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“Yo no era surrealista al llegar a París, me parecía una cosa de maricones”

Viaje al universo buñuelesco a través de algunos fragmentos del libro de Max Aub

Fotograma de la película 'Un perro andaluz' (1929).
Fotograma de la película 'Un perro andaluz' (1929).

El único libro sobre su obra que interesabe al autor de Viridiana era el que Max Aub dejó inédito al morir. El volumen se publica ahora con los textos y grabaciones que sivieron de base a esa obra. Estos son algunos fragmentos, adelantados en exclusiva por EL PAÍS.

BUÑUEL POR MAX AUB

Vidas paralelas. Posiblemente deberíamos morir los dos en México; sería lo justo. Para y por la obra, somos españoles: allí estudiamos el bachillerato y ambos nos hicimos hombres en la Península. Desde el ángulo de la cultura somos dependientes de la cultura española y francesa. Lo anglosajón nos afectó poco en el fondo, bastante en la forma. Siempre fui hombre de libros y no como Buñuel de casa y puños. Él fue del campo a la ciudad; yo al revés, por las vacaciones. Era de familia rica y yo no pasaba de burgués. Su padre, viejo, vivía de sus rentas. El mío, joven, de su trabajo. Su padre ya no viajaba. El mío no paraba en casa.

Política. Nuestra diferencia fundamental reside en lo político. A él le importa más la justicia que la verdad. No a mí. Si fue o no comunista es un problema que no me atañe, que no he resuelto ni me importa. Estuvo, sin duda, al servicio de los comunistas; comunistas fueron y son sus mejores amigos y como tales —como amigos— tan importantes para él como para mí. Fui y sigo siendo, desgraciadamente, socialista, es decir, mucho más liberal que él. Tanto monta: a ambos nos fue mal.

Inteligencia. Luis Buñuel es inteligente. Es decir: desde el principio conoció sus límites. Sabe lo que puede hacer. Nunca se ha metido en camisa de once varas. Solo ha aceptado hacer lo que se sentía capaz de llevar a cabo honradamente. Siempre conoció sus límites. No es lo normal en personas que pueden hacer lo que quieran. Tiene buena memoria y nunca se pasa. Por eso es tan buen director aun de películas mediocres. Hay películas para comer y otras para decir lo que piensa de lo que ha visto y oído.

Sordera. Es un hombre más complicado de lo que creen los que le tienen por complicado, y más sencillo de los que creen que es una persona sencilla. Le molesta la gente, por eso se ha vuelto sordo. Decidió un buen día que ya estaba bien de tantas molestias, que lo mejor era enconcharse y no oír. Acostarse a las ocho, y se acuesta a las ocho y no oye. Así se libró también del teléfono. Ya les dije que era un hombre inteligente.

García Lorca. Federico, que tan bien le conocía y quería, solía decir: "¿Luis? ¿Buñuel? É mu bruto”. Buñuel se esponjaba; aguantó diez veces que en la Puerta del Sol o en la Cibeles —o donde fuera— los dejara plantados (a quien fuese con él): “Bueno, ustés se quedan. Yo me voy con gente importante”. Lo cuenta Buñuel con nostalgia y cariño. Federico hubiese sido incapaz de decir: “¿Qué? É un estúpido”. Porque estúpido no lo era Federico ni lo es Luis. Sí: la brutalidad es constitucional, orgánica, fisiológica. “El que bruto entra bruto se ausenta”, dice el adagio. Si así puede decirse, es una enfermedad natural. Tenía entonces Luis Buñuel no poco de brillante sin tallar. Ha envejecido bien. Los años lo pulieron desde todos los ángulos. Pero la calidad sigue siendo la misma de sus amigos, casado con una idea más justa del mundo y de los hombres: incapaz de engañar a nadie.

Hormigas españolas. [El vaciado de su mano, hecho en 1928 para la filmación de Un perro andaluz] tiene un agujero en la palma donde colocaron las hormigas que hizo traer del Guadarrama y que encargó desde París al profesor Bolívar. Los naturalistas no volvían de su asombro porque hormigas de la misma familia existían en los bosques que rodean París. Cuento esta anécdota porque refleja bastante bien a mi personaje, tan español, tan tozudo que no puede creer que haya hormigas como las españolas aunque sean para ser filmadas en París en una película surrealista.

BUÑUEL POR BUÑUEL

Luis Buñuel retratado por Salvador Dalí en 1924.
Luis Buñuel retratado por Salvador Dalí en 1924.

