La hora de la rumba catalana

El prestigioso sello londinense Soul Jazz publica una selección de sonidos gitanos.

El antólogo de la recopilación es David García, el Indio, baterista de Vetusta Morla

Una de las fotografías de Jacques Leonard incluidas en el libreto: El Babuna, gitano catalán, toca la guitarra en Toulousse en 1962.

Es el gran tesoro oculto de la música española: la rumba pop, especialmente la sabrosa variedad denominada rumba catalana, que conoció su esplendor comercial durante los sesenta y setenta. Sin embargo, en su país de origen, la rumba añeja está discográficamente desaparecida, aunque —con suerte— se puedan encontrar recopilaciones baratas de figuras como Peret, Bambino o Los Amaya.

De ahí la relevancia de The original rhythm of gipsy rhumba in Spain 1965-74, antología que publicó ayer Soul Jazz. La compañía londinense se especializa en reeditar reggae y soul, con aparato crítico. En su versión CD (también hay LP y edición digital), Gipsy rhumba incluye dos libritos que suman unas 60 páginas, con información sobre el género y los 20 temas seleccionados.

Atención: el diccionario de Oxford avisa que “gitano” debería escribirse “gypsy”. Aunque lo de “gipsy” también es correcto; aquí se pretende invocar la gran referencia universal para la rumba aflamencada, el grupo Gipsy Kings. Típicamente, fue la industria francesa la que intuyó el potencial de la rumba; las discográficas españolas se enteraron demasiado tarde y fueron incapaces de reaccionar.

En 2013 Txarli Brown trazó una biografía del género en 1.100 lanzamientos

Detrás de Gipsy rhumba, está David García, alías El Indio, baterista de la banda española de rock indie Vetusta Morla. Él viajó a Londres y convenció a Stuart Baker, jefe de Soul Jazz, de las explosivas virtudes de las grabaciones originales. En 1998, el sello británico Nascente publicó un recopilatorio preparado por el periodista John Armstrong, ¡Vaya rumba! Fiery rhythms from the heart of Catalonia, que indignó a los connoisseurs por mezclar la crema catalana con canciones de Los Del Río, El Fary o Manolo Escobar.

El Indio pertenece al clan de coleccionistas de vinilos rumberos, que coincidían pujando por las rarezas que se subastan en Internet. La cabeza visible es Txarly Brown, DJ y diseñador que nos asombró el pasado año con Achilibook (Editorial Milenio), la Biografía gráfica de la rumba en España 1961-1995, un catálogo visual que cubre 1.100 lanzamientos.

Maruja Garrido bailando en una boda del cine Verdi del barrio de Gracia. Barcelona, 1965.

Inicialmente, David intentó publicar la recopilación en España, en complicidad con las multinacionales. Estas, ay, ni comen ni dejan comer: para licenciar temas, exigen adelantos y regalías imposibles. Pero las multis tampoco estaban dispuestas a editar por su cuenta una antología comme il faut: todavía consideran la rumba como un subproducto. Y, mi sospecha particular, ni siquiera almacenan en sus archivos algunas de las grabaciones de las que teóricamente son propietarias. Pasaron seis años antes de que El Indio y Soul Jazz optaran por cortar el nudo gordiano y hablar directamente con los (maltratados) artistas.

Se trata de música festiva, fondo sonoro para la España del turismo y el desmelene

DJ Gufi, el autor de las copiosas notas de Gipsy rhumba, no se priva de señalar la paradoja: “Por poner un ejemplo, la EMI pagaba a Peret tres mil pesetas por single. En metálico, sin contratos ni royalties”. Atención: no es que fueran más escrupulosas las compañías barcelonesas Belter o Discophon, que originalmente registraron la mayoría de las piezas contenidas en Gipsy rhumba.

Para el no iniciado, puede suponer una conmoción escuchar las primeras rumbas a la catalana. Son grabaciones elementales, hechas entre deprisa y corriendo: guitarras, coros, palmas y —ocasionalmente— percusión y piano. Pero parecen alimentadas por una energía desconocida. Generalmente, se resuelven en dos minutos; el feroz Sarandonga, de Antonio González, dura 1.39. Estamos ante verdaderas máquinas de hacer ritmos irresistibles.

Portada del disco 'Gipsy Rhumba'.

Según avanzó el tiempo, entraron los arreglos: metales, órgano y curiosidades como la flauta moruna de Achilipú, éxito en 1969 para Dolores Vargas La Terremoto. Resulta muy evidente la mano rectora de compositores-productores como Juan Carlos Calderón, Felipe Campuzano o Alfonso Santisteban. El Indio reconoce que eso ayuda ahora a venderlo internacionalmente: “Todavía suenan bien en cualquier pista de baile”.

Esencialmente, se trata de música festiva, fondo sonoro para la España del turismo y el desmelene. No se detecta mucha voluntad artística; de hecho, prima el utilitarismo sobre la autoexpresión. Como señala DJ Gufi, muchas rumbas eran mutaciones de composiciones hispanoamericanas, esencialmente cubanas y puertorriqueñas. Eso explica sobresaltos como el Ché camino, de Maruja Garrido: un himno revolucionario al Che Guevara que, en 1968, pasó inadvertido por la censura franquista, seguramente concentrada en filtrar las letras de los cantautores.

Como señala DJ Gufi, muchas eran mutaciones de temas hispanoamericanos

Una de las novedades de Gipsy rhumba es la incorporación de muestras del trabajo de Jacques Leonard, fotógrafo francés que —casado con una gitana— vivió empotrado en la Barcelona rumbera. Según DJ Gufi, “las fotos de Leonard son hermosas (y técnicamente impecables) pero lo son aún más por la naturalidad con que los retratados aparecen frente a su cámara. La serie es prodigiosa desde el punto de vista etnográfico y documental pero además rezuma música. Están los protagonistas de esta historia en su entorno natural”.

Fiel a su carácter, Txarly Brown discrepa de algunas decisiones de Gipsy rhumba: “Lola Flores está sobrevalorada y es un escándalo la ausencia de Los Amaya, aunque aparezcan en la versión de Tequila, de Chango”. Pero uno imagina que se buscaba que Gipsy rhumba fuera compatible con otras recopilaciones realizadas para el mercado español, incluyendo las concebidas por el propio Brown. Ahora, lo que falta “es que venga el Ry Cooder de turno”. Varias generaciones de rumberos siguen en activo y un Buena Vista Social Club rumbero podría acabar con su falta de reconocimiento. Por soñar, que no quede.

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