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Traumas de la historia polaca

El intelectual y antiguo disidente polaco Adam Michnik repasa en una colección de ensayos los logros y tropiezos de su país

El fundador del sindicato Solidaridad y expresidente polaco Lech Walesa, en 1989.
El fundador del sindicato Solidaridad y expresidente polaco Lech Walesa, en 1989. reuters

Cuenta Adam Michnik, de 67 años, que durante una visita a la Universidad de Columbia, en Nueva York, se le acercó un profesor que hablaba muy bien polaco. Cuando le dijo que se apellidaba Welisz, Michnik se dio cuenta de que era el mismo apellido que encontró escrito en la puerta de la que hoy es su casa, a la que se mudó con sus padres cuando era pequeño. Así descubrió, muy lejos de Polonia y mucho tiempo después, el pasado de su casa: “Los alemanes se la habían quitado a la familia de este profesor judío, los comunistas se la confiscaron a los alemanes y yo vivo en ella”, explica el antiguo disidente y hombre clave de la transición del comunismo a la democracia en su país.

La historia de Polonia está salpicada de traumas y paradojas que, a veces, alcanzan el presente. Michnik, de raíces judías —“me considero polaco, pero cuando me pregunta un antisemita digo que soy judío”, afirma—, indaga en los debates principales de la memoria colectiva polaca y entra en sus zonas conflictivas. Por eso habla hoy de las muchas casas que hubo como la suya y del antisemitismo, un tema todavía incómodo —“Está mal visto por las élites, pero aún es una línea divisoria entre polacos”—, al que dedica dos de los diez ensayos que componen En busca del significado perdido (Acantilado), el libro que ha venido a España a presentar.

En el salón de la habitación donde se aloja en Madrid hay un montón de gente y de aparataje. Un equipo de televisión está haciendo un documental sobre él y tiene desplegados micros, cámaras, pantallas. Michnik es un intelectual influyente que ha participado en varios momentos decisivos del pasado reciente de Polonia. Fue uno de los líderes de Solidaridad, el sindicato que torció el brazo a la dictadura comunista. Estuvo en prisión varias veces y participó en las conversaciones de la Mesa Redonda, la negociación que alumbró la democracia, y dirige el periódico de referencia de su país, Gazeta Wyborcsza, nacido en 1989.

Tiene varias entrevistas por delante esta mañana. Está en el balcón haciéndose unas fotos. Entra. La gente se va callando. Se sienta y saca un cigarrillo electrónico del que exhala con frecuencia un vapor que no huele a nada. En el libro, Michnik teje el clima que se vivía alrededor de los acontecimientos históricos de los que habla, como la influencia de la revolución húngara de 1956 en la disidencia polaca, la ley marcial de 1981 o la transición pacífica. Pero además, los relaciona con otras épocas y con el presente para ir dándole forma a las distintas percepciones sobre los logros y tropiezos del país, la identidad nacional o la memoria sobre la dictadura. Por eso se echa de menos en la edición la fecha en la que cada ensayo se publicó por primera vez. Eso ayudaría a situar las alusiones del autor al “hoy”, que nunca va más allá de 2006.

Para Zapatero, la memoria histórica fue un arma política”

Por las páginas del libro desfilan poetas, estudiantes, obreros, políticos, opositores, militares, y también la voz política con la que la Iglesia católica polaca ha hablado en las últimas décadas. Michnik dice estar inquieto por la de ahora, que discrepa de la del papa Francisco: “Parece que para los obispos polacos es más importante luchar contra la fecundación in vitro que contra la pedofilia dentro de la iglesia”, afirma.

La idea de renuncia al dogmatismo planea sobre los textos, llenos de matices y pliegues. “Los procesos de memoria histórica son muy complejos, por eso hay que acercarse a ellos con un escalpelo. Si se usa un hacha, nos exponemos a un conflicto grave”, comenta Michnik. Esto último es lo que ocurrió con mayor intensidad en Polonia cuando los gemelos Kaczynski llegaron al poder (2005) y se lanzaron a limpiar el país de todo resto comunista y a escudriñar los archivos policiales de la dictadura en busca de gente que colaboró con el régimen, muchos de ellos acusados en falso. Michnik cree que esto es revanchismo. “No tengo nada en contra de que esos archivos sean investigados por historiadores, pero no me parece bien que se usen como arma en la lucha política. Ni en Portugal ni en España se hizo. De este tema hablé con Jorge Semprún, Felipe González y [Manuel] Fraga Iribarne, quien me dijo: 'Si en España nos pusiéramos a buscar culpables del pasado, aparecerían en cada pueblo, y eso convertiría el país en un infierno”. Tras recordarle que los que abogan en España por la memoria histórica aspiran básicamente a identificar y exhumar a las víctimas enterradas en fosas y a un reconocimiento de los crímenes del franquismo, afirma: “Para Zapatero, la memoria histórica fue una operación política”.

Michnik, que define su filiación política como la “extrema derecha de la socialdemocracia”, bromea sobre la dificultad de compaginar su “temperamento oposicionista” con su apoyo al actual Gobierno, el del liberal proeuropeo Donald Tusk, con el que el país ha ganado peso en la Unión y ha consolidado su economía aunque atraviese turbulencias. Pero el populismo que acecha en toda Europa —y es más evidente en Europa Central y del Este, donde “las instituciones democráticas son más débiles”, constata Michnik—, también tiene un hueco en Polonia: “Ley y Justicia [la formación de Jaroslaw Kaczynski, la principal de la oposición] es el equivalente polaco del partido de Orbán [el primer ministro húngaro, acusado de autoritarismo]. Es euroescéptico, xenófobo, homófobo, clerical, está a favor del aislamiento... y parece que está ganando popularidad”, advierte.