La nueva era de las librerías

Los espacios independientes se transforman para afianzar su futuro

La librería-café La Fugitiva en Madrid. / Álvaro García

Primavera de 2011. La escritora Ann Patchett se embarcaba en la promoción de El corazón de la jungla. Viajaría por Estados Unidos primero, luego a Reino Unido y Australia. Cuando llegó a Melbourne todo el mundo le preguntaba —en lugar de por su nueva novela— por Parnassus Books, la librería que estaba a punto de abrir en Nashville. ¿No sabía que las librerías independientes tenían los días contados? ¿Que los libros en papel estaban condenados a desaparecer? ¿Que ese tipo de lectura había muerto? Al enterarse de la asombrosa noticia, medios de todo el mundo, desde Alemania hasta India, solicitaron entrevistas para interrogarle sobre las razones de la heroicidad. A los treinta y tantos, Patchett se pagaba el alquiler escribiendo artículos de tendencias para revistas femeninas de las que aprendió una provechosa lección: es tendencia aquello que tú decides denominar tendencia. “La librería independiente ha vuelto”, repitió a todo periodista dispuesto a escucharla. La autora relató la hazaña en un artículo publicado en The Atlantic que tituló La librería contraataca.

Y parece que así es. En 1995, un año después del lanzamiento de Amazon, que aspiraba a ser la mayor librería del mundo, en Estados Unidos había 7.000 establecimientos independientes, según la American Booksellers Association. En 2009, el sector tocó fondo y solo sumaban 1.651, pero desde entonces no han dejado de crecer: el año pasado ascendían a 1.900 y festejaban un incremento del 8% en sus ventas con respecto a 2011.

En España la librería independiente resiste y se transforma. Según el censo actualizado que acaba de presentar la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL), en estos momentos hay un total de 4.336 establecimientos. “Si tomamos 2008 como momento álgido de la economía del libro, la bajada se ha mantenido y, últimamente, acelerado [según el INE, en este último lustro el mapa se ha reducido en un 21,5 por ciento]. La librería siempre ha tenido una economía modesta, con unos márgenes muy ajustados que ahora se han reducido por la pérdida de poder adquisitivo y la descarga gratuita”, razona Juan Miguel Salvador, librero y tesorero de la CEGAL. Pero en este presente generalizadamente sombrío, añade, también existen razones para el optimismo: “A pesar del mal momento están surgiendo nuevas tipologías de establecimientos como, por ejemplo, los que combinan librería y cafetería, proyectos muy vocacionales que nacen con un carácter cultural fuerte. Es cierto, y es preocupante, que cierran librerías de fondo y abren espacios donde la presencia de libros es inferior, pero no deja de ser un síntoma positivo que hay que celebrar porque, en definitiva, es sangre nueva para el sector”. 

“Recíclate, recíclate”, le repetían a Eva Boj, veterana librera con experiencia en grandes superficies como la Fnac o librerías independientes como la desaparecida Rumor, que abrió hace seis meses Atticus-Finch. “Yo creo en la librería. Sé que montar una es un gesto de valentía, pero no creo en esta burbuja de miedo: siempre habrá gente interesada en leer. De la forma que sea”. Boj optó por el autoempleo e invirtió sus ahorros en un café-librería en el barrio madrileño de Conde Duque. Desde el principio tuvo claro que apostaría por ese modelo porque es lo que ella pide a una librería: un lugar donde sentarte a leer, tomar un café, escuchar música y conectarse a internet. “Los tiempos han cambiado y la librería que solo ofrece libros no atrae al cliente. Ahora queremos que sea un centro de reunión”, asegura. Ella también comparte la preocupación de la CEGAL: “Sería una pena que se perdieran esas librerías de fondo: en Rumor teníamos 40.000 títulos”. En Atticus-Finch, en torno a 3.000: Boj ofrece selección. “Antes de la apertura me pasé un mes leyendo listados de libros y tachando títulos. Todos los libros que están en la librería son los que me encantan. La mayoría los he leído y los que no son de autores que me gustan, acaban de publicarse y aún no me ha dado tiempo”. La librería tiene 48 metros cuadrados y, como no tiene escaparate, sus recomendaciones lucen en el escaparate de la vinoteca vecina, De Vinos, o en el restaurante García, donde han colocado un mueble rebosante de libros con el sello Atticus-Finch. “Me instalé en este barrio porque está renovándose, hay mucha gente joven y parejas con niños, un perfil desatendido en la zona. Muchos de los establecimientos son bastante nuevos, fundados de hace dos años para acá, así que colaboramos mucho entre nosotros. Hacemos barrio”.

