Jornada de grandes maestros bajo la mirada de la Regenta

Muñoz Molina, Haneke y Olazábal, galardonados con los Príncipe de Asturias, pasean por Oviedo

El director del Centro Europeo de Física de Partículas, Rolf Heuer, saluda a la directora de la Fundación, Teresa Sanjurjo. / J. l. cereijido (EFE)

Días de grandes encuentros en Asturias, propiciados por los premios que llevan el nombre del Príncipe. Sin salir de Oviedo, puedes coincidir con Michael Haneke contemplando el prerrománico de Santa Maria del Naranco o en la catedral con Antonio Muñoz Molina, que ayer, más tarde, protagonizó una emotiva sesión ante un millar de personas (Gente que escribe, gente que lee) con 61 clubs de lectura, agradecidos y entusiastas, en el Palacio de Exposiciones y Congresos. También ha sido posible ver jugar a otro de los galardonados, José Maria Olazábal, un torneo de mini golf en Avilés, y pedirle consejo para esos amigos que no acaban de pillar un swing natural. “Estamos todos exultantes, es nuestro gran momento”, me dice al coincidir con él en un semáforo camino de los actos el gaitero Juan Iglesias, al que no hay que ser muy perspicaz para identificar pues va ataviado de eso, de gaitero, en versión de gala. Iglesias lleva desde 1999, explica, “tocando la gaita” y desde el 2002 participa en las ceremonias de los premios. Comenta que muchos premiados se asombran pues desconocían la tradición gaitera asturiana y que lo que más le gusta interpretar en estas solemnes ocasiones es muñeiras y sobre todo el himno de Asturias.

¿Piensa en el lector cuando escribe?, le preguntaron a Muñoz Molina las representantes del club de lectura Una habitación propia, de Avilés, formado solo por mujeres y que lee solo a mujeres, aunque han hecho una única excepción con el novelista ubetense. “Siempre se escribe para alguien. Escribir es una necesidad de expresión y a la vez de comunicación”. El tedio y el entusiasmo de la creación literaria, sus misterios –porqué hay autores que no vuelven a escribir o hacen cosas espantosas después de maravillarnos, la dificultad de los diálogos, los tics de los personajes, o la creación de escenarios como Macondo, Yokmapata o Mágina, la “maqueta del mundo” de Muñoz Molina, fueron apareciendo en un coloquio brillante e intenso, que desveló muchas claves del autor, como su obsesión por el control del lenguaje y la precisión, que dijo es influencia de la cultura estadounidense. O el proceso instintivo por el que el asesino de Plenilunio llegó a ser pescadero.

Antonio Muñoz Molina confesó: “Siempre se escribe para alguien”

En la “muy noble, muy leal, benemérita, invicta, heroica y buena ciudad de Oviedo”, como reza su escudo, todo aparece impregnado del aura de los premios. En la visita a la estatua de la Regenta, tan obligada como los saludos a la de Molly Malone en Dublín, es imposible no recordar las palabras de Muñoz Molina que por la mañana nos decía que le hubiera encantado escribir la novela de Leopoldo Alas (además de El corazón de las tinieblas, de Conrad). La pobre mujer, por cierto, la buena de Ana Ozores, pena su bovarismo cruelmente frente a la catedral y en una plaza que lleva el nombre de Alfonso II el Casto (¡). En la plaza Porlier ha sido instalado un gran retrato de Haneke –“Heineken”, como lo ha bautizado aquí un fotógrafo, confundiéndolo sin duda con el esperado acto cervecero a la salud del bosón de Higgs que se celebra hoy- tan ceñudo como el original. Y en el parque del Campo de San Francisco, bajo los altos plátanos y castaños, entre los parterres donde medran las urracas puede visitarse la exposición al aire libre La ciencia en imágenes, de la Sociedad Max Plank para el Avance de la Ciencia (premio de cooperación internacional), con grandes y sorprendentes fotos de cosas como nanoconos de gel de silicio o una vena en la médula espinal de una rata. Clarín, siempre atento, atalaya la exposición desde el alto busto de su monumento.

