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Mapamundi Arco

La bajada del IVA, la presencia de coleccionistas extranjeros y la voluntad de instituciones públicas auguran una buena edición de Arco

La feria nos permite viajar por las obras de los creadores más aceptados por el mercado

'Elizabeth' (2012) de Alex Katz.

Si hay un termómetro que presagia el comportamiento de Arco desde hace bastantes años es Helga de Alvear. Si la galerista y coleccionista está triste, malo; si no va al programa general de la feria (como ocurrió en 2010), horroroso, y si está contenta… Bueno, si se muestra alegre, Arco pinta bien. “¡Por fin voy a poder comprar a las galerías españolas!”, exclama. La bajada del IVA del arte —cuya letra pequeña ha mitigado la euforia inicial en el sector— le da motivos para transmitir unas noticias que sus colegas galeristas recibirán con la misma esperanza que se escucha la sirena de una ambulancia en un accidente. Sin embargo, Helga de Alvear tiene fama de verso suelto y surgen las dudas.

Desde la llegada en 2010 de Carlos Urroz a la dirección de la feria, Arco ha fiado su presente y su futuro a la capacidad de atracción de coleccionistas extranjeros, sobre todo latinoamericanos. Idéntica estrategia que la pujante Zona Maco (México) o la poderosa Art Basel Miami. Sintiendo el aliento en la nuca, la feria madrileña ha añadido a su exposición de motivos una nueva estrategia. “Arco es un lugar donde coleccionistas, comisarios y directores de museos pueden descubrir artistas”, asegura Carlos Urroz. Un asidero más para una feria que tal vez pueda vivir su mejor edición de los últimos dos o tres años. El IVA del arte baja. Pasa, por término medio, del 21% al 15,5%. Un respiro para las galerías y los coleccionistas españoles. Además, la organización ha invitado a unos trescientos potenciales compradores, y algunas instituciones, como el Museo Reina Sofía, pasarán por caja. Los astros se alinean. ¿Será suficiente?

La calidad de una feria la dan las galerías que participan y hace años que los nombres punteros del arte contemporáneo no vienen a Arco. Nadie espera a Marian Goodman, David Zwirner, Barbara Gladstone, Metro Pictures, Gagosian o White Cube. “Las grandes galerías no están y es una batalla perdida en un futuro inmediato”, reconoce Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía. Entonces, ¿se agota la fórmula Arco? Tal vez la palabra no sea “agotamiento” sino “evolución”. La competencia exige evolucionar continuamente sobre todo si recordamos que cada 15 días se celebra una feria de arte en algún lugar del mundo. “Arco debe ser un espacio de encuentro y de búsqueda de propuestas alternativas. A largo plazo puede ser bueno para que regrese un cierto tipo de coleccionista”, propone Borja-Villel. A fin de cuentas, Arco ha de ser capaz de crear un arquetipo de comprador propio y un modelo de feria único. Es la baza de su subsistencia. Su lugar en el mundo.

Arco ha de ser capaz

de crear un arquetipo

de comprador propio y un modelo de feria único. Es la baza de su subsistencia

Pero el tiempo es una amenaza. Por eso habría que recordar el arranque de la novela Menos que cero, de Bret Easton Ellis: “A la gente le da miedo mezclarse con la circulación de las autopistas de Los Ángeles”. Y combinarlo con las palabras del responsable del Reina Sofía: “En la sociedad, en general, hay una tendencia a ser igual que los demás. Como si se temiera a lo diferente, la mezcla. Y en el arte también vemos esa homogeneización. Nombres que se repiten constantemente. Y esos nombres se hallan muy ligados al mercado”.

Sin embargo, entendida la feria como un espacio, sobre todo, de comercio, estas páginas son un pequeño mapamundi de los artistas presentes en Arco que respalda el mercado. Pero a la vez también cartografían algunos creadores que representan la diferencia. Otras autopistas por las que viajar. Otros ámbitos.

“Reservo la mejor pieza de cada exposición que hago a lo largo de la temporada y la llevo a la feria”. Esta es la estrategia de Mira Bernabéu, director de la galería valenciana espaivisor. En su estand, obra de Lotty Rosenfeld, Tomislav Gotovac, Sanja Ivekovic y el siempre potente trabajo de Nil Yalter, con su serie fotográfica Algerien Marriage in Dreu. France, 1977, que se vende por 80.000 euros. Otra galería donde también prima lo conceptual y lo sociopolítico, la barcelonesa Project SD, apuesta por una horquilla de precios amplia. Desde los 850 euros de una edición de Dora García a los 24.000 euros por una pintura de gran formato del belga Pieter Vermeersch. A medio camino muestra un políptico de 12 piezas sobre papel de Patricia Dauder (16.000 euros). “Espero acertar con el estand”, apunta su directora Silvia Dauder. Porque una feria tiene mucho de azar. Aun así, “hay que ser lo más ambicioso posible con el nivel de las galerías y los coleccionistas”, analiza Gloria Pérez, de Joan Prats. Este año, en su banda alta de precios y de mercado, Juan Uslé y Julião Sarmento (60.000 euros).

