Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Ana María Matute contra el tiempo

Una conversación inédita sobre el paso del tiempo, la infancia y el dolor de la escritora

Ana María Matute, en su domicilio de Barcelona en 2010. Ampliar foto
Ana María Matute, en su domicilio de Barcelona en 2010. AFP

Ana María Matute cumplía 86 años el 26 de julio de 2011 y con las flores que rebosaban llegamos nosotros para conversar con ella. Sobre el tiempo, contra el tiempo. Había vivido una vida intensa, rota por un matrimonio malo y por el silencio al que fue sometida; en este instante seguía siendo una niña frágil de cabello débil totalmente blanco; en la estantería de su ego desdeñado estaban sus premios y éxitos, entre ellos el Cervantes, la Academia, pero ese día estaba más pendiente de las flores y de los niños (uno le vino a visitar mientras estábamos con ella, “adoro a los niños, este me quiere mucho”) que del brillo que le habían dado los libros y el tiempo. “El tiempo no existe”, me dijo cuando le pregunté por ese escultor grande, como lo llamó Marguerite Yourcenar. “Es una invención nuestra. El tiempo es una cosa inmóvil, que está ahí… El paso del tiempo nos lo pensamos nosotros, y claro, acaba envejeciéndonos”.

Ella no envejeció, no quiso; murió el 25 de junio último cuando estaba a punto de cumplir 89 años; cuando conversamos con ella, para un documental de Pablo Álvarez que permanece inédito, como esta misma entrevista, Ana María Matute tenía aquella voz respetuosa de la que sobresalían el silencio y la ironía, también el sarcasmo hacia sí misma. Estaba con ella su hijo Juan Pablo, que tanta seguridad le dio, ella estaba muy feliz de haber recibido, entre las flores, las que le hizo llegar Carmen Balcells, que la salvó de tantas honduras, y que ayudó decisivamente a convertir Olvidado rey Gudú en un éxito que no tuvo precedentes en la obra completa de Ana María. Pero ella no hablaba de los éxitos, y para los fracasos tenía el desdén de los niños. En su lucha contra el tiempo (ese gran fracaso), prefirió quedarse como una niña, mirando y riendo, vengándose en cierta manera de aquellos años en que el miedo la hizo tartamuda.

Ahora era, por decirlo así, una niña feliz de 86 años. Era, pues, muy tentador, le dije, hablar con ella de la niñez, pues ella había dicho alguna vez que “la infancia dura más que la vida…”. “Sí”, dijo, “la infancia es más larga que la vida. Quizá es una frase un poquito extraña, pero quien entiende, entiende”. ¿Y qué entiende usted en esa frase? “Yo creo que la infancia, y no sólo para mí sino para la mayoría de la gente, es algo que marca para siempre. Aunque la quieras olvidar no puedes… Y todo lo que se ha vivido de niño, por lo menos las cosas más llamativas, las que más te han impresionado, eso perdura a lo largo de los años”.

Adiestrada por la vida a refugiar el drama en la metáfora, Ana María Matute decía que su infancia “fue de papel…”. “Ni sé por qué lo dije… Yo empecé a leer muy muy pronto; empecé a sumergirme en los libros. Para mí ese era y sigue siendo el mundo más importante. De modo que yo recuerdo mi infancia siempre con la cabeza metida en las páginas de un libro. Siempre viviendo lo que yo estaba leyendo. Descubriendo el mundo, o lo que yo creía que era el mundo, porque ya ves que el mundo siempre se deforma”. E inventaba el mundo que tampoco estaba en los libros. “Me lo inventaba y para mí era mejor que el mundo que vivía”.

“Yo tuve una infancia de papel; lo que más me gustaba y más me ayudó a crear un mundo propio fueron los libros”, eso dijo. Ahora creía que entró en ese mundo “de manera muy natural”; lo descubrió con quienes le contaban cuentos en casa, la tata, su madre, su abuela… No había otros sonidos que los de las palabras, “ni televisión ni cine”, así que fue aprendiendo de lo que escuchó y de lo que luego leyó en los libros. “Eran la continuación de la imaginación, o precisamente la razón de la imaginación: todo lo que se descubría, todo lo que te revelaba un libro lo magnificabas luego, hacías con eso lo que querías. Así que primero escuché cuentos, luego oí cómo los leían, después los leí yo y luego los empecé a escribir”.

