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¿Libros para cambiar el mundo?

La oleada de títulos sobre la crisis impulsa el debate sobre la influencia social de los escritores

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Lemas del movimiento de los indignados, en una exposición sobre el 15-M celebrada en el Ateneo de Madrid en 2012.

La literatura puede ser una mera cuestión de tinta. El 15 de mayo de 2011 los indignados acamparon en la Puerta del Sol de Madrid y el 17 de septiembre de ese mismo año el movimiento Occupy Wall Street hizo lo propio en el Zuccotti Park de Manhattan. Tres semanas más tarde, el filósofo esloveno Slavoj Zizek se encaramó a uno de los bancos de la plaza neoyorquina y contó un chiste: un tipo de Alemania del Este fue enviado a trabajar a Siberia. Sabía que los censores leerían su correo, así que dijo a sus amigos: “Establezcamos un código. Si la carta que recibís está escrita con tinta azul, lo que diga en ella será cierto; si está escrita con tinta roja, será falso”. Un mes después llegó la primera carta. Estaba escrita en azul y decía: “Todo es maravilloso aquí. Las tiendas están repletas de buena comida. Los cines pasan buenas películas occidentales. Los apartamentos son grandes y lujosos. La única cosa que no se puede comprar es tinta roja”. Terminado el chiste, la glosa de Zizek a los manifestantes: “Así es como vivimos. Tenemos todas las libertades que queremos, pero nos falta tinta roja, el lenguaje con el que expresar nuestra no-libertad (...) Y eso es lo que estáis haciendo aquí: nos estáis dando tinta roja”.

Desmontados los campamentos, esa tinta simbólica ha llenado los libros hasta resucitar el viejo debate sobre el papel de la literatura como instrumento de cambio social. La crisis económica ha abierto un hueco en las librerías a novelas, ensayos y poemas atravesados por el paro, los desahucios o la precariedad laboral. Entre ellos emerge casi como un emblema la última novela de Rafael Chirbes, En la orilla, mejor libro de 2013 para varios periódicos españoles —éste incluido— y reciente premio Nacional de la Crítica. Sorprendido de su propio éxito, el escritor lo atribuye a la desolación y el cabreo de la gente: “En momentos menos feroces me verían como a un peligroso radical”. Chirbes tiene 62 años, pero las sensaciones de las que habla están presentes también en el nuevo poemario de Elena Medel, que tiene 29 y ha ganado el Premio Loewe a la creación joven con Chatterton. En su libro, dice Medel, está más presente lo colectivo que lo generacional a partir de “coordenadas personales” concretas: “La precariedad laboral y sentimental, el modo en que las relaciones de trabajo —qué ofrezco/qué recibo— se han trasladado a las relaciones a secas”. Y al fondo una pregunta —“¿cómo hemos llegado a este punto?”— teñida, esta vez sí, de una desazón con edad propia. “Pensábamos que viviríamos mejor que nuestros padres y no es así”, reflexiona. “Me pregunto en qué momento se torció todo y no tengo respuestas. Incluso cuando no se escribe literatura social se escribe contra algo. Yo escribo contra esa sensación y contra mí misma porque hemos seguido un modelo enloquecido, sabemos quiénes son los culpables y nuestra repuesta ha sido bajar la cabeza, la sumisión”.

"Todas las novelas
son ideológicas, pero solo se señala la ideología cuando molesta”, sostiene Marta Sanz

Elena Medel subraya que el componente más explícitamente social de su último libro es el feminista: “Todavía se identifica lo masculino con lo universal y lo femenino, con lo particular”. Sin embargo, como escritora se siente una privilegiada respecto a la “lucha verdadera”: “¡Si hasta me han dado un premio Loewe! Una gran poeta como Ángela Figuera Aymerich tuvo que publicar Belleza cruel en México porque en España lo impidió la censura franquista”. Figuera (1902-1984), coetánea de la generación del 27 pero ausente de casi todas las antologías, ilustra bien, según Medel, la diferencia de trabajar bajo una dictadura o en una democracia.

