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Así se secuestra a un general alemán

'Mal encuentro a la luz de la luna', de Stanley Moss, relata el rapto del alemán Kreipe, en el que participó Leigh Fermor

El equipo del secuestro del general Kreipe. De izquierda a derecha, sentados, Stratis Saviolis, Patrick Leigh Fermor y Stanley Moss. De pie, Gregoris Chnarakis, Manolis Paterakis, Leonidas Papaleonidas, George Tyrakis y Nikos Komis.
El equipo del secuestro del general Kreipe. De izquierda a derecha, sentados, Stratis Saviolis, Patrick Leigh Fermor y Stanley Moss. De pie, Gregoris Chnarakis, Manolis Paterakis, Leonidas Papaleonidas, George Tyrakis y Nikos Komis.

Mal encuentro a la luz de la luna (Acantilado), de William Stanley Moss, es el emocionante relato de la preparación y realización del secuestro del general Kreipe, comandante de la 22 división de infantería y uno de los jefes de las fuerzas de ocupación alemanas de Creta, que llevaron a cabo Patrick Leigh Fermor y el propio Moss, miembros del Special Operations Executive (SOE), junto a un grupo de guerrilleros cretenses. La legendaria operación, una de las más osadas y sonadas de la II Guerra Mundial, la menciona y comenta varias veces en sus obras Patrick Leigh Fermor, que estaba al mando, pero, muy deportivamente, nunca quiso escribir un libro específico al considerar que ya existía el de su camarada.

El libro de Moss dio origen a una película con el mismo título en la que Dirk Bogarde encarnaba a Paddy –para horror de este- y David Oxley al autor, mientras que al general lo interpretaba un actor curiosamente apellidado Goring. El film fue escrito y dirigido por Michael Powell y Emeric Pressburger.

La acción ha sido revestida siempre –incluso por sus protagonistas- de un amateurismo, individualismo e improvisación que le proporciona una aureola de bravado y audacia muy del gusto británico, muy swashbuckling, de valentones, que dicen ellos. “Un asunto de húsares”, la bautizó el propio secuestrado, Kreipe. En realidad estuvo muy planificada –el SOE no actuaba a la ligera- y se ejecutó de manera muy profesional, aunque por supuesto este tipo de asuntos siempre tienen un gran margen de error y están sometidos a un alto grado de incertidumbre. Las personalidades de Leigh Fermor y Moss añaden vistosidad al secuestro. Ambos eran jóvenes brillantes, rebeldes, frívolos y vividores (y bebedores) a los que el Ejército les sacó provecho reclutándolos para operaciones especiales en las que su individualismo, imaginación y espíritu romántico (e indudable coraje) proporcionó buenos dividendos. Paddy -que cultivaba una pose byroniana- además contaba con la ventaja añadida del conocimiento de la lengua griega y del terreno, pues había estado de servicio en Creta durante la invasión alemana.

Billy Moss era un joven teniente de 22 años de los Coldstream Guards, alto, guapo y deportista, cuando se encontró con Leigh Fermor en El Cairo –coincidieron en los aposentos para oficiales reveladoramente llamados Resaca Hall- y se hicieron amigos. Había luchado en Tobruk y El Alamein y esperaba ser reasignado al SOE. En Mal encuentro a la luz de la luna, una reelaboración de su diario de campaña, Moss relata la impresión que le produjeron los fieros guerrilleros cretenses, los andartes, con sus grandes bigotes y vestimentas que los hacían parecer recién salidos de una vieja novela de aventuras. Paddy, amante de los disfraces, destacaba entre ellos como una versión carnavalesca de la estampa tradicional de un pastor de las montañas y uno se pregunta cómo pudo pasearse vestido de esa guisa pinturera entre los alemanes sin que lo detuvieran en el acto: es como para desconfiar de la Gestapo.

Otra imagen del equipo que secuestró a Kreipe (en el centro), con Leigh Fermor a la derecha y William Stanley Moss a la izquierda. ampliar foto
Otra imagen del equipo que secuestró a Kreipe (en el centro), con Leigh Fermor a la derecha y William Stanley Moss a la izquierda.

