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Un Campanella soso se sube al tren de la animación

Me acerco sin prejuicios a la presunta magia de Futbolín. Pero no la encuentro. Ni al principio, ni en el medio, ni al final

El realizador argentino, Juan José Campanella, y el actor, Arturo Valls, en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián.
El realizador argentino, Juan José Campanella, y el actor, Arturo Valls, en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. AFP

Varias personas conocidas o desconocidas me preguntan insistentemente en la calle (cada vez soy más educado y amable con el prójimo) por las películas que estoy deseando ver en este festival de San Sebastián. Respondo que todas mis ilusiones están concentradas en El lobo de Wall Street, dirigida por Scorsese y protagonizada por Leonardo DiCaprio. Los interlocutores me miran con gesto de estupor, deduciendo lógicamente que estoy zumbado y añadiendo: “Pero no aparece en la programación, no la ponen”. Les contesto que ya lo sé, con lo cual flipan aún más y se despiden con celeridad. Hace dos meses alguien que suele estar muy bien informado me aseguró que los piratas financieros de Scorsese se presentarían en San Sebastián y me empecé a relamer con la capacidad de ilusión de un niño ante los Reyes Magos. Ese lobo presuntamente tenebroso y la presencia de su legendario creador, independientemente de que la historia les haya salido mejor o peor, justificaban mi viaje al festival, ofrecían eso tan necesario llamado expectativas. Pero resulta que a mi informado amigo le engañaron al darle esa noticia, que el festival jamás negoció para estrenar aquí esa película que cualquier cinéfilo de los de verdad anhela ver.

A falta de mi soñado Scorsese, hay títulos de directores con un obra estimulante, otros que desconozco, alguna ópera prima y no muchas de mis razonadas y viscerales fobias, ese tipo de autores vanguardistas cuyas inquietas criaturas empiezan y acaban su efímera carrera en los festivales, tan malditas y geniales las pobres que no suelen encontrar distribución comercial. El año pasado, José Luis Rebordinos y su equipo lograron una edición notable. La programación se hizo con mimo y criterio (Hollywood opinó lo mismo al concederle el Oscar a Argo y los Goya otorgaron sus bendiciones a Blancanieves) y también lograron hacer milagros con su nada opulento presupuesto trayendo a un montón de estrellas, esa gente dotada de algo especial y magnético, además de memorable currículo (¿habrá que creer en la gracia divina o diabólica?), a la que el público adora ver y escuchar en directo. Ante estos jugosos antecedentes, la siguiente apuesta es complicada. Ojalá que mi amigo Rebordinos, uno de los seres más profesionales, apasionados, cálidos, honrados y currantes que he conocido, también haya encontrado este año la fórmula para que el público y los cronistas estemos entretenidos como mínimo. Si además, aparece alguna obra maestra, la dicha será completa.

Mis gustos sintonizaban escasamente con el cine que hacia Juan José Campanella. Algunas películas suyas como El mismo amor, la misma lluvia y Luna de Avellaneda poseen la facultad de alterarme los nervios. Por edulcoradas, charlatanas, intensas, seudolíricas y babosas. Las asocio con las estomagantes sensaciones que me procura el cine de Garci, Coixet y Tornatore, aunque este último me haya descolocado hace unos meses con la fascinante La mejor oferta.

Me ocurrió algo parecido con Campanella al disfrutar enormemente hace cuatro años en el festival de San Sebastián con la muy negra, compleja, dura, romántica, extraordinaria El secreto de sus ojos. Consecuentemente, esperaba con ilusión su siguiente entrega. Se titula Futbolín y ha inaugurado el festival. De entrada, sientes curiosidad por las razones de este director para hacer cine de animación después de las múltiples ofertas que imaginas habrá recibido a raíz del gran éxito que logró El secreto de sus ojos. Deduces que obedece a su oculta y fervorosa vocación por los dibujos animados y no a razones tan fenicias como que actualmente son las películas de este género las grandes recaudadoras en la taquilla. O simplemente, por su sagrado derecho a hacer lo que le dé la gana en su obra. Como pasé mi adolescencia fumándome las clases y escapándome del colegio para jugar al futbolín y al billar, tengo razones personales y melancólicas para que el tema me interese. Y desde que unos tipos geniales fundaron Pixar, ver cine de animación supone un placer impagable.

O sea, que me acerco sin prejuicios a la presunta magia de Futbolín. Pero no la encuentro. Ni al principio, ni en el medio, ni al final. El guion es muy pobre, la pretendida gracia no aparece, la historia de ese chaval vulnerable y soñador, que se enfrenta en un partido trascendental y ayudado por los jugadores de su amado futbolín a una especie de Cristiano Ronaldo que ha regresado al pueblo para vengarse de haber sido derrotado una vez en la infancia, está contada de forma monótona y plana. Tengo otro problema grave con ella, y es que todos los personajes están doblados al castellano, excepto uno inequívocamente argentino de cuya boca salen continuamente sentencias y metáforas. Esa caricatura tiene cierta gracia, pero es lo único que te puede hacer sonreír alguna vez en una película que pretende en vano durante todo su metraje ser graciosa, tierna y exultante. Tal vez los niños capten su encanto. A mí solo me provoca aburrimiento, indiferencia y alguna cabezada. Eso sí, los dibujos y la animación están muy trabajados, la técnica es brillante. Y me pregunto: ¿Para qué sirve?

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