“Se está produciendo una vuelta al trato personal, al librero de cabecera”, asegura Paco Goyanes de la librería Cálamo

En el repunte de las librerías independientes estadounidenses —que representan el 10% del mercado— tiene mucho que ver el auge del movimiento buy local, que defiende un consumo de cercanía beneficioso para la comunidad. A la suya, que cuida desde hace 46 años, debe la librería Gil de Santander la relativa placidez con la que está sobrellevando la crisis. “Nos hemos apoyado mucho en la venta al público, no en las institucionales”, explica Paz Gil Soto, que continúa junto a sus hermanos el oficio de sus padres, que abrieron la primera librería-papelería en 1967. Siempre han intentado que sus tres establecimientos fuesen espacios agradables, que sus libreros leyesen mucho para luego recomendar bien a los lectores y que su agenda de actividades fuese variada: “Organizamos presentaciones, cuentacuentos, tenemos un club de lectura en inglés, otro de filosofía básica y acaba de arrancar un taller de poesía al que se apuntaron 27 personas. Hoy tenemos una conferencia del hispanista Anthony Clarke sobre George Eliot y mañana viene Benjamín Prado”, enumera. Y ya le está dando vuelta a actividades futuras: “Estoy pensando en la especialización, quizás apostar por los libros de cocina y hacer cursos, organizar trueques de libros. Es importante innovar”.

El próximo 29 de noviembre es el Día de las Librerías, efeméride que la CEGAL impulsa desde 2011. En Reino Unido —donde cada semana cierra un establecimiento, según la Booksellers Association— sigue en marcha la campaña Books are my bag. En Alemania la iniciativa se denominó Vorsicht Buch! Todas ellas son una celebración de la librería, un recordatorio de la vigencia del libro de papel, un rechazo frontal a la presunta obsolescencia de la función prescriptora del librero. Todas ellas ofrecen descuentos especiales, horarios ampliados y actividades especiales. “Todavía no hemos logrado que la sociedad entienda que la librería forma parte del entramado cultural, que no somos meros comerciantes, que aportamos un valor añadido. La programación de las librerías españolas supera en cantidad y calidad a la de la mayoría de centros culturales de este país”, apunta Paco Goyanes de la librería Cálamo de Zaragoza, que acaba de celebrar sus 30 años de existencia. A pesar de la caída de las ventas, de que trabaja más que nunca, Goyanes empieza a entrever una tendencia esperanzadora: “Es difícil de valorar porque estamos en un momento de gran debilidad, pero creo que se está produciendo una vuelta al trato personal, al librero de cabecera”. Y ese es el camino, apunta Salvador, el principal activo de la librería para atar su futuro: “Lo valioso es lo que se produce en la interacción, no renunciamos a la presencia online, pero buscamos el encuentro, la conversación. Debemos reivindicar la dimensión física de las librerías, que son sitios donde ocurren cosas”.

Para que la forzosa resistencia de la librería se transforme —lo antes posible— en holgada supervivencia en la CEGAL están trabajando en un sello de calidad para los establecimientos y en un plan de apoyo —el Ministerio de Cultura se ha comprometido a desarrollarlo antes de que termine la legislatura—, que acerque la realidad de la librería española a la de la francesa, donde están convencidos de la importancia de los libros y de las librerías. El pasado junio su ministra de Cultura, Aurélie Filipetti, avisó a Amazon de que no toleraría que su “competencia desleal” y “piratería fiscal” hiciesen mella en el tejido librero francés. Y a principios de octubre cumplió su promesa: desde entonces debaten una propuesta de ley para prohibir que gigantes del comercio electrónico como Amazon o la Fnac ofrezcan descuentos del 5% sobre el libro —el permitido por ley— y, además, gastos de envío gratuitos.

Evidentemente, no se espera una reacción similar, pero con apoyo gubernamental el futuro sería menos incierto. Prometedor incluso. Aunque hay algo que el sector debe asimilar, opina Salvador —como librero, aclara, no como portavoz de la CEGAL—: “El gran desafío es asumir que el montante de la industria editorial se ha hecho más pequeño. No vamos a volver a 2008 y en ese escenario tendremos que encontrar la sostenibilidad económica y social”.