Haneke, de riguroso negro, estuvo ayer algo desabrido en su encuentro con la prensa. Reconoció que no tenía ni idea previa de la existencia de los premios asturianos; declaró que a él el Oscar, psé: se lo mira con distancia y como parte “inevitable” del negocio del cine, y dijo que del cine español no opina porque no lo conoce suficiente. Se negó a dar también su opinión sobre el caso Priebke, el capitán de las SS al que nadie quiere ni muerto, pretextando que no es la persona indicada para preguntarle (¿pero acaso no es el director de La cinta blanca?) y que no está en Oviedo para hablar de política. Lástima, ¡lo que hubiera dicho su finado paisano Bernhard!, con el que comparte pesimismo crónico. Haneke se ganó enemigos tan poco recomendables como Stevan Seagal o Van Damme, o la mayor parte del cine estadounidense, ya que estamos, al declarar que el cine de acción “entontece”, lo que por otro lado nadie le discutirá en el caso de los dos grandes artistas del mamporro citados. Preguntado sobre si se ve haciendo cine de acción o comedias respondió de lo primero que “nunca” y que rechaza ese tipo de cine, y de lo segundo que su abuela ya se lo preguntó y que no cree. “No se puede pedir peras al olmo”.

Michael Haneke contó que intenta que la violencia provoque “desazón”

Del futuro del cine apuntó que no es profeta y no puede decir qué ocurrirá en diez o veinte años, pero ve imposible sustituir la experiencia compartida de la gran pantalla. Explicó que se siente más cómodo haciendo cine, que es, dijo, su dominio principal, por delante de la escritura, el teatro o la televisión. Ante los adjetivos de incómodo y provocador que se le han aplicado dijo que no es responsable de las etiquetas que le ponen y que en todo caso no hace películas para provocar. Simplemente quiere “reflejar la realidad más allá de la superficie”. De su tratamiento frío de la violencia explicó que le parece el adecuado y criticó en cambio la manera en que se refleja en el cine de masas, como un artículo de consumo y disfrute de los espectadores, algo peligrosamente atractivo. “Yo intento que la violencia provoque desazón y asco”.

Entrañable encuentro en el vestíbulo del hotel Reconquista con Olazábal, príncipe de Asturias de los Deportes, cuyo aspecto curtido y rudo contrasta con el polo rosa que luce y con su amabilidad. Le pregunto por la literatura golfística –hoy la Regenta jugaría al golf- y recomienda cualquier libro de John Jacobs, el autor de 50 lecciones magistrales de golf. Como película, la de Robert Redford, La leyenda de Bagger Vance, con Will Smith. Como para sentarlo a hablar de cine con Haneke. Le pregunto qué piensa antes de embocar el pat, si deja la mente en blanco en plan zen o así. “No, siempre, en cualquier golpe, tengo una idea en la mente. No necesito tener tres o cuatro pero sí una. Una noción, un concepto, de lo que quieres hacer”. Olazábal cree que su premio, que él coloca en la estela del que recibió Seve Ballesteros, es un reconocimiento a la popularización del golf. “Hay aún camino por recorrer pero esto ayuda a que no se lo vea como el deporte elitista que ya no es. En este premio se valoran otros aspectos, otros valores más allá de los deportivos estrictamente. El golf enseña a ser humilde, a respetar, a pensar positivamente y aceptar las normas. A entender que es difícil lograr la perfección pero que tras cada fracaso has de saber volver a levantarte”. ¿Un consejo a los muchos golfistas desanimados para mejorar? “Pasar más tiempo entrenando. Parece obvio pero hay mucha gente que llega al club, se cambia de zapatos y sale al campo, sin calentamiento, sin estiramientos, sin dar unas bolas antes. Entonces se cogen vicios difíciles de solventar”. Habla Olazábal del ritmo del swing y te parece que habla de conceptos poéticos, como Muñoz Molina con la literatura, Haneke con el cine… Maestros todos.

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