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La felicidad de Manu

Fue un viajero indómito y un hombre indómito de insólita simpatía.

Manuel Leguineche.
Manuel Leguineche.

Después de trotar por el mundo, y de darle literalmente la vuelta al mundo, Manu Leguineche halló la felicidad de la tierra lejos del País Vasco, donde nació, y se asentó como un nómada ya tranquilo entre los prados agrestes de Guadalajara, hasta que recaló en Brihuega en una especie de castillo que llenó de periódicos y de amigos. Hasta que se fue apagando. Hasta que se apagó del todo, cerca de su casa madrileña, situada como si enfilara una carretera.

Fue un viajero indómito y un hombre indómito de insólita simpatía. Sus fiestas, cuando las hubo, eran abiertas para todo el mundo; su vino era de todo el mundo, sus mesas eran para todo el mundo. Nunca lo vi cicatero, ni envidioso, aunque dio más de lo que le dimos. Abrió agencias, regaló contactos, compartió libros, dio trabajo, cobró por sus libros (al menos los que yo le edité) como a regañadientes, como si su felicidad (que era una palabra tan suya) consistiera, tan solo, en haberlos vivido para escribirlos, en verlos luego envueltos en las cubiertas que siempre le parecían bien.

Ese regreso a la tierra, es decir, a la tierra firme, no supuso ni mucho menos la jubilación del reportero; a él lo retiró tan solo la mala salud, que poco a poco fue haciendo agujeros en su cuerpo hasta que lo destruyó del todo. Mientras tanto, cuidado por su hermana Rosa, una hermana abnegada y ejemplar, y por su hermano Benigno, que volvía de donde estuviera para seguirle el rastro, para darle su humor, su conversación y sus pimientos de Guernica, se fue apagando también su ánimo; sin embargo, como era tan privado y tan especial, reservaba para las visitas, mientras las pudo recibir, la mejor comida, los mejores vinos, el placer cada vez más mitigado y secreto de su sonrisa.

Era un hombre bueno Manu Leguineche; de esta tribu (él escribió mucho sobre esta tribu, de la que era un santo patrón) es quizá el más noble ejemplar que yo he conocido, pues habiendo sido reverenciado y premiado como el mejor reportero de su tiempo, jamás tuvo de ello vanagloria y además ayudó a otros a parecer mejores que él. Era su manera de dar trabajo; a la vez que un reportero que iba por ahí por su cuenta y riesgo, sin preguntar por donde se iba a Vietnam o al infierno, ejercía también de viejo redactor jefe, de la clase de los que animan a los que tiene a sus órdenes a vivir las aventuras que él soñaba.

Un aventurero. Sus libros son de un aventurero; el que más felicidad le dio, sin embargo, era precisamente el del regreso a la tierra, el que lo hizo ya aquel escriba sentado que viajaba tan solo imaginando viejos viajes. Ese libro fue La felicidad de la tierra, una especie de dietario que fue construyendo poco a poco mientras disfrutaba, a su modo de ermitaño radical, de los trinos de los pájaros, de las triquiñuelas de los perros, de la soledad espartana que rodeaba sus casas y sus campos, sus zonas de cacería y sus lugares de comer y de beber, que eran también sus reposos de guerrero.

Al final de su vida estaba apenado por el porvenir del oficio. Cuando aún hablaba, a duras penas, y mantenía los ojos abiertos y curiosos, risueño cuando se le hablaba del fútbol de su Athletic, ante una fuente de chuletas de cordero a las que nunca le podían faltar los pimientos de su tierra, estuvimos hablando un rato sobre el porvenir del oficio al que dedicó su vida. “El periodismo ya no es lo que era”, me dijo.

