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El más hermoso crepúsculo

‘Abbey Road’, mañana con EL PAÍS por 9,90 euros. El disco fue el último trabajo de la banda y refleja con brillantez las disensiones que atravesaban

La última sesión de fotos de The Beatles. Starr, Lennon, McCartney y Harrison en Tittenhurst Park, el 22 de agosto de 1969. EL PAÍS

Ay, los últimos años de los grupos. Todo se complica en esos momentos finales, cuando las tensiones internas son ya irreprimibles, el más mínimo roce levanta una ampolla y no se puede pisar sin que explote una mina.

 Lo curioso es que de esos estertores en los que todo indicaría que nada puede funcionar surgen obras apreciables. Pasa en más ocasiones de las que parecería usando el sentido común. Incluso, a veces, del crepúsculo surge una obra maestra, como Abbey Road, el último disco que grabaron los Beatles y que mañana se puede comprar por 9,90 euros en una versión remasterizada junto con EL PAÍS.

Sí, el último. Porque aunque fuera el penúltimo disco de los Beatles en ver la luz, Abbey road fue el último en ser grabado. Casi un milagro, vistas las circunstancias en las que se concibió.

En 1969 los Beatles eran un grupo partido. Las sesiones de Get back, que darían lugar al álbum póstumo del grupo, Let it be, habían acabado en desastre. George Harrison ya había amagado con irse; Lennon, que tenía la cabeza —y casi el cuerpo— más fuera que dentro había propuesto continuar con Hendrix o Eric Clapton en su lugar. Solo Paul McCartney apostaba por seguir adelante. Con él al mando, claro. Finalmente Harrison reculó y volvió a las duras sesiones de un disco que empezó siendo el intento de retomar la energía rock de sus comienzos (de ahí lo de Get back, volver) y terminaría siendo la constatación de que no había futuro juntos (Let it be, déjalo estar).

Era imposible volver atrás. Habían pasado solo seis años y medio desde la publicación de Please please me, pero para los Beatles ese periodo equivale al de una era geológica. De la nada a ser estrellas, “mas grandes que Jesús”. Con una tragedia que marca el comienzo del fin:la repentina muerte, en agosto de 1967, de Brian Epstein, el manager del grupo, dejó un vacío que apuntaba a desastre.

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Portada de 'Abbey Road'.

La desaparición de la persona que había llevado todo, desde la intendencia diaria hasta la fundación de Apple, la intentó cubrir McCartney y no todo el mundo lo aceptó bien. El que menos Harrison, que pensaba que no era apreciado por el tándem compositor. Pero eran todavía jóvenes: —George tenía 26, Paul, 27; John, 28 y Ringo, 29— y si no podían ser los chavalitos de Liverpool del 62, podían volver a ser la banda creativa y unida de 1965.

O intentarlo al menos. McCartney decide llamar a George Martin, el productor y artífice de muchos de sus logros de estudio. Le propone hacer un disco “como antes”. Martin acepta, siempre y cuando sea así y se trabaje como en el pasado, todos juntos, no como en The Beatles (el álbum blanco), en el que practicamente habían actuado como entidades independientes, y desde luego no como en Let it be, en el que se habían comportado como rivales. Para asegurarse de que no va a meter la mano en un avispero le pregunta al bajista si Lennon sabe de la llamada y está de acuerdo. “Sí”, le responde McCartney. Adelante.

Resulta que esa tregua funcionó. Y de qué manera, además. En el verano de 1969 el cuarteto decide guardarse sus disputas personales y reunirse en los estudios de EMI en Abbey Road para concentrarse en la grabación de lo que George Martin denominó la segunda parte de Sgt. Pepper’s.

Abbey road es un disco mayúsculo, como un todo y despiezado. Abre con Come together, la canción que escribió Lennon para la campaña a gobernador de California de Timothy leary, uno de los popes de la contracultura lisérgica —y uno de los pocos temas de los Beatles que continuó tocando en solitario—. Igual de cruda y directa es I want you (she is so heavy), una canción de siete minutos y medio, repetitiva, básica y experimental al tiempo. Y también aporta la delicada Because, que dicen que surgió de una idea de Yoko Ono (y que para Paul y George era la mejor del disco).

Es el álbum de la explosión de George Harrison como compositor. Él trajo Something, esa canción deliciosa que da, por favor, no se irriten por esta licencia, para unas líneas de cotilleo. Fue el tema inspirado en un verso de James Taylor que Harrison escribió pensando en su mujer Patty Boyd, que más tarde le dejaría por Clapton.

Trajo otra maravilla, Here comes the Sun. Al parecer ese sol que llegaba era una metáfora de las ganas que tenía de perder de vista a McCartney. Hasta Ringo Starr mete baza, como si supieran que era su última oportunidad. Eso sí, nada de mensajes. Confirma que estaba en Babia, colocando Octopus's garden, deliciosafábula de pulpos que corren por debajo del mar.

El gran misterio es si sabían que sería su último disco juntos. Seguro que lo intuían. Alguna pista hay: en la Cara B está ese increíble medley de ocho canciones en 16 minutos. Una suite gozosa que va desde You never give me your money hasta Her majesty, una broma de 25 segundos que aseguran que se coló por error. El auténtico final debería de haber sido The End, una canción peculiar en la que los cuatro se lucen. Contiene el único solo de batería de Ringo con los Beatles. Después entra el resto con sus guitarras y compiten tocando el solo, para concluir con un piano y un verso que dice. “And in the end, the love you take is equal to the love you make”. (Y al final, el amor que te llevas, es equivalente al amor que das). Si no es una despedida, lo parece.

Hasta la legendaria portada contribuyó a amplificar esta sensación de final. La foto en el paso de cebra frente al estudio fue tomada en la mañana del 8 de agosto de 1969. Se hicieron seis disparos en los diez minutos que la policía permitió que la calle estuviese cortada. Es la única portada de su historia en el que no figura ni el nombre de la banda ni el título.

Más: el disco debería haberse llamado Everest. Y pensaron en volar para fotografiarse en la montaña más alta del mundo. Optaron por lo cercano y ese cambio dio lugar a esa historia que dice que Paul McCartney murió en un accidente de automóvil, el de la imagen es un doble y los Beatles quisieron representar un cortejo funerario: Lennon, con traje blanco, sería el sacerdote; Starr, de negro, es el amigo de luto; McCartney, descalzo, con el paso cambiado y fumando con la mano derecha a pesar de ser zurdo, sería el cadáver. Y, cerrando, Harrison con vaqueros, el enterrador. Hay más detalles: la matrícula del escarabajo, el coche negro... en fin.

Abbey Road fue, si no su final, su testamento. Y no está mal para cuatro chavales de clase media-baja de Liverpool. No señor.

 

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