Lecturas para debatir

NARRATIVA Y POESÍA

La mina (Akal). Armando López Salinas

Daniela Astor y la caja negra (Anagrama). Marta Sanz

Imitación de Guatemala (Alfaguara) / El material humano (Anagrama). Rodrigo Rey Rosa

La habitación oscura (Seix Barral) / Compro oro (La Marea). Isaac Rosa

En la orilla (Anagrama). Rafael Chirbes

Democracia (Seix Barral). Pablo Gutiérrez

Ajuste de cuentas (Alfaguara). Benjamín Prado

La trabajadora (Penguin Random House). Elvira Navarro

Memorial del engaño (Alfaguara). Jorge Volpi

Karnaval (Anagrama). Juan Francisco Ferré

Ejército enemigo (Penguin Random House). Alberto Olmos)

El padre de Blancanieves (Anagrama) / Acceso no autorizado (Mondadori). Belén Gopegui

Flores oscuras (Alfaguara). Sergio Ramírez

Los cuerpos extraños (Destino). Lorenzo Silva

Yo, precario (Libros del Lince). Javier López Menacho

Chatterton (Visor). Elena Medel

En la avanzada juventud (Visor). Giconda Belli

ENSAYO

La novela de la no-ideología (Tierra de Nadie) / ¿Qué hacemos con la literatura? (Akal). David Becerra Mayor

No tan incendiario. Textos políticos que salen del cenáculo (Periférica). Marta Sanz

Un pistoletazo en medio de un concierto. Acerca de escribir de política en una novela (Editorial Complutense). Belén Gopegui

Ahí es nada. Nuevos ensayos sobre el mundo y la poesía y el mundo (El Gallo de Oro). Jorge Riechmann

Todo lo que era sólido (Seix Barral). Antonio Muñoz Molina

El asco indecible (Pamiela). Miguel Sánchez-Ostiz

El resurgir de la literatura comprometida en España ha vuelto los ojos hacia los autores que la practicaron bajo el franquismo. Sería el caso de Ángela Figuera y, también, el de Armando López Salinas, cuya novela La mina, una crítica de la explotación laboral publicada en 1960, se reeditó por primera vez en septiembre pasado sin los cortes de la censura. López Salinas murió en marzo pasado, pero el responsable de esa nueva edición, David Becerra Mayor, recuerda que la recuperación de La mina parece hecha a propósito, pero que ya en 2011 —“curiosamente, tres días antes del 15-M”— se celebraron unas jornadas de homenaje a su autor, referente de esa literatura social de la posguerra que pasó de ser tendencia dominante —de la mano de Blas de Otero, Gabriel Celaya, Antonio Ferres o Jesús López Pacheco— a ser denostada por, según sus críticos, privilegiar la denuncia frente a la estética. Contra La mina, dice David Becerra, se esgrimieron argumentos literarios que encubrían argumentos políticos: “Es una novela que molesta porque impugna el relato fundacional de la Transición, reducida a grandes gestos de grandes hombres. López Salinas nos recuerda quién resistió, quién luchó”.

Autor del estudio La novela de la no-ideología, Becerra es además uno de los firmantes del opúsculo colectivo ¿Qué hacemos con la literatura?, que forma parte de una colección de la editorial Akal —la misma que ha recuperado La mina— destinada a pensar qué hacer con la ecología, la educación o la financiación de los partidos. Entre esos firmantes está también Marta Sanz, cuyo nombre es, junto a los de Belén Gopegui e Isaac Rosa, uno de los que más se repite al hablar de literatura política (o de intervención o, ella no tiene reparos en utilizar el adjetivo, “urgente”). Eso sí, rechaza que esa urgencia se traduzca en descuido de la forma o en uso panfletario del contenido. “La literatura es en el 90% una cristalización de la ideología dominante, marcada por el consumo y por el despliegue de una cultura abaratada como ocio y espectáculo”, sostiene la escritora. “Eso se traduce en un canon que coloca el arte en un lugar sagrado, inofensivo. Todas las novelas son ideológicas, pero solo se señala la ideología cuando molesta”. “”

Con todo, Marta Sanz reconoce no haber encontrado respuesta a la pregunta que se plantean todos los autores de literatura social desde que existen la sociedad y la literatura: ¿para quién se escribe? David Becerra recuerda que trató muchas veces el tema con López Salinas. ¿Qué hacer cuando los lectores potenciales de una obra —mineros, emigrantes— no pueden acceder a ella? “Armando trabajaba con esa contradicción en la cabeza”, cuenta Becerra. ¿Cómo la resolvía? “Pensando que no le correspondía a él arreglarlo sino al Ministerio de Educación. Ahora es distinto: el analfabetismo de la posguerra ya no existe”.

