea de la justicia cósmica: “Ya es bastante desgracia morir a los 22 años como para que encima te inmortalicen como un criminal. Jean era un tipo guapo y comunicativo. Si vendió heroína a Jim Morrison, sería por las mismas razones que acogió a una Marianne Faithfull en horas bajas: por la idolatría que todos sentíamos por las estrellas del rock”.