Los etruscos conquistan el Louvre

La sucursal del museo parisiense en Lens celebra su aniversario con una gran exposición sobre la desaparecida civilización

Sarcófago de terracota (520-510 a. C.). / Fuzeau Philippe

A ver si es posible centrar el contexto de la extraña exposición —extraña y conmovedora a la vez— que sobre la cultura etrusca y la que fuera una de sus joyas, la ciudad-Estado de Cerveteri, inauguran hoy con más de 400 piezas los responsables del Louvre-Lens, la primera sucursal del museo más importante del mundo inaugurada hace justo un año.

Dos arquitectos-estrella japoneses de la transvanguardia (Sejima y Nishizawa) erigen sobre unas antiguas minas de carbón y junto a un caduco estadio de fútbol —más allá de eso, la nada, o casi— un edificio de cristal y aluminio que serpentea como una culebra de agua entre los campos del norte de Francia. Del pobre, brumoso, plagado de paro e industrialmente reconvertido norte de Francia. Un francés tataranieto de españoles que dirige el mencionado museo más importante del mundo, y que en breve cortará la cinta inaugural de otra sucursal en el lejano Oriente (Abu Dabi), decide alojar entre estas paredes, aquí, en los campos y sobre las minas, por espacio de tres meses, los rescoldos de una civilización perdida. Y 900.000 almas sirven de argumento para que todo esto ocurra, ya que fueron eso, 900.000 visitantes, los que colapsaron las salas del Louvre-Lens durante su primer año de vida.

Son las consecuencias de los nuevos contextos, escenarios y condicionantes del mundo del arte y, más concretamente, del mundo de los museos, abocados en tiempos de crisis de dinero y de ideas como los que corren a un ejercicio de voluntarismo cultural, político y financiero digno de Sísifo, aquel buen mozo empeñado en subir una y otra vez la piedra por la cuesta aunque esta se viniera abajo todo el tiempo.

Dicho lo cual, la primera exposición arqueológica del Louvre-Lens es extraordinaria. Harán bien en acercarse a ella los interesados en la génesis, desarrollo, esplendor y ocaso del mundo antiguo y más específicamente en las viejas civilizaciones mediterráneas. Lens está a una hora de la Gare du Nord de París en tren de alta velocidad. Claro que también puede quedarse en la capital y acercarse al Museo Maillol, donde ahora mismo hay otra exposición sobre los etruscos, decididamente los grandes protagonistas de este otoño-invierno.

La antigua Cerveteri es hoy una ciudad de 36.000 habitantes a 45 kilómetros de Roma sin más balizas de referencia que la semioculta necrópolis de Banditaccia, conjunto declarado como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y uno de los ejes de esta exposición de Lens (“es increíble, esta joya de la arqueología universal está a 20 minutos de Roma, pero la gente no lo sabe”, exclama Laurent Haumesser, uno de los comisarios de la muestra). Pero Cerveteri fue durante todo un milenio, aproximadamente entre el 1000 antes de Cristo y el siglo I de nuestra era, cuna de una de las más refinadas, ambiciosas y potentadas civilizaciones mediterráneas. La exposición Los etruscos y el Mediteráneo. La ciudad de Cerveteri, coorganizada por el Louvre-Lens y por el Palacio de Exposiciones de Roma (a donde viajará en marzo), establece un relato ininterrumpido de 10 siglos para explicar cómo eran aquellos hombres y mujeres que se sintieron seducidos por la estética griega y que fueron conquistados y borrados de la historia por las legiones romanas.

Tumbas, santuarios, mansiones, ofrendas, guerras, lapidaciones, banquetes, vino y perfume, armas y muerte… todo sirve en estos casi 2.000 metros cuadrados de exposición para resucitar la idiosincrasia de estos pobladores del viejo Mare Nostrum (se asentaron en lo que hoy sería la Toscana italiana), fascinados por igual ante el poderío cultural y militar de la antigua Grecia y ante las mil y una noches de Oriente. El conjunto demuestra la furia importadora de belleza expresada por los príncipes etruscos, que lo traían todo de todas partes para demostrar al mundo que lo querían todo… porque se lo podían permitir gracias al intensivo comercio con griegos y fenicios del que se beneficiaron sobre todo desde su puerto marítimo de Pyrgi. Una de las aristocracias más potentes del Mediterráneo.