“Muchos libros supuestamente críticos no son más que la estetización de problemas políticos”, replica Patricio Pron

Cuenta Elena Medel que en ocasiones tiene la impresión de escribir para los convencidos, y esa misma expresión es la que usa Marta Sanz para reivindicar la necesidad de no ser previsible y dar una vuelta de tuerca a los prejuicios”. Sanz, no obstante, tiene claro el público que querría para su obra: “El de Sálvame”. También tiene claro que es imposible: “Si haces una literatura no complaciente no pasas de ese lector dispuesto a que los libros le abran los ojos y no le anestesien, y al que no le importa mancharse y sufrir porque sabe que el dolor del conocimiento ayuda a reparar el daño”.

¿La literatura comprometida debe experimentar con el lenguaje o ser lo más clara posible para que su denuncia sea eficaz? Aunque la obra de un poeta como Juan Gelman —llena de audacias gramaticales— sería una buena síntesis entre experimentación y compromiso, la nicaragüense Gioconda Belli subraya que el problema es común a toda la literatura: “Encontrar la calidad dentro de la expresión, porque cuando se vuelve panfletaria pierde fuerza y se descarta a sí misma. Hay obras coyunturales que si tienen calidad sobreviven a la coyuntura y se aplican a otras latitudes y situaciones. Yo escribí poemas durante la dictadura somocista que he visto reproducidos en Chile y ahora en Venezuela”. Hace poco, cuenta, vio en Twitter la foto de una pared en Caracas con los versos de su poema Huelga: “Quiero una huelga donde vayamos todos. / Una huelga de brazos, de piernas, de cabellos, / una huelga naciendo en cada cuerpo…”. “Otros poemas”, añade, “no los vuelvo a leer ni yo”.

Para el narrador guatemalteco Rodrigo Rey Rosa la literatura puede aspirar a influir a las clases dirigentes más que al gran público, “así la experimentación con el lenguaje no constituiría una barrera”. Lo dice antes de recordar que el 50% de la población de su país es analfabeta y después de señalar con ironía que la influencia de la literatura en la política no tiene por qué ser algo necesariamente positivo. “Esta clase de preguntas parecen hechas casi siempre desde un punto de vista biempensante de izquierda. Si la influencia que la literatura puede ejercer es de tendencia derechista o fascista, puede ser una suerte que su difusión sea limitada, ¿no?”. Rey Rosa, que reunió hace unos meses en Imitación de Guatemala cuatro novelas cortas, ha sabido manejar los recursos policiacos para narrar las matanzas de indígenas, el tráfico de niños o el secuestro de su propia madre. Cada vez que se plantea la tensión entre mayorías y minorías, surge la idea de Gramsci de que una literatura con pretensiones de cambiar el mundo debería partir de los géneros populares para llegar a todo su público potencial. De ahí que no tarde en sumarse a la conversación el que para algunos es el gran espejo de las miserias sociales: la novela negra. Tras recordar que escritores comprometidos como la propia Sanz o Manuel Vázquez Montalbán la han cultivado, David Becerra subraya que el molde no garantiza nada: “Hay autores que hacen una lectura patológica —el asesino es un enfermo aislado— y otros que tratan de desvelar la violencia invisible del capitalismo”. Lorenzo Silva, uno de los más señalados autores españoles del género —acaba de publicar, con trama política de fondo, Los cuerpos extraños—, tiene una opinión parecida y, además, apunta que las novelas nacen con la limitación de serlo: en una ficción nadie se da por aludido. Para ilustrarlo, recurre a su propia experiencia. Tras una larga carrera buceando en el delito como novelista, la primera denuncia le llegó por un libro de reportajes sobre “criminales y policías”.

