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Festival Cannes 2014

El cine se vuelve vertical

El cineasta británico Ken Loach, en Cannes.

La película que se convierte en la experiencia de tu vida, esa historia jamás contada, ese enfoque dramático nunca visto, esa elipsis rompedora que obliga a reconfigurar el cerebro... Del Festival de Cannes siempre se esperan cosas así, y ayer se produjo uno de esos momentos. Cuando comenzó Mommy, quinta película del jovencísimo Xavier Dolan, de 25 años, hubo incluso algún espectador despistado que lanzó silbidos de aviso para reclamar que se habían equivocado en la relación de aspecto en la proyección. Pero no, Mommy está hecha en formato vertical, yendo de este modo aún más allá de lo que siempre se ha llamado formato cuadrado (el 1.37:1; el de Ida y El gran hotel Budapest, por ejemplo), quedando configurada la pantalla casi como una especie de enorme iPhone colocado en posición vertical.

El formato de ‘Mommy’ del joven canadiense Xavier Dolan, aprisiona

Ese momento, impagable, solo fue superado por un cambio en la relación de aspecto, exactamente a la hora y veinte de metraje, con el que se pasaba de ese vertical al habitual panorámico horizontal, fundiendo a la perfección el fondo y la forma de la historia, lo que provocó incluso aplausos del público en medio de la proyección. Eso sí, que el formato sea novedoso, y que haya que valorar el atrevimiento, casi insolencia, de este niño terrible del cine canadiense y mundial, no significa que la decisión, y la película que lleva dentro esa decisión, aglutinen una obra maestra, ni siquiera una gran película. Así, el formato obliga a Dolan a hacer malabarismos con la puesta en escena, y salvo en un puñado de momentos, los menos, donde la estética de la dimensión forma encuadres de una gran belleza, en el resto la planificación parece cojitranca. Y aunque sea cierto que Dolan juega a eso, a encerrar al protagonista en un encuadre que le aprisiona, aguantar dos horas y cuarto de gritos constantes en un formato no del todo estético acaba aprisionando. Y no al personaje, sino al que lo ve.

Regreso al territorio temático de su debut, Yo maté a mi madre, realizada a los 20 años, Mommy cuenta la relación entre la progenitora del título y su hijo adolescente: desbocado, chillón, profundamente violento y con tendencia a una cargante imbecilidad. Como en Los amores imaginarios y, sobre todo, Laurence Anyways, Dolan muestra su capacidad visual y su categoría para conjugarla con las músicas, pero, una vez más, al tratamiento temático le falta trascendencia real. Y aunque sorprenda también con un interesante elemento distópico, en torno a un futuro inmediato donde el Gobierno canadiense se haría cargo, por ley, de los adolescentes problemáticos, el subtexto parece desperdiciado más allá de una única secuencia.

Ken Loach presenta ‘Jimmy’s Hall’, y, como siempre, dispara con bala

Los títulos de crédito de Jimmy's Hall, nueva película de Ken Loach, son ya un catálogo de intenciones. Con música tradicional americana de fondo, a la imagen de la estatua de la Libertad le siguen algunos de los símbolos de la fusión entre capitalismo y clase trabajadora en Estados Unidos: los obreros de los grandes rascacielos construidos a principios del siglo XX, en el alambre entre el triunfo y la derrota. Tras ellas, fotos de la Gran Depresión, de las colas para recibir las cartillas de racionamiento, de la gente, quizá esos mismos obreros entre el cielo y el infierno, durmiendo en plena calle, entre cartones. Loach siempre dispara con bala. Y no puede tener más actualidad en esta época de depresión económica.

El filme del director británico tiene gran actualidad en esta época de crisis

Jimmy Gralton, el del título de la película, es un hombre tranquilo, como el John Wayne de la inmortal obra de John Ford, que vuelve a Irlanda, tras una década en la tierra de las oportunidades. Los primeros minutos de película son una especie de Innisfree ideologizado, pero pronto la historia deriva menos hacia la melancolía y más hacia la crítica de la intolerancia. Y la figura de Gralton, líder del partido comunista irlandés, le sirve a Loach una vez más para mostrar su maestría en las escenas de grupo, de discusión o de fiesta, donde la naturalidad con la que se mueve la cámara supone el mejor exponente de una bonita película de denuncia que, por una vez, tiende más hacia el aspecto cultural (la música) que hacia el político.

Mientras, en la sección Una cierta mirada se presentó La sal de la tierra, documental de Wim Wenders sobre la figura artística y humana del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, codirigido por el hijo de este, Juliano. Como un duelo de pistoleros armados de sendas cámaras, este fabuloso relato artístico, social, antropológico y etnográfico está guiado tanto por Wenders, siempre en off, como por el propio Salgado, tanto en off como en un poderoso primer plano mirando al objetivo, fotografiado con su propio estilo de luz. Como suele ocurrir con los documentales del director alemán (de Relámpago sobre el agua a The soul of a man, pasando por Buena Vista Social Club), sus piezas son un prodigio de manejo del tiempo secuencial y del plano.

‘La sal de la tierra’ de Wim Wenders aborda la figura de Sebastião Salgado

Wenders vuelve así a un festival que le proporcionó una Palma de Oro por París, Texas. De eso hace exactamente 30 años. Quizá dentro de otros 30 regrese por aquí Xavier Dolan, que para entonces será un cincuentón. Aunque esperemos que no sea con una película con forma de triángulo escaleno. 

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