Jorge Carrión mantiene desde hace más de 15 años un archivo con souvenirs —tarjetas de visita, folletos, postales, catálogos, bolsas…— de todas las librerías que visita. Tenía otro, mucho más modesto, de libros sobre librerías. “Este fue más fácil porque apenas hay libros de no ficción sobre la materia. Me di cuenta de que alguien tenía que escribir un libro como Librerías, un monográfico de la historia de las grandes librerías y de los libreros, que uniese la tradición textual con mi archivo de viajes”, relata. El libro, que quedó finalista en el Premio Anagrama de Ensayo, no debe entenderse como una concesión a la nostalgia de un mundo que desaparece, al contrario, Carrión desconfía de mensajes apocalípticos, pero considera que, en el futuro, las librerías deberían reivindicar su importancia. “¿Por qué yo no sé en qué librería de Madrid compraba sus libros Juan Benet o Valle-Inclán? ¿Por qué no se crea un discurso cultural y turístico sobre las librerías? Cuando hacemos la ruta de los cafés en Madrid, ¿por qué no incluimos las tres o cuatro librerías que puedan sobrevivir de esa época? Supongo que porque ellas mismas no han tenido conciencia de su importancia histórica o porque hasta ahora les ha ido bien el negocio y no han reaccionado. Pero si vamos a City Lights es porque forma parte de la historia de San Francisco y porque está en la Lonely Planet. El patrimonio también debería tener en cuenta la librería”.

A finales de 2010, Nashville, ciudad que supera los 600.000 habitantes, amaneció sin librerías —solo sobrevivieron las de viejo—. Si Ann Patchett decidió abrir Parnassus Books fue porque no quería vivir en una ciudad sin librerías y, también, porque quería un espacio donde vender sus libros: aún no se ha inventado un mejor escaparate.

 

Mañana será tarde para América Latina

Manuel Gil

Es muy común escuchar en el mundo del libro que editar es un arte y vender es un milagro, pues bien, si aceptamos este supuesto, las librerías de América Latina se enfrentan a un enorme reto. En un continente con unos índices de lectura y por supuesto compra muy bajos (Argentina, 55%; Chile, 51%; Perú, 35% y México, 20%), con una cantidad de libros leídos al año también muy escasos (Chile, 5,4; Argentina, 4,6; México, 2,9, y Colombia, 2,2), ser librero tiene mucho de heroico y vocacional.

En ese continente hay un gran déficit de librerías, lo que no significa que en cada uno de esos países no existan extraordinarios establecimientos. <IL>Igual que no puede hablarse de un mapa editorial latinoamericano, tampoco existe uno de librerías: carecemos de un censo fiable y detallado —pese a los esfuerzos denodados de un organismo intergubernamental tan serio y profesional como el Cerlalc—, pero las estimaciones más razonables ofrecen una cifra de librerías independientes y cadenas en torno a las seis mil, siendo sin duda el eslabón más débil de toda la cadena de valor. No hay una realidad librera, hay múltiples perspectivas y polimorfas realidades. La concentración de librerías en los grandes núcleos de población determinan enormes espacios del territorio sin librerías.

Las librerías de América Latina se enfrentan a un conjunto de problemas muy diversos, como los citados bajos índices de lectura, el Estado como canalizador de volúmenes de compras enormes en régimen de compra directa al editor, niveles de redistribución de la renta muy desiguales, una muy baja demanda, un bajo número de bibliotecas públicas, la piratería, la reprografía ilegal y, en el caso del libro importado de España, unos precios sobreinflacionados.

Se podría añadir que comienza a observarse unos volúmenes de producción de títulos ciertamente importantes en todos los países del continente, por ejemplo, en 2012 se publicaron 27.661 títulos en Argentina, 65.745 en Brasil, 27.745 en México, 14.235 en Colombia o 5.957 en Perú, esta producción también supone un reto importante en la gestión diaria de las librerías. Resulta curioso observar cómo es mucho más fácil comprar en Colombia un libro de España que uno de Argentina o Chile. Las redes de comercialización y distribución entre países del continente también deben mejorar mucho. En paralelo, hay una escasa política de asociacionismo gremial y una enorme carencia de informes fiables y precisos de ratios sobre el estado de salud del tejido librero. Una de las fortalezas que acepto de las librerías del continente, a diferencia quizá de España, es que el libro y la librería mantienen una enorme legitimación social. Las librerías constituyen en ese continente verdaderos bastiones de la dinamización cultural de barrios y ciudades, esto es innegable y muy importante.

A partir de estos roles parece sensato comenzar a plantear la formación de sellos de calidad para las librerías, con un compromiso explícito de las Administraciones públicas y Estados, y que ofrezcan un plus de valor a lectores y compradores. No olvidemos que, pese a todo, las librerías siguen siendo el canal principal de comercialización del libro, aunque ya se aprecia un ligero desplazamiento hacia centros comerciales e Internet.

En resumen, parece imprescindible incluir la librería en las agendas de impulso y desarrollo del libro en todos los países de América Latina, tengo la sensación de que en los diferentes planes de apoyo al libro de los Gobiernos de ese continente y en las políticas públicas, la librería ha sido la gran olvidada. Y un país se mide por su cultura y por sus librerías.

Manuel Gil es consultor editorial y autor del blog Antinomias Libro.

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