Al fin y al cabo, “es tiempo de ir con todo. Trabajos potentes, pesos pesados y grandes firmas”. Fer Francés, director de Javier López, dispara la frase. Lleva solo dos meses al frente de la galería —antes trabajó en la todopoderosa David Zwirner— y en su estreno trae a Madrid una tela de tres metros de David Salle (cuyos últimos resultados en subasta combinan la cal y la arena), los leds superventas de Jenny Holzer y la pintura plana de Alex Katz (500.000 euros).

Todo en busca de captar la atención de un coleccionista que no tiene un único rostro, por “eso es una feria tan especial”, apunta Jean Frémon, presidente de la galería Lelong. “En los primeros días llegan sobre todo los clientes internacionales de América Latina, Alemania o Turquía”, dice. “También hay coleccionistas privados, con sus propios museos, que compran piezas históricas”. Con esa mirada destaca un papel (Black Column, 2013) de David Nash (15.300 euros) y una técnica mixta (Quadrat retallat, 2004) firmada por Antoni Tàpies (36.000 euros).

En este viaje por la feria, hay, al menos, tres galerías españolas que imponen su pegada en la línea que une artistas y éxito de mercado. La catalana Marc Domènech apabulla con grandes nombres de las vanguardias y el arte moderno: Léger, Lichtenstein, Dalí, Giacomo Balla, Matisse, Paul Klee, Picasso, André Masson, Miró. Un estand que mira, sobre todo por precio, al cliente extranjero. “La calidad siempre es la mejor estrategia”, aseguran. Mientras, una imprescindible de Arco, Elvira González (quien no facilita los precios de las obras), responde con Barceló (Dogón II, 2008), Calder (Huit Rondelles Rouges, 1971), John Chamberlain, Donald Judd, Olafur Eliasson, Josef Albers y Lee Ufan. El artista coreano ha aumentado su cotización y el interés por su trabajo tras la retrospectiva de 2011 en el neoyorquino Guggenheim. Ejemplo claro del efecto arrastre que ciertos museos tienen en la valoración de los artistas. Al fondo, Guillermo de Osma añade gasolina al fuego de los precios con un estand que se mueve entre 1.500 y 300.000 euros y que se basa en artistas históricos como Richard Serra, Manuel Millares, Juan Gris, Óscar Domínguez, Miró o Joaquín Torres-García junto a la muy de moda Mira Schendel. Guillermo de Osma, su director, suma a las llamas el optimismo: “El coleccionista español se ilusiona con Arco”, sostiene.

Hace falta ilusión, pero también fe, esperanza y caridad. Las tres virtudes teologales. Fe en que los coleccionistas extranjeros comprarán, esperanza en que la reducción del IVA (aunque limitada) ayudará y caridad (bien entendida) en la respuesta de las instituciones públicas. En los dos últimos años, el Reina Sofía ha comprado obra de artistas que se pueden encontrar este año en la feria y a quienes respalda el mercado. Puede ser una pista. Apunten. Pablo Palazuelo (Temps Blanc, óleo sobre lienzo, adquirido por 230.000 euros), Matt Mullican (Untitled, instalación, 75.000 euros), Mario Merz (Fibonacci Napoli, 10 fotografías y neón, 400.000 euros), Nancy Spero (Bomb Shitting, aguada y tinta sobre papel, 44.668 euros) y Heimo Zobernig (sin título, 181.500 euros).

Esta es una estrategia; otra, la más recomendable, es seguir el criterio propio y fijarse en galerías con un programa sólido. La berlinesa Crone llega con un estand que se reparten Rosemarie Trockel (cuyos remates en subasta subieron bastante el año pasado) y Hanne Darboven. El imprescindible trabajo de esta última, comisariado por João Fernandes, subdirector del Reina Sofía, podrá verse a partir del 26 marzo en el museo público. De Alemania también procede la voz de la galería Grässlin, su directora, Bärbel Grässlin, cree que los precios que alcanzan en subasta Markus Oehlen y Heimo Zobernig “confirman su calidad”. De ambos trae pintura. ¿Cifras? 59.000 y 44.000 euros, respectivamente. De Imi Knoebel, otro de los favoritos del mercado, ofrece un acrílico sobre aluminio (Bild 25.10.2013) valorado en 130.000 euros.

