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Ser (es) y tiempo

El reloj de Obama, la Rusia de Putin y un mexicano en Londres

Ilustración de Max
Ilustración de Max

Por circunstancias que no vienen al caso, tuve que pasar unos días trabajando sobre el tiempo y su medida —los relojes, básicamente— y cómo uno y otros se han ido reflejando en el cine. Por supuesto, a una escala más doméstica que lo que hizo el artista suizo-americano Christian Marclay con su extraordinaria videoinstalación de 24 horas de duración The clock, que hace poco pudo verse en el Guggenheim de Bilbao, y en la que todas las escenas (de cientos de películas) contienen una medición horaria y están sincronizadas con el tiempo real de la proyección; de modo que si —pongamos— por el reloj de péndulo de Sólo ante el peligro son las doce menos veinte del mediodía, esa es precisamente la hora real del espectador que está viendo el fragmento, y así durante el día completo (con su noche) que dura el vídeo. Me resultó fascinante la búsqueda de relojes en las películas, desde aquel gigante de cuyo minutero se queda colgado sobre el vacío (a las 14.40, por cierto) Harold Lloyd en El hombre mosca (Safety Last, 1923), hasta la colección de relojes de pulsera de alta gama (Rolex, Breitling, Tag Heuer, Omega, etcétera) que lucen los distintos avatares cinematográficos de James Bond y que, en cada una de las películas, revelan qué marca había obtenido (mediante “patrocinio”) el espaldarazo que supone que el Agente 007 —él mismo una marca hecha de marcas— luciera uno de sus productos mientras combate al villano de turno. Así que, de una u otra forma, cine y tiempo han estado indisolublemente ligados desde que los inventores del primero filmaran aquel célebre corto (un emocionante vagido de neonato) de 46 segundos llamado La salida de los obreros de la fábrica Lumière de Lyon, en 1895.

En todo caso, nunca habría podido imaginarme, antes de mi pequeña investigación sobre los relojes, que esas prodigiosas y cotidianas máquinas de medir algo tan sutil como el tiempo —que sabemos lo que es, pero no sabemos explicarlo, como afirmaba Agustín de Hipona— fuesen objeto de tanto interés en Internet y las redes sociales. Para mi sorpresa, las páginas webs, los blogs y los foros de los aficionados a los relojes constituyen todo un mundo inesperado al que me he asomado levemente, pero con creciente estupefacción durante unos días, permitiéndome una mirada oblicua y alucinada sobre aficionados y coleccionistas entre los que abundan los otaku de toda clase y condición, por designarlos con el apelativo que reciben en Japón las personas excesivamente obsesionadas por cualquier objeto o asunto. Para mi información sobre los relojes y su evolución me fueron imprescindibles dos libros que recomiendo: Revolución en el tiempo, de David Landes (Crítica, 2007), que me convenció de que la primera función de esas máquinas perfectas no es la de seguir el paso de las horas, sino la de coordinar las acciones humanas, y Autoridad, libertad y maquinaria automática en la primera modernidad europea, de Otto Mayr (Acantilado, 2012), en el que se analiza el impacto que el reloj mecánico tuvo en las ideas y la cultura de su tiempo.

Mi admirado papa Francisco

usa un antiguo y austero modelo Casio “con un precio

en el mercado de ocho euros”

A otro nivel me vino bien cierta revista —su lema es Luxury Lifestyle— que requisé en la consulta de mi dentista. En ella —una publicación evidentemente dirigida al segmento más pudiente y caprichoso de los otakus—, me enteré, por ejemplo, de que los “sencillos” Carlos Slim y Barack Obama no gastan mucho en relojes (el segundo lleva un modelo John Gray valorado en 300 euros), que a Castro y el Che les encantaban los Rolex, que a Mourinho y a Cristiano Ronaldo les han fichado respectivamente las firmas Hublot y Tag Heuer para que ejerzan de “embajadores”, que Christine Lagarde viste un “discreto” Patek Philippe, la misma marca del reloj que le regaló Roosevelt al Dalai Lama (“confeso enamorado de los relojes”) en 1947, y que el Bulgari modelo Ammiraglio del Tempo que pensaba regalarle a Pablo Iglesias por su cumpleaños (para probar su incorruptibilidad) me habría costado 316.000 eurillos de nada. La única satisfacción fue comprobar que mi admirado papa Francisco usa un antiguo y austero modelo Casio —el peridoto de los relojes, podríamos decir— “con un precio en el mercado de ocho euros”. Suerte que tuvo el pontífice: el mío, adquirido en el chino de mi barrio, me costó 12.

Chechenia

Continúa el aumento del interés hacia el cómic. En Norteamérica (Estados Unidos y Canadá) ese sector creciente de la producción editorial generó en 2013 unos 870 millones de dólares, casi 65 millones más que en el ejercicio anterior, con un marcado predominio de los álbumes y las novelas gráficas. En general, los lectores prefieren —en proporción mucho mayor que con el resto de los libros— comprar los cómics en papel que en formato electrónico, entre otras razones porque la mayoría de los consumidores son también coleccionistas a los que gusta releer y hojear sus adquisiciones. Entre los álbumes gráficos publicados últimamente en España me han interesado especialmente los Cuadernos rusos (Salamandra Graphic), del veterano fumettista italiano Igort (Igor Tuveri), que se dio a conocer internacionalmente en los años ochenta en revistas y fancines como Linus, Vanity o Metal Hurlant. Su último álbum hasta la fecha es una especie de “ensayo gráfico” de carácter periodístico y testimonial (por tanto, con grandes dosis de subjetividad) en el que, siguiendo la trayectoria personal de la periodista asesinada Anna Politkóvskaya, y basándose en un trabajo de campo que incluye entrevistas y relatos intercalados de otros personajes y testigos, se traza un tremendo panorama de la lucha entre chechenos y rusos, con el énfasis puesto en la brutalidad de la sangrienta represión y los abusos cometidos por los últimos. Catalina Mejía, la flamante editora gráfica de Salamandra, ya había publicado los Cuadernos ucranianos, una obra anterior (2010) del autor, cuando trabajaba en Sins Entido.

Cruz

En realidad, Londres después de medianoche (Seix Barral), del mexicano Augusto Cruz, tenía sobre el papel casi todo para gustarme, como una intriga de carácter policiaco en torno a la búsqueda de la mítica London after midnight, una película silente de Tod Browning (1927) con Lon Chaney, cuya última copia se quemó en los años sesenta y de la que la leyenda dice que se rodó con vampiros de verdad; o la presencia de algunos “artistas invitados” de la realidad “real”, como el historiador cultural del cine David J. Skal (autor, entre otros, del interesante Monster Show, Valdemar, 2008) o de Forrest J. Ackermann (1916-2008), escritor de relatos de terror y uno de los más grandes gurús y coleccionistas de memorabilia cinematográfica de terror y fantasía que en el mundo han sido. Pero, como dice alguien en un momento dado de esta novela que podía haber sido grande, “uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla”, y a Cruz le hace una mala pasada narrativa su entusiasmo y su afán por contarnos todo lo que sabe y le gusta y ha visto y leído, lo que le lleva a poblar su relato de vías muertas que acaban por aplastarlo y llenarlo de incongruencias, reiteraciones y salidas en falso. Lástima: me hubiera gustado que se librara del cajón de desechables.