Cuando me metían en el cuarto oscuro para castigarme, en la niñez, yo veía cosas; ahí supe que era escritora…

A los cinco años empezó a escribirlos. Incansablemente…, hasta que un día la frenó la vida, el estupor, “el miedo a seguir escribiendo…”. Las depresiones, como la que padeció, “te convierten en la indiferencia con patitas… Tanto te da todo: me daba igual escribir como no escribir, me daba lo mismo vivir como morir, me daba igual todo. Seguía teniendo el mismo cariño y el mismo amor por las personas que yo amaba y quería. Pero, aparte de eso, todo me era absolutamente indiferente”. Era un paseo terrible por el lado oscuro de la vida, donde nada parece relevante ni feliz ni bueno, como lo que narra William Styron (lo recordó Ana María) sobre su propia depresión. Pero ahí dentro de ese No que la vida le puso delante (le dijo a Winston Manrique en EL PAÍS) “hay también una luz… Hay muchas clases de luz en la oscuridad”, nos dijo aquel 26 de julio en Barcelona. “Cuando me metían en el cuarto oscuro para castigarme, en la niñez, yo veía cosas; ahí supe que era escritora… Me comunicaba con una pequeña luz interior. Fue cuando me saqué del bolsillo un terrón de azúcar, lo partí y de dentro salió una chispita de color azul. Me dije: soy maga. Todos los escritores son magos. Y brujos también”.

Aquella fue una revelación que se reproduciría más tarde; tras la depresión más aguda de su vida, a principios de los años noventa, reapareció con Olvidado rey Gudú… “Lo tenía en un cajón con ruedas y lo llevaba a todas partes… Me iba de viaje y me lo llevaba. Y entonces Carmen Balcells, a la que debo mucho, muchísimo, me dijo: ‘Este libro tiene que salir’. Yo le puse pegas: ‘Es que yo… ‘Déjamelo mirar’, me dijo. ‘¡Tienes que sacarlo!’, fue su dictamen. Me llevó a su casa, ‘me secuestró’, como dijo ella en broma, y allí terminé la novela. Y gracias a ella, y a partir de ese momento, volví a escribir otra vez como si no hubiera pasado nada…”.

En aquel día de su cumpleaños, Ana María Matute veía en aquel libro decisivo de su vida no sólo el poder de la imaginación que alimentó en la infancia… En aquel periodo alargadísimo de su niñez descubrió que ésta es a la vez asombro, soledad, invención y felicidad… “Pero en la novela había también dolor”. Lo dijo cuando recibió el Cervantes, y lo repitió en esta conversación rodeada de flores en Barcelona: “A la gran literatura, a la literatura verdadera, se entra con dolor. Aunque son muy importantes la alegría y el sentido del humor. Pero se entra con dolor, eso es así…”.

Primero escuché cuentos, luego

oí cómo los leían, después los leí yo

y luego los empecé a escribir

—¿Y de dónde viene su dolor?

—De la vida…, de vivir. El que vive intensamente la vida, el que no la vive a saltitos, sabe lo que es el dolor; yo sé lo que es el dolor, como también sé lo que es la alegría. La profunda felicidad también sé lo que es.

El terrón de azúcar rompiéndose como metáfora del descubrimiento de la escritura, el dolor, la disposición para escribir, pero también la melancolía. Ana María Matute había madurado a estas alturas todas las edades y vivía en una que juntaba la infancia con la vejez, y todas eran la misma; ahora estaba en la edad de la melancolía, en la época de la indiferencia ante el tiempo. “Cuando se llega a mi edad”, me dijo, “muchas veces se tiene mucha melancolía. Es una edad melancólica. Si llegas a esta edad con la cabeza más o menos en su sitio tienes siempre presente momentos de tu vida que nunca jamás se repetirán, y esto lo sabes muy bien. Yo he llegado con la cabeza tan mal como siempre. ¡Eso es para felicitarme!”.

Ana María Matute no era una mujer de aspavientos ni de circunloquios; era, a pesar de la vida compleja que vivió, una mujer sencilla que vivía sencillamente, que hubiera vivido en un ascensor, debajo de un puente, soñando. Esta vez estaba rodeada de flores; en las últimas décadas la habían llenado de flores, y sonreía; en esa sonrisa de cristal que se mantenía en su cara como una resignación alegre la escritora tenía señalada una arruga muy bella, el camino que no se había detenido hacia la edad más hermosa de su vida, la infancia, y la infancia seguía con ella. La conversación siguió, está grabada; aquí queda este trozo inolvidable de la mirada de Ana María Matute.