Surrealismo. Soy más surrealista que nunca. La única literatura, la única poesía que me gusta es la surrealista. La única pintura que me gusta es la surrealista. Yo no era surrealista cuando llegué a París, me parecía una cosa de maricones. Leía sus cosas para reírme, igual que años atrás leía Ultra para divertirme en el tranvía, en Madrid. Y me sucedió lo mismo, acabó por metérseme dentro. En verdad, yo no pertenecí al grupo hasta el 29 o el 30. Después de Un perro andaluz, hasta el regreso del viaje de Aragon a Rusia. Empezaron las discusiones, las exclusiones del grupo. Y yo me quedé con Aragon y algunos otros. Sin embargo, cuando cierro los ojos, yo soy nihilista. De verdad, un nihilista total, un nihilista completo, sin reservas de ninguna clase.

Manifiestos. Los extranjeros no firmábamos más que los documentos anodinos o los que se referían exclusivamente a temas artísticos. Cuando se trataba de algo serio, de cagarse en la familia, en la patria, en la bandera, eso solo lo firmaban los franceses. Tenían mucho cuidado. ¿Quieres un whisky?

Dalí. Max Aub: Por cierto, Luis, ¿qué vas a decirme de Dalí? ¿Cómo quieres que salga en el libro? ¿Vamos a decir de verdad todo lo que es? Luis Buñuel: Diremos escuetamente la verdad: en qué intervino: cómo escribimos Un perro andaluz. La parte que le toca en La edad de oro es muy poca, porque ya estaba bajo la influencia de Gala, que es la mujer que más odio. De verdad, estaría encantado de que lo insultáramos. Cuando voy a Madrid o me dan algún premio, me pone telegramas: «Tienes que venir a Cadaqués», «Ahora sí haremos cosas estupendas», «Te beso en la boca». O a Venecia, donde me los pone en italiano. O a París, donde los recibo en francés. Solo una vez en que vi las cosas muy negras, pues me decía que o iba yo a Cadaqués o se presentaba él en Madrid, le contesté sin enfadarme: «Agua pasada no mueve molino». Y no te creas, no me disgustaría encontrármelo frente a frente, un día, repetirle lo que ya le dije y añadir las cuatro frescas que tengo que echarle en cara, y luego, a lo mejor tomarnos unas copas juntos. Un hijo de puta; él fue el responsable de que me pusieran en la calle en Nueva York. Pero durante muchos años, de los 20 a los 30, fue mi mejor amigo. Fuimos muy amigos, de verdad, muy amigos. M.A.: Y eso cuenta. L.B.: Sí, si se es un sentimental como yo, sí. Pero sin Gala. A esa, ni en pintura. Nunca vi a nadie con más mala leche. Lo echó a perder totalmente. Pero vamos a no darle más importancia de la que tuvo. Yo fui de París a Cadaqués. Iba a hacer una película de Ramón con el dinero de mi madre. Hablamos de eso y en seis días hicimos el script de Un perro andaluz. De la filmación, él no hizo nada. Llegó el último día con su madre y su tía. Lo único que hizo fue poner los burros en los pianos y el alquitrán en los ojos. En La edad de oro no hizo nada. Por eso firma el manifiesto de los surrealistas acerca de la película, y yo no. ¡Cómo iba a firmar yo algo a favor de lo que había hecho!

Ir al cine. Yo iba mucho al cine. Ya íbamos en Madrid y seguí yendo en París. Claro que iba uno a magrear a la novia. Era el único sitio donde se podía. Porque, si no, no le dejaban a uno ni a sol ni a sombra. No digamos cogerla de la mano. Hubiera sido un escándalo. El cine era otra cosa. Pero, además, nos gustaban mucho las películas cómicas, los cómicos norteamericanos: Ben Turpin, Fatty, las bañistas de la Keystone, Buster Keaton, Harold Lloyd y Harry Langdon. Eso nos encantaba. También las películas del Oeste.

Películas comerciales. L.B. Por hacer algo, no me hacía falta dinero, me dediqué a hacer cine comercial hasta el principio de la guerra. Un poco avergonzado. M.A. ¿Fue el fracaso de Tierra sin pan, el nombre francés que tuvo Las Hurdes, lo que te llevó a admitir cargos en compañías cinematográficas americanas? L.B. No, no, de ninguna manera. Yo quería practicar. Saber. Además, después de Un perro andaluz, de La edad de oro, de Las Hurdes, yo me decía: “Adiós al cine. ¿Quién me va a contratar a mí?”. Además, a mí me encanta el orden y la organización, así que eso de administrar y dirigir lo hacía con mucho gusto. De hecho, yo había acabado con los surrealistas. Ya no me interesaban. M.A. Pero sí el surrealismo. L.B. Naturalmente, como que me parece la única cosa seria de nuestro tiempo.

Fragmentos del libro Luis Buñuel, novela. Max Aub. Edición de Carmen Peire. Cuadernos del Vigía. Granada, 2013. 604 páginas + DVD audio (101 minutos). 45 euros. Se publica la semana que viene.

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