Más proclives a los héroes que a los dioses y a las leyendas y mitologías que a los rezos de reclinatorio (donde estén Ulises y Medea que se quiten los textos sagrados, parecieron querernos decir), los hijos de Cerveteri tuvieron tiempo para todo tipo de refinamientos —1.000 años dan para mucho—, pero no rechazaron el olor de la sangre. Les gustaban las ánforas repletas de vino, los jarrones ricamente decorados, los buenos ropajes y las mejores moradas, pero también les gustaba el jaleo guerrero. Y poca broma: lapidaban a sus enemigos. Así que el conjunto de obras expuesto en Lens lo mismo abre los ojos del visitante al sobrecogedor Sarcófago de los esposos (estrella del Departamento de Antigüedades Griegas, Etruscas y Romanas del Louvre, recién restaurado por el equipo de conservadores del Louvre-Lens), a la Tumba de los cinco asientos o a las Plañideras de Cerveteri (picassianas de arriba abajo) que a capítulos como la masacre de los prisioneros foceanos empeñados en instalarse en Córcega. Pues buenos eran ellos. Buenos eran los etruscos.

Cuando la cultura mueve dinero

Exterior del Louvre-Lens. / PHILIPPE HUGUEN (AFP)

Ya es hora de que los grandes museos hagan relatos diferentes, que pongan en marcha formas de contar el arte a otros públicos, a gente no necesariamente ligada al arte”. Son palabras de Jean-Claude Martinez, francés tataranieto de valenciana y almeriense y director del Museo del Louvre, es decir, uno de los puestos clave en lo que a la grandeur cultural de Francia se refiere, y también en lo que atañe al mensaje que sobre la importancia de las artes no solo como conjunto de bienes del espíritu sino también como potencial motor cultural y social vienen lanzando desde hace décadas los que mandan en este país.

La exposición sobre la cultura etrusca es solo un nuevo capítulo de la joven historia del Louvre-Lens, la primera sucursal del museo. Una sucursal pensada en su día por un presidente de la República (Jacques Chirac) e inaugurada hace un año por otro (François Hollande), pero inspirada sin disimulo en el bilbaíno efecto Guggenheim. Todo un reto, superado de momento con esa cifra espectacular de 900.000 visitantes en el primer ejercicio, cuando las previsiones más optimistas hablaban de 700.000 (y una previsión futura de 500.000 al año).

Louvre-Lens y su fascinante Galería del Tiempo —un recorrido en 205 obras por la Historia del Arte— no es solo un asunto cultural, si bien estamos ante una narración absolutamente vanguardista en la presentación, capaz de alternar un bajorrelieve asirio con una talla medieval que una alfombra persa con una pintura de Rafael (como es el caso, pues el Autorretrato con un amigo del maestro Sanzio acaba de incorporarse a la colección, renovada en un 15% cada año).

El hermano pequeño del Louvre ha venido a curar en cierta forma las heridas de la vieja zona minera de Lens-Lieuvin, y de paso las de una de las regiones económicamente más deprimidas de Francia: la del Norte-Paso de Calais. Víctima de la reconversión industrial, la región empieza a respirar gracias a este balón de oxígeno que ha generado 400 empleos y que ha llevado a The New York Times a incluir a Lens en su Top 50 de los lugares que hay que visitar en Europa. De paso, hoteles, bares, restaurantes y comercios de un lugar tradicionalmente inexistente para el turismo han recuperado la ilusión. Entre 2017 y 2018, la construcción de una Zona de Reservas del Louvre junto al Louvre-Lens debería permitir que 220.000 obras de arte de todas las épocas procedentes de la casa-madre descansen en Lens y accedan a ellas los investigadores.

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