OBITUARIO

Ana Santos Payán, la imaginación hecha edición

Al frente del sello El Gaviero apostó por las nuevas voces y por el diálogo entre literatura y arte

Ana Santos Payán, editora, en 2004. / FRANCISCO BONILLA

La muerte de los entusiastas deja un hueco insondable en aquellos que se beneficiaron de su entusiasmo. De ahí el estupor con el que se recibió el día 31 de marzo la noticia de la muerte, causada por un cáncer, de Ana Santos Payán. Tenía 41 años y hacía diez había fundado El Gaviero Ediciones junto a su marido, Pedro J. Miguel. Bajo los aventureros auspicios de Maqroll, el célebre personaje de Álvaro Mutis, la editorial echó a andar en febrero de 2004 con títulos de Julia Barella y Elena Medel en una tirada de, puro juego, 666 ejemplares. Fue en Almería, la ciudad a la que Ana y Pedro habían llegado en los años noventa desde Alcalá de Henares con su hija, la hoy escritora Luna Miguel. Fundar una editorial no fue su primera audacia. Antes, 1997, habían puesto en órbita las 20 entregas de Salamandria, una revista de “este sur” que consagraba cada número a un tema —el pelo, el huevo, la infancia, las hormigas—, colocaba en la misma conversación a escritores y artistas y se diseñaba desde cero con un formato distinto por extravagante que pareciera a priori: el último, dedicado al círculo, tenía forma circular.

Ese gusto por el libro como objeto y por el diálogo entre arte y literatura está también en la base de El Gaviero, un sello “bonsái” —el término es suyo— por cuyas colecciones han pasado escritores consagrados y por consagrar como Juan Antonio González Iglesias, Ana Gorría, Lorenzo Oliván, Alberto Santamaría, Pedro Casariego, Juan Bonilla, Antonio Portela, Raúl Quinto, Sofía Rhei o Estíbaliz Espinosa. Uno de sus últimos catálogos es un folio que incluye, junto a títulos y autores, las instrucciones para convertir esa hoja en barco de papel con vigía incluido. Puede que ese barco y la nómina que contiene sean, como suele decirse de los editores respecto a su catálogo, una buena biografía de Ana Santos Payán. Habría, sin embargo, que completarla con sus estudios de Historia, sus desvelos para promover exposiciones y festivales y con algo que no cabe en un currículum: una energía a prueba de abúlicos y una mente que no dejaba de imaginar proyectos sin pararse a pensar si cotizaban en la alta o en la baja cultura. Su pasión era, como se dice ahora, transversal. Así, con ese espíritu, lo mismo lanzaba tarjetas con poemas de ciencia ficción que una selección de poesía sobre La guerra de las galaxias. En los últimos meses, por ejemplo, había puesto en marcha una antología de versos inspirados en series de televisión. Su fe en la poesía era una forma depurada y arrolladora de fe en la vida, en el arte contaminado de vida. Con poco más de 40 años, tenía el entusiasmo de dos personas de 20. Por eso su desaparición deja un hueco gigante, doble.

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