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Revista de verano

Hombre pájaro

Los nuevos talentos de la fotografía española eligen las obras que mejor les representan

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La imagen elegida por el fotógrafo Antonio Xoubanova (Madrid, 1977).

Cuando el dedo de Antonio M. Xoubanova (Madrid, 1977) hizo clic, y el obturador lo dejó ciego por un instante, algo le dijo que había cazado otra imagen inquietante. Una mujer de espaldas, con la melena y las mangas de su suéter al viento. Pero lo que vio este fotógrafo de 36 años en la mesa de edición fue “una referencia a la pintura, a las figuras fantásticas que creaba El Bosco”. Una obra que, a pesar de llamarse Hombre pájaro para la serie La foto de mi vida, no tiene título.

Esta imagen es sólo una gota en un océano de “miles” de instantes captados en la madrileña Casa de Campo buscando evocar una atmósfera a medias morbosa, a medias mágica, que era posible en ese lugar fronterizo entre lo urbano y lo natural. “No se podrían hacer estas fotos en el Retiro. Allí entiendes pronto cómo funciona el espacio. Pero para mí la Casa de Campo es un lugar de mucho misterio. La mezcla entre un parque público y un bosque hace que te puedas encontrar cualquier cosa”, explica el artista. Hasta en el libro que recoge este trabajo —las 70 imágenes de Casa de campo (Mack, 2013)— se juega con el concepto de “fábula fotográfica”, de cuento de hadas con muchos más puntos en común con los hermanos Grimm que con el lado idílico de la vida que evoca Disney.

El juego entre pintura y fotografía es constante en esta serie. Tanto cuando se expone, en galerías como la parisina Brachfeld Gallery, como en su versión libro. “Jugamos con algo que parece más una colección de cuentos que un libro de fotografía. Y el texto que lo acompaña, de Luis López Navarro, va en esa línea. Empieza muy descriptivo y acaba siendo un delirio”. Cada vez que le toca exponer, se adapta al espacio en concreto, tanto en el número de fotos como en su formato. “Una vez usé una abaniquera. Imprimí la foto sobre un abanico porque así se han representado muchas veces las pinturas campestres en la historia de la pintura”. Otro de los grandes referentes es el Goya más negro, el que pintaba brujas y aquelarres en el siglo XVIII.

La forma de trabajar de este fotógrafo, que ha colaborado con medios como The New York Times o El semanal y ha sido nominado al Premio Henri-Cartier Bresson, es disparar, disparar y disparar. “Lo hago porque me interesan los pequeños matices. En una fracción de segundo todo cambia en una imagen”. Eso y perseguir no lo que la cámara retrata, sino lo que es capaz de evocar en quien la ve: “En la Casa de Campo me encontré imágenes como los tapices de Goya. Lo que busco es el carácter simbólico de lo que encuentro”. Como esa mujer de espaldas que podría ser, soltando el lastre de la imaginación, una de tantas figuras diablesas que pululan del edén más sereno al infierno más horrendo en las tres tablas de El jardín de las delicias.