Moss revela que la intención original era secuestrar al terrible general Müller, “el Carnicero”, y no a Kreipe, un tipo todo lo honesto que podía ser un general de la Wehrmacht –tras la guerra su predecesor y su sucesor fueron juzgados y fusilados en Atenas; a él no se le procesó-, pero que al encontrarse con que el segundo había relevado al primero decidieron que “un general era tan bueno como otro para atraparlo”. De creer a Moss –su libro tiene un tono desenfadado, chulapo (con detalles como convertir la 22 división en “Panzer Grenadier Division” que tiene más pedigrí o citar a Noel Coward durante el secuestro) y un punto gamberro-, la operación se ultimó sobre el terreno entre lecturas y conversaciones de literatura y poesía, veladas de licor y canciones en cuevas, y audaces y algo descerebrados reconocimientos. Para la emboscada, Paddy –que hubo de afeitarse su preciado bigote- y Moss, respectivamente mayor y capitán, se caracterizaron de cabos de la policía militar alemana (aprovecharon para inmortalizarse en una foto icónica de la aventura) y así ataviados, y apoyados por siete guerrilleros, detuvieron el automóvil del general cuando regresaba a su residencia de Villa Ariadna de su cuartel general en Archanes. Era la noche del 26 de abril de 1944, y realmente, Kreipe tuvo un mal encuentro.

Tras reducirlos a él y al chofer, metieron al general en el suelo en la parte de detrás del coche, tres andartes se sentaron ahí, Moss tomó el volante y Paddy, con la gorra del general, se instaló a su lado. De esa manera cruzaron ¡22 controles!, amparados por la noche, los banderines del general en el vehículo y la interpretación de Leigh Fermor del papel de mando. Luego abandonaron el auto, no sin antes dejar una nota muy teatral en la que lamentaban no poderse llevar tan buen coche –un Opel- y subrayaban que la operación era obra de comandos británicos, para evitar represalias a la población. Condujeron a las montañas a Kreipe –al que alguien, no sería extraño que los propios Moss y Paddy, le birlaron su preciada medalla, la Cruz de Caballero-, y estuvieron escondiéndolo y moviéndose, burlando a las furiosas patrullas alemanas, hasta conseguir embarcarlo para Egipto el 14 de mayo. El relato de Moss no incluye la deliciosa anécdota de la oda de Horacio compartida por Kreipe –que inició la primera estrofa- y Paddy –que la continuó-. Moss anota simplemente que el general y su camarada se entretenían uno al otro en el monte Ida intercambiando versos de Sófocles. A Kreipe le caía mejor Paddy que Moss, que le parecía algo infantil, “siempre esgrimiendo su pistola”.

En Mal encuentro a la luz de la luna, se explican algunas atrocidades cometidas por los alemanes en Creta –incluida la brutal escena en que un oficial le parte el brazo a un chiquillo porque le ha rayado el coche-, pero se da a entender que las represalias como la destrucción del pueblo de Anoyia y las ejecuciones de civiles lo fueron por distintas operaciones guerrilleras “en julio y agosto de 1944” y no por el secuestro. Significativamente, Moss pasa por alto la (mala) suerte del chófer de Kreipe, degollado fríamente por los andartes, un crimen que arroja sombras sobre la operación.

Los dos oficiales británicos fueron condecorados y regresaron a Creta para posteriores misiones. Moss, que tenía la intención de secuestrar al sucesor de Kreipe, encabezó una serie de ataques a convoyes de tropas alemanas que culminó con su heroica destrucción de un vehículo blindado, al que se encaramó para lanzar una granada por la torreta. Tras la guerra, Paddy inició su larga carrera de escritor. Moss –que después de Creta había realizado operaciones con el SOE en Macedonia y Siam- escribió un libro sobre el oro perdido de los nazis, navegó por el Pacífico, estuvo con la Expedición Transantártica, se instaló en las Indias occidentales y murió en Jamaica en 1965.

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