María de Ávila, eslabón esencial del ballet clásico español del siglo XX

Maestra de varias generaciones, exdirectora de las diversas compañías estatales, la coreógrafa ha fallecido este jueves a los 94 años

María de Ávila interpretando las 'Goyescas' de Granados en el Liceo de Barcelona, hacia 1940. / NAVASA

La más importante figura del ballet clásico en España en el siglo XX y maestra de varias generaciones de bailarines y enseñantes, María de Ávila, ha muerto ayer al mediodía en su casa de Zaragoza a los 93 años; su nombre completo era María Dolores Gómez de Ávila.

Había nacido en Barcelona el 10 de abril de 1920 y comenzó sus estudios de ballet a los 9 años, poco después de la muerte de su padre, con la maestra Pauleta Pamiés en su estudio privado. Pamies era directora coreográfica en el Gran Teatro del Liceo, al poco tiempo ya le hacía alternar las clases de ballet y de danza española. María de Ávila llegó a primera figura del Gran Teatro del Liceo en 1939 y después fue su prima ballerina assoluta. Según su propio relato, fue su madre quien intuyó su vocación, pero su abuelo materno quien tomó la decisión de que la niña estudiara ballet. La maestra Pamiés murió cuando María contaba 17 años, y ya antes, a los 10 años, había debutado en las tablas del Liceo haciendo los esclavitos negros de la ópera Aída o como el niño en Lohengrin.

María de Ávila y Joan Magriñá, en 'Variante de bulerías' en el teatro del Liceo en 1940.

Su ingreso en el cuerpo de baile del Liceo se produjo cuando tenía 14 años. Dos años después, el estallido de la Guerra Civil sorprende a la primera bailarina del teatro en Nueva York y Pamiés decide sustituirla por la joven María de Ávila, confiando en su técnica y su valía. Durante la guerra, las funciones siguieron en el Teatro Tívoli, actuaciones por las que recibía 15 pesetas diarias. Contaba De Ávila que, entre bombardeos, siguió estudiando danza con Alexander Goudunov (un aventajado discípulo de Cecchetti y de la antigua escuela italiana) y también viajó después frecuentemente a Madrid para recibir instrucción de la Escuela Bolera de la maestra Julia Castelao, en la mítica escuela de la calle de la Encomienda.

Terminada la contienda, De Ávila se presenta a las audiciones realizadas en el Liceo por el empresario Juan Mestres Calvet y es contratada como primera bailarina. Su primer papel fue en Goyescas de Granados, aunque ya en el Tívoli había hecho la bailarina principal de los bailables de Aída. Ya en esta época forma pareja escénica en conciertos con Juan Magriñá, donde se alternaban los bailes españoles con los clásicos (aparecían frecuentemente en Las Sílfides de Fokin), existiendo memoria de sus boleros y de las míticas Seguidillas manchegas, así como El amor brujo (Falla) en la coreografía del propio Magriñá. María deja el Liceo en 1948, al casarse. Cinco meses antes, rechaza un contrato para ir a Norteamérica con los Ballets Rusos de Montecarlo en calidad de figura estelar. Después aún hizo una gira con los Ballets de Barcelona (que no llegaron a durar una temporada), con su hija de apenas un año.

Entonces colgó las zapatillas para siempre y empezó a fraguarse la gran tarea para la que estaba reservada y que la sitúa definitivamente en la historia del arte español: a los cuatro años de vivir ya en Zaragoza, abriendo la primera escuela en la Calle del Coso 15, un pequeño local anejo a un cine. Una de sus primeras discípulas, Ana María Gorriz, fue después solista del Ballet del Marqués de Cuevas y primera figura del Winnipeg Ballet (Canadá). María retomó todo que sabía de cuando ayudaba en la didáctica a la maestra Pamiés, ya muy anciana, y el 20 de abril de 1956 hace su primer festival de fin de curso en el Teatro Argensola, una tradición que dura hasta hoy y siguieron después otras escuelas. En 1976, el estudio se traslada a la calle Francisco de Vitoria, 25 (donde aún hoy funciona en las manos de su hija, Lolita de Ávila), pero antes ya habían salido de allí hacia grandes carreras internacionales Víctor Ullate, Carmen Roche, Ana Laguna, Nazaret Panadero, María Jesús Guerrero, a los que siguió otra generación brillante con Trinidad Sevillano, Antonio Castilla y Arantxa Argüelles, llegando hasta Gonzalo García, actualmente primera figura del New York City Ballet. En varias partes del mundo se preguntaban dónde estaba el método, la fórmula de esta maestra solitaria y tenaz capaz de forjar estrellas.

María de Ávila fundó en 1982 el Ballet Clásico de Zaragoza, de dependencia municipal (esta compañía fue después borrada del mapa) y posteriormente el Joven Ballet María de Ávila en 1989, iniciativa privada donde aún una nueva generación de artistas pudo emerger. En 1983 fue nombrada directora artística de los ballets estatales: Ballet Nacional de España (sustituyendo a Antonio Ruiz Soler) y Ballet Nacional Clásico (sustituyendo a su antiguo discípulo Ullate), refundidos en una gran agrupación, y cuya etapa se reconoce como la más fructífera y positiva en ambas ramas del arte de la danza española, y donde permanece hasta 1986-1987; de este período datan creaciones que aún son la base del repertorio español, como Medea, Danza y Tronío y Ritmos. La sección clásica hizo entonces Serenade de Balanchine, Jardín de Lilas de Tudor y el segundo acto de El lago de los cisnes. Pero al poco tiempo María de Ávila encontró un férreo rechazo de un grupo de bailarines y de los sindicatos, que lucharon contra ella y sus proyectos, contra la disciplina y la organicidad de los conjuntos, de modo que, tras dejar la dirección del ballet, a principios de 1987 regresa a Zaragoza a la muy encomiable rutina diaria de sus legendarias clases de ballet. Había procurado a ambas agrupaciones sus primeras importantes giras internacionales, el codeo con invitados prestigiosos y la idea de buscar una identidad y estética propias.

Poseedora de múltiples distinciones académicas, María de Ávila estaba reconocida mundialmente como una de las grandes maestras de ballet de la vieja escuela europea que reunía los métodos de las antiguas escolásticas italiana, rusa y francesa; tenía fama de ser dura en la clase y fuera de ella, entendía el ballet de una manera casi religiosa, de entrega total y sin reservas. Puede hablarse de sus “nietos estéticos” en los bailarines de hoy formados por Ullate o Roche, entre otros maestros salidos de su tabloncillo: el virtuosismo sigue siendo el sello genético.

Ávila tenía la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, la Medalla de Oro de las Bellas Artes y la del Círculo de Bellas Artes de Madrid y el Conservatorio Superior de Danza de la capital lleva su nombre. En 2013 toda su trayectoria fue reconocida en con el Premio Internacional a la Carrera Artística del festival Internacional de Ballet de Miami.

Aunque hizo suya la frase de Serge Lifar: “Si puedes vivir sin bailar, no bailes”, María de Ávila vivió siempre por y para la danza a través de una realización magnífica, sus discípulos.

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