Una tiranía brutal y ridícula

Aventuras y horrores en torno a la dictadura coreana en 'El huérfano' de Adam Johnson

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Masiva manifestación en Pyongyang contra el "imperialismo de Estados Unidos", en una imagen difundida por el régimen el 25 de junio pasado. REUTERS

Con su segunda novela, Adam Johnson, profesor de escritura creativa en Stanford, ya ha ganado el Pulitzer. Qué duda cabe de que de enseñar aprendes, pero todo indica que el talento de Johnson es algo innato, y que su éxito tiene mucho más de oficio y de provechosas lecturas que de la obligación de poner y resolver ejercicios de estilo con sus estudiantes. El huérfano es una novela modélica cross genre o hybrid genre, una mirada oblicua y transversal a la realidad irreal de un país del demonio llamado Corea del Norte, en el que se secuestran princesas de cine, se practican lobotomías y, con sus caprichos, el Querido Líder convierte el surrealismo en un prodigio de lógica racionalidad. De modo que novela de dictador por un lado —y parece resultar inevitable que el cañamazo de toda novela de dictador sea un entreverado de violencia y de absurdo—, el relato desquiciado que describe la guiñolesca Corea comunista en el otoño del patriarca Kim Jong-il, fallecido poco antes de que Random House publicase la novela en Nueva York, que le sirve de epitafio grotesco, y a la vez novela de aventuras, novela picaresca après la lettre, novela rosa pasada de vueltas —un romance que juega con sus propios códigos—, thriller político con cadáveres en sus cunetas, un episodio mal resuelto de espías en Texas, y un asesino que anda suelto, pero que el lector sigue de cerca desde la primera página, el protagonista Jun Do. Un Lazarillo descarriado de enésima generación, víctima como los demás de un régimen despótico, al que sirve como soldado y como palafrenero del poder, que encarna la distopía modélica que retrató Orwell en 1984, un Estado brutal pero ridículo en el que los súbditos no viven sino sobreviven a la propaganda de ese mundo feliz que su Querido Líder proclama a través de partes meteorológicos emitidos por altavoces estratégicamente situados que cantan imperturbables, como un coro enlatado, la buena nueva del luminoso sol patriótico que el pueblo celebra a la fuerza, pero no ve porque la tormenta perfecta ya estaba sobre sus cabezas cuando nacieron.

Johnson no habrá leído ni Tirano Banderas, ni El Señor Presidente, ni El otoño del patriarca, ni Yo el Supremo, ni La fiesta del chivo, pero contribuye con El huérfano a la novela de dictador con su retrato burlesco y audaz del monstruo Kim Jong-il y de su corte corrupta de payasos sin maquillaje, pero con uniforme. A la transgenericidad de esta novela extraordinaria contribuyen asimismo su condición de novela de aprendizaje —del adolescente Jun Do en el orfanato al frío asesino de novela de Easton Ellis— y de crónica sumamente documentada de la impenetrable Corea del Norte, de sus extrañas relaciones con Japón (no parece estar reñido el odio al imperialismo nipón con el placer de degustar su sushi), y de las caricaturas oficiales de una sociedad norteamericana que es descrita como un negro cuervo que simboliza el capitalismo atroz, batiendo sus alas sobre la capital de la nación, y que, sin embargo, se cuela en la élite militar, inevitablemente, a través del cine o la televisión.

Impresiona el modo en que en El huérfano se describe la dolorosa esquizofrenia de una parte de la población, la más lúcida, que oye, pero no escucha, la opresiva retórica de los altavoces, dividida entre el acatamiento de un destino funesto y cierto asomo de manumisión, siquiera íntima, mental, que el pequeño Jun Do ya detectó en el comportamiento de su padre cuando, a voz en grito y señalándolo, dijo en la calle: “Denuncio a este ciudadano por ser un títere del imperialismo. Lo he visto intentando envenenar mentes con su pérfida bazofia”, y al poco tiempo le susurró: “Mi boca ha dicho todo eso, pero mi mano sigue cogiendo la tuya”: historia social y mentalidad individual, individuo frente a Estado, dignidad frente a supervivencia, la identidad frente a la anonimia de la masa social y, como un bajo continuo a lo largo de la novela, el amor guiando al oscuro protagonista en paradoja fértil, no siendo posible, en la Corea que dibuja Johnson como una kafkiana colonia penitenciaria, entre el humor de la caricatura grotesca y el terror de hemeroteca, que la libertad guíe al pueblo.

Impresiona por igual advertir la pericia con la que el premio Pulitzer 2013 alcanza a conseguir que su reinvención de la realidad norcoreana —un viaje de pocos días, pero una abrumadora documentación— devenga poco menos que un reportaje, convirtiendo, de la mano de su dominio de la técnica narrativa con dosis de nuevo periodismo, una realidad inverosímil en una ficción aceptable. Su investigación parece haber transformado el albedrío de su imaginación en verdad fehaciente. Admira la capacidad del autor de maridar la tragedia y el absurdo o el humor y la violencia escribiendo acerca de títeres sin cabeza y otras trascendencias, un poco a la manera de Vonnegut, e impresiona ver cómo ha compuesto una novela adrenalínica y veloz sobre la base de una historia situada en el país acaso más hierático y pasivo del mundo.

Leer El huérfano es algo así como disfrutar de una pesadilla o escuchar una balada en el infierno: te cautiva lo que escuchas, pero lo que escuchas te horroriza.

El huérfano.  Adam Johnson. Traducción de Carles Andreu. Seix Barral. Barcelona, 2014. 608 páginas. 22 euros (electrónico, 12,99)

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