"La literatura no es para convencer a nadie, sino para hacer preguntas", afirma Sergio Ramírez

“””El escritor argentino Patricio Pron —del que estos días se publica el ensayo El libro tachado y la novela Nosotros caminamos en sueños, una corrosiva visión de la guerra de las Malvinas— abunda en esa pérdida de relevancia: “La literatura ya no es el idioma común de la experiencia social”. ¿Lo fue alguna vez? “Ahí está la influencia de Zola en los movimientos sociales del siglo XIX o el papel de Orwell en el XX. Incluso las novelas del boom se leyeron en clave política porque coincidieron con los sueños de una generación en América Latina”. Según Pron, es posible que ese idioma común no quepa ya en un mundo tan fragmentado como el actual, en el que la gente se divide según sus hábitos de consumo. Incluido el consumo de literatura. De haberlo, apunta, habría que buscarlo en otros ámbitos: el 15-M, las redes sociales. Con sus matices. En las asambleas a las que fue, cuenta, se tenía la sensación de que había “un lenguaje en construcción”. La tinta roja de Zizek. “Aunque a veces se partiera totalmente de cero y se discutiera la distinción entre ser humano y ciudadano”. ¿Y las redes sociales? “El futuro será peor de lo que imagino si sus códigos —brevedad, falta de doblez— se convierten en imperativo categórico, pero me temo que la literatura ya no es el laboratorio del lenguaje ni el repositorio de los sueños colectivos”.

Respecto al papel de la literatura social, Pron es contundente: toda literatura interviene en su época y toda crítica debe ser primero autocrítica. “¿Por qué deberíamos esperar un cuestionamiento eficaz de nuestros modos sociales de existencia por parte de una literatura sin interés en cuestionar sus propios modos sociales de existencia?”, se pregunta. En su opinión, no hay alternativa sin cuestionar la institución literaria, “reflejo de la institución política”. De ahí que prefiera los inclasificables trabajos de César Aira o Mario Bellatin frente a —“por hablar de cuatro buenos escritores”— los más explícitamente políticos de Ricardo Piglia u Horacio Castellanos Moya. A ello habría que añadir que la literatura trabaja “con otros plazos: si quieres intervenir en los asuntos de esta semana, llegas tarde; para eso está la prensa. El lector contemporáneo no necesita leer novelas para saber de la crisis. Muchos libros supuestamente críticos no son más que una estetización de problemas políticos”. ¿Estetización? “Sí, también hay una estética de la fealdad. Contar las cosas crudamente no es ser menos retórico”.

Patricio Pron insiste en que la literatura ha perdido relevancia, y el nicaragüense Sergio Ramírez explica que ése es el estadio más desconcertante para un escritor: “Donde el terreno es más difícil, es en aquellos países donde los regímenes autoritarios son indiferentes a la literatura porque no la consideran peligrosa. En una democracia la exploración en busca de temas es más ardua, porque ha perdido sus pretextos. Qué haríamos en América Latina sin corrupción institucional, sin autoritarismo iluminado, sin carteles de la droga…”. No es raro, pues, que en la charla que mantuvo con el israelí David Grossman en la última Feria del Libro de Guadalajara, Mario Vargas Llosa sostuviera que tanto en Latinoamérica como en Israel la idea de que escribir es una manera de influir mantiene su vigencia. Otra cosa es desde qué tribuna. Sergio Ramírez fue vicepresidente de Nicaragua con el Gobierno sandinista entre 1984 y 1990. ¿Después de pasar por el poder ha cambiado su idea sobre la capacidad de la literatura para mejorar la sociedad? “Ahora creo más firmemente que la literatura no es para convencer a nadie, sino para hacer preguntas”, dice. “Veo mejor el asunto cuando el escritor, desde la tribuna que le da la literatura, se expresa como ciudadano. La creencia de que el mundo puede ser cambiado desde los libros es una arrogancia. Mejor creer que el mundo debe ser interrogado desde los libros”.