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crítica de 'el médico alemán'

El mal puede ser pulcro, jamás banal

'El médico alemán' es una inquietante película, repleta de atmósfera turbia, personalidad, mal rollo en su mejor sentido

Hace tiempo que se ha puesto de moda en conversaciones presuntamente profundas reflexionar sobre la banalidad del mal, sospecho que influidas por la biografía cinematográfica de Hannah Arendt, filosófica descubridora en el proceso en Israel contra Adolf Eichmann de que un burócrata grisáceo puede ser el protagonista de la mayor perversión. Franco, ese asesino múltiple, de voz patética, pequeñito y rechoncho, que firmaba con tanta frialdad infinitas penas de muerte, mediocre en todo excepto en la crueldad, grotesco en su expresividad y en su discurso, podría acompañar a Eichmann en la galería de seres ínfimos que perpetraron un horror duradero. O Videla o Pol Pot. Pero no tenían la menor relación con la mediocridad insignes protagonistas de la historia de la infamia como Hitler, Mussolini, Stalin o Mao. Y en Todo lo que era sólido, el tenebroso, penetrante, lúcido ensayo de ese escritor tan bueno como honesto ser humano llamado Antonio Muñoz Molina sobre la gente poderosa que provocó la ruina absoluta de los debiles, hay retratos espeluznantes sobre la vulgaridad ostentosa de los amos del universo.

El cine ya se había ocupado antes de hacer el retrato del doctor nazi Josef Mengele, esa científica y cualificada bestia que hacía impunes experimentos genéticos con los desvalidos prisioneros de Auschwitz. El director Franklin J. Schaffner cometió la imposible tarea de convencer al noble caballero Gregory Peck, nuestro racional y amado Atticus Finch, que demostrara que era un actor versátil metiéndose en la piel y en el cerebro del abyecto Mengele en la convencional Los niños del Brasil.

EL MÉDICO ALEMÁN

Dirección: Lucía Puenzo.

Intérpretes: Àlex Brendemühl, Natalia Oreiro, Diego Peretti, Florencia Bado, Elena Roger.

Género: drama. Argentina, 2013.

Duración: 93 minutos.

El médico alemán, dirigida por la argentina Lucía Puenzo, no es convencional. Es una inquietante película, repleta de atmósfera turbia, personalidad, mal rollo en su mejor sentido, que imagina lo que ocurrió durante dos meses clandestinos en la incensante huida de Mengele por Suramérica, refugio privilegiado para tanto monstruo adinerado que escapó de los juicios de Núremberg.

Pudo ocurrir que durante dos meses inexplorados en la historia de Mengele que este asesino pulcro y persona con modales se viera perdido en la desolada aunque fascinante Patagonia, que pidiera ayuda para hacer el complicado camino a una familia muy normal, que fijara como campo de futuros experimentos a una preciosa niña cuya estructura ósea asegura que tiene siete años aunque en realidad tenga doce, que la madre de esta vaya a parir gemelos, que al final del camino, en el precioso paisaje de Bariloche le estén esperando respetables colegios de embriones nazis, que con amabilidad y dinero pueda conseguir no solo el temeroso afecto de esa familia, de un mosqueado padre que fabrica muñecas perfectas, de esa niña enamorada de la bestia, de esa embarazada madre que fluctúa entre el miedo y el agradecimiento a ese médico tan profesional que le exige cosas muy raras, sino también que el Mosad, a pesar de su eficacia, no logre jamás enjuciar en Israel a este sofisticado criminal, a este brillante científico que experimentó barbaries sin el menor sentido de culpa, porque quería, porque podía, argumento incontestable de los que poseen la fuerza, el dominio absoluto sobre seres humanos que reciben tratamiento de animales.

Àlex Brendemühl, ese actor tan dotado para encarnar con naturalidad la abyección (recuerden Las horas del día), está perfecto en su gelidez, su expresión neutra, la rocosa seguridad en su misión, su desprecio por esa cosa tan etérea llamada humanidad.

Hace dos años visité la Patagonia, Península Valdés (las ballenas no me esperaron, Moby Dick se larga en diciembre) y esa turbadora ciudad situada en el fin del mundo que se llama Ushuaia. Recuerdo la fascinación de mi mirada ante paisajes insólitos, más allá de los términos bonito y feo. Y me vuelve a hipnotizar el retrato de esa geografía que hace Lucía Puenzo. En una película tan extraña como atractiva.