Hace cinco años de eso; estábamos allí otros amigos, él hizo el esfuerzo de recibirnos en su casa de Brihuega, atendió algunas preguntas y todo el rato hacía con la mano esa señal tan suya para quitarse importancia, para quitarle importancia a sus opiniones y a sus trayectorias. Él había estado en la guerra de Vietnam, había pateado la América de las revoluciones, había buscado (con Jesús Torbado) a los topos escondidos de la guerra civil. Ahí él no quería revivir memorias, sino hablar, recibir a los que estábamos alrededor. Mi compañero Juan Jesús Aznarez le fue a ver también para una serie de EL PAÍS, Consagrados y novatos, y lo puso a hablar con un joven amigo del veterano, Raúl Conde. Ahí este chico, que entonces (2007) tenía 26 años, dio con una definición perfecta de la época que personificaba el maestro: “Creo que el periodismo de su generación es más de calle que de Redacción, y quizá los jóvenes pecamos de estar demasiado apegados a la Redacción y no salir tanto a la calle”.

Él sólo se apegó a la tierra; desde ahí, desde aquel retiro que fue su felicidad, veía discurrir el tiempo en contra del periodismo. Le dijo a Aznárez en ese encuentro: “No dejemos pasar algo fundamental: los jóvenes no leen los periódicos, ese me parece un tema gravísimo”. Él había hecho periodismo todo el tiempo, y cuando ya sólo hacía crónica desde su atalaya terrestre, también usaba los datos, los contrastaba, rebuscaba en el archivo de su memoria y en esas pilas de papeles que eran como un castillo dentro de su castillo. Un periodista todo el rato, un sentimental del periodismo, si se puede decir eso de un oficio que tantas veces parece el oficio más bello del mundo ennegrecido por el cinismo.

En esa última conversación larga que tuvimos le hizo fotos Luis Magán; se tocó con uno de sus sombreros, le dedicó al fotógrafo la sonrisa tan de Manu, y venció su melancolía, que era como una maldita sombra hundiendo la tierra que pisaba. En ese momento íbamos a hablar del oficio y él me dijo, como hablaba Manu: “El oficio está jodido, Juanito”.

De vez en cuando íbamos a verle; a veces su hermana lo situaba ante un farallón bellísimo de hojas verdes que se movían junto al patio grande que había detrás de su casa; se movían las ramas, él estaba abrigado, sobre su silla de ruedas, quieto, y sonreía. Su tesoro fue siempre la amistad, era el tímido con más amigos del mundo, se reía como si temiera molestar, y si hubiera sido por él hubiera desaparecido mil veces antes de hacer muchas de las cosas que hizo. Pero luego las hacía, era un guerrillero que combatía contra su timidez y a favor de un Manu que llevaba dentro, el Manu del periodismo.

--¿Y por qué quisiste ser periodista?, le pregunté.

--No hubiera sabido hacer otra cosa. Tengo un sobrino que me lo preguntaba. Él es un mileurista, yo era entonces más que un mileurista. Después ya tuve que superar la vergüenza, y seguí con el fútbol. Entrevisté a todos los que venían a Bilbao: Puskas, Di Stéfano, Zagalo. ¡Una pasión!

--Serás del Athletic…

--¡Hasta la muerte! Que estará próxima…

Ha pasado el tiempo; siempre temimos sus amigos, sus hermanos, su gente, que se produjera esta noticia. Es difícil contar por qué queríamos tanto a Manu; una respuesta tengo: porque nos hacía felices. Él se guardaba su malhumor, su nostalgia, sus cabreos; probablemente luego los sacaría de su alma, pero mientras estábamos con él nos daba tanto amor como el que le dio a él la tierra feliz en la que escribió una prosa devota y llena de melancolía.

La última pregunta que le hice aquel día era sobre la melancolía, un argumento tan íntimo suyo. Escribir ayuda a ordenar la melancolía, le dije. Y él me explicó: “Y a ordenar el mundo… A mi me ha servido para conocerme mejor, conocer el mundo para conocerte a ti mismo. Y ahora, pasado el tiempo, lo que me cuenta cómo soy es el mundo que veo al lado, este pequeño mundo al que he regresado como si quisiera, otra vez, estar más cerca de mi”.

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