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La muerte es una figura de barro

Recorrido por un cementerio de México en el que cada 2 de noviembre esculpen la tierra donde descansan sus difuntos

San Antonio Tecómitl, a las afueras de la Ciudad de México Ver fotogalería
San Antonio Tecómitl, a las afueras de la Ciudad de México

Cuenta Lorenza Flores, una señora de 74 años, que en San Antonio Tecómitl, un pueblo semirural en las afueras de México DF, existe una historia que confirma que cada 2 de noviembre los muertos vienen a visitar a sus familias.

El cuento de Lorenza Flores dice: “Una vez una señora del pueblo le dijo a su esposo que le comprase unas velas para los papás de él. Pero el señor le dijo: ‘A mis papás no les compro nada, que ellos nunca vienen en los muertitos. Ponles solo unos ocotes”. La señora Flores explica que un ocote es un palo seco que se usa para prender la lumbre. Luego continúa la narración. “Entonces él se fue al monte a leñar. Y cuando ya se hizo tarde vio una fila de muertos pasar y los últimos de la fila eran sus papás, que llevaban los ocotes encendidos. Él los vio y se espantó, porque se dio cuenta de que ellos sí venían el Día de Muertos, y a partir de ahí todos los años le puso sus velas a sus difuntos”.

Mientras cuenta la historia, Lorenza Flores, sentada al atardecer con un manta sobre las rodillas, le va quitando pétalos a un ramo de flores de color amarillo y las va echando a puñados al borde de la tumba de su marido, Sergio Roldán, fallecido en 1994. Su hija y sus nietas se están ocupando de adornar el lecho de muerte del señor. Aquí, en Tecómitl, tienen la tradición de mojar la tierra de las tumbas de sus difuntos, hacer lodo con ella y formar esculturas que recuerden a ellos. La familia Roldán, sobre los restos de su patriarca (albañil y campesino), ha levantado un montón de barro con forma de féretro sobre el que han sentado, con la espalda apoyada en la cruz del muerto, un esqueleto vestido como vestía el señor Roldán cuando era niño: camisa y pantalón de tela blanca, huaraches (sandalias) y un sombrero redondo de paja. Además le han puesto una cerveza entre las manos.

-Le gustaba tomar -dice una hija.

-Le gustaba no, le encantaba -corrige la viuda con rigor histórico.

Poco después, le ponen al esqueleto un cigarro en la mano y se lo encienden. Ahí también interviene Lorenza Flores. Dice que si bien el hombre era bastante bebedor, lo que no se le puede achacar es que fumase muchos cigarros. Pero a los jóvenes de la familia les apetecía colocarle un Camel entre los dedos al esqueleto.

El rito escultórico de San Antonio Tecómitl es un espécimen extraño dentro de la miríada de celebraciones de difuntos que se hacen por todo México cada 2 de noviembre. En la capital es poco conocido, aunque está al lado de Mixquic, un pueblo muy famoso por su día de difuntos. De Tecómitl habla en su libro Ciudad de México desconocida el reportero Édgar Anaya-Rodríguez, un rastreador de bellas rarezas del DF que en su texto apunta que en este pueblo nadie sabe bien de dónde viene la tradición de esculpir el lodo de los muertos: “Hay quien le atribuye unos cien años de antigüedad e incluso algunos dicen que es costumbre virreinal”.

El camposanto se divide en tumbas de adultos, a la izquierda del pasillo central, y tumbas de niños a la derecha. En este lado trabajaba esta tarde Víctor Ayala sobre el lecho de su hijo Ángel Isaías, fallecido en 2007 a los cinco años. Este año el señor Ayala le ha construido un helicóptero de lodo al niño. Incluso le ha incorporado unas hélices a las que les ha puesto un motorcito que las hace rotar con ayuda de la energía que roba de un cable de la red eléctrica del cementerio. Víctor Ayala también sostiene que los difuntos regresan el Día de Muertos.

-En la casa, cada año se oyen ruidos cuando llegan los niños -dice Ayala.

-¿Pero por qué habla en plural, si usted no tiene más de un hijo fallecido?

-Ah, eso es porque los muertitos siempre vienen acompañados, nunca viene uno solo. Por eso yo oigo varios pasos.

No todos los familiares hacen virguerías como el helicóptero de Ayala o el esqueleto cervecero de los Roldán. Por lo general se limitan a acumular lodo sobre la tumba y a adornarla con flores, sobre todo cempasúchiles naranjas y amarillos, o a dibujarles figuras de animales -esta tarde, por ejemplo, en el lecho de un niño habían trazado un búho y en el de un señor una araña-, formas geométricas, como las grecas prehispánicas, o una catrina, la calavera tradicional mexicana .

Para las esculturas más elaboradas hay incluso un sencillo concurso en el que se premian las mejores tumbas con despensas como frijoles, arroz, café, azúcar, papel higiénico o latas de atún. Pero eso no es lo que impulsa a las familias que esculpen con las manos la tierra de sus difuntos, como aclaraba esta tarde Roberto Vanegas Jr., hijo de Roberto Vanegas, fallecido en los años ochenta, de oficio panadero, chofer y carpintero. Este año le han construido una panadería con su horno correspondiente. Alrededor del horno han colocado una cuadrilla de esqueletos de juguete que forman la plantilla laboral de la panadería. Unos meten un pan en el horno, otros elaboran la masa sobre la mesa -masa de pan real- y otros se toman un descanso y beben una cerveza en miniatura.

El ambiente en el camposanto de Tecómitl es festivo. En torno a las tumbas se reúnen las familias a charlar, a comer -esta tarde al lado de la tumba de un niño había un señor asando carne de res a la parrilla-, a beber y a rezar. En un grupo grande unos adultos que parecían entonados por el licor le pedían a una chica de la familia que danzase - “¡¡Báilale, báilale!!”-, por otro lado una mujer le pedía a una niña que no tocase las flores ajenas -“Son de los muertitos, no son tuyas”-, y en la zona de las tumbas infantiles una muchacha decía pensativa entre los túmulos de tierra: “Cuántos bebecitos...”.

Al anochecer, el panteón de Tecómitl se queda a oscuras, iluminado sólo por las hogueras de las familias y por las velas. En el aire, el olor del copal, una resina que se quema en las tumbas con la intención de purificar el alma de los que están al otro lado.

A última hora, en una de las tumbas del camposanto estaba reunida la familia de Eustolio Aguilar, fallecido en 2003 a los 73 años. A él le han decorado la tumba con flores y le han puesto una botella de tequila. Un señor de la familia precisa que lo bebía directo de la botella: “A puro Pedro Infante”, dice, aludiendo al mítico actor mexicano. También le han dejado un camión de juguete, porque Eustolio Aguilar tenía una empresa de trailers. Su familia dice que dejar los regalos ahí es seguro. No creen que nadie vaya al camposanto de Tecómitl a robarle a don Eustolio su licor y su camión. Una de sus hijas dice que la gente no le quita nada a los muertos porque teme que se cabreen y que luego, cuando el ladrón esté durmiendo en su cama, lleguen los difuntos "a agarrarles las patas". En México la muerte es respetada. A la muerte, no se le roba.

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