La cuestión no es solo si vendes o no, el problema es cómo afecta a tu trabajo si vendes mucho y muy caro

Por su parte, Thomas Schulte, una presencia fija desde hace años en la feria, acude, entre otros, con tres autores que gustan al mainstream. Richard Deacon abre el fuego con una escultura de acero (Something Else Happens, 2013) valorada en 45.000 euros, le sigue Jonathan Lasker, que muestra un óleo (The Handicapper’s Faith, 2011) tasado en 200.000 dólares (148.000 euros) y cierra el vértice la visión política del chileno Alfredo Jaar (quien también está presente en Oliva Arauna) con una caja de luz de gran formato (245×245×18 centímetros) titulada Milan, 1946: Lucio Fontana visits his studio on his return from Argentina, 2013. El precio hay que pedirlo directamente a la galería.

Pero no todo es cuestión de dinero en Arco, sino también de tiempo. Chantal Crousel acude a la feria desde el comienzo y la ha visto “crecer en interés y audiencia”, asegura. Esta edición llega con un estand dedicado a José María Sicilia, un artista con más respaldo de ventas (aunque sus precios en subasta sufren mucho) que aprecio crítico. Aun así Crousel cuenta en su programa con creadores (Isa Genzken, Danh Vo, Mona Hatoum, Gabriel Orozco) que se defienden muy bien en el mercado primario y en las subastas. “Solo podemos esperar que los artistas sean lo suficientemente fuertes para resistir esta presión [del segundo mercado] y que no aumenten su producción o creen trabajos sin necesidad”, observa Crousel.

Sin embargo los creadores, sobre todo los más jóvenes, parecen tener claro cómo manejar la tensión. “No sigo las subastas, ni me interesan ni pienso que afecten a mi carrera. El mercado puede afectar a las ventas de las obras que produzca, al número de exposiciones a las que me inviten o al interés que mi trabajo genere en la industria del arte. Pero no creo que mi carrera se defina, ni quede representada, en esos términos”, describe Paloma Polo, el único representante español en el programa general de la última Bienal de Venecia y cuyo trabajo muestra la galería Parra & Romero. Junto a Polo, el estand recoge obras (de 10.000 a 50.000 euros) de Rosa Barba, David Lamelas y Luis Camnitzer. Todos con buen encaje entre los coleccionistas y las instituciones.

Tampoco la artista polaca Maria Loboda —quien ha participado en la pasada Documenta de Kassel— mira con desconfianza al mercado, aunque advierte de sus efectos. “La cuestión no es solo si vendes o no, el problema es cómo afecta a tu trabajo si vendes mucho y muy caro”. Y avisa: “El exceso de producción puede sobrecargar con facilidad tanto a uno mismo como al público y además corres el peligro de terminar repitiéndote porque sabes que un cierto estilo generará dinero”. Lo sintetiza Pablo Flórez, de la galería Heinrich Ehrhardt, “se trata de trabajar con artistas, no de venderlos de mala manera o ganar dinero con ellos a costa de cualquier otro tema”. Una buena advertencia frente a la especulación que sufren los trabajos de creadores muy jóvenes como Jacob Kassay (Polígrafa trae litografías por 3.900 euros), Óscar Murillo, Rashid Johnson, Nate Lowman o Alex Hubbard.

Al fin y al cabo, “comprar o vender en subasta es como ir al casino, con la desventaja de que si pierdes, es decir, si la obra no se vende, queda señalada para una buena temporada. La venta privada es diferente, se llega a un acuerdo de precio y si se vende, bien para ambas partes; en caso contrario, no has quemado la pieza”, resume Paloma Martín Llopis, uno de los directores de la neoyorquina Edward Tyler Nahem. La galería maneja un fondo que va de Basquiat a Willem De Kooning.

Pero en Arco también hay artistas que si todavía no son sin duda serán. João Maria Gusmão y Pedro Paiva (Fonseca Macedo-Arte Contemporáneo y Graça Brandão) encajan ahí. Este dúo portugués crece en apoyo crítico (en junio estarán en el centro milanés HangarBicocca, cuyo director artístico es Vicente Todolí) y de mercado. ¿Precios? 8.000 euros las fotografías y 13.000 los vídeos. Esta es una voz entre otras mil. También hay que escuchar a Armando Andrade Tudela y Mario García Torres (Elba Benítez), Teresa S. Abboud (Formato Cómodo), Adrià Julia y Tracey Rose (Dan Gunn), Jerónimo Elespe (Ivorypress), Laida Lertxundi (Marta Cervera), David Claerbout (Micheline Szwajcer), Itziar Okáriz (Moisés Pérez de Albéniz), Iñaki Bonillas (Niels Borch Jensen Gallery), Néstor Sanmiguel Diest (Maisterravalbuena), Enrique Radigales (The Goma)… Consagrados, emergentes, noveles, con aceptación del mercado o sin ella; da igual, los artistas que participan en Arco demuestran que la cultura y el arte contemporáneo en España, no es, por mucho que algunos se empeñen en que sea así, la piltrafa que el tablajero arroja al muladar. Viajen por la feria. Mézclense con la circulación del arte. Disfruten del mercado; y también de las diferencias.

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