IDA Y VUELTA

‘Kitsch’ nacional

El 'kitsch' es un rasgo tan definitivo del patriotismo como la sobreabundancia de banderas

Manifestantes por la independencia de Cataluña, en Barcelona el pasado 11 de septiembre.

Observando algunas de las expresiones visuales del fervor independentista catalán he confirmado una intuición: el kitsch es un rasgo tan definitivo del patriotismo como la sobreabundancia de banderas. El kitsch es el imperio de los aspavientos incontrolados de la emoción y la sensibilidad, de la desproporción entre la sustancia y el envoltorio, del subrayado insistente, del golpe de efecto seguro por encima de la sugerencia. El kitsch se define por comparación porque su naturaleza es derivativa y parásita. El kitsch es al arte lo que la margarina a la mantequilla, lo que el arcopal a la loza, lo que la novela histórica a la historia, lo que Isabel Allende al mejor García Márquez (no el que se parece a Isabel Allende), lo que Norman Rockwell a Edward Hopper, lo que los anuncios turísticos de la Junta de Andalucía a la realidad de Andalucía, lo que Joaquín Rodrigo a Manuel de Falla, lo que el hotel Alhambra Palace de Granada a la Alhambra de Granada.

El kitsch regala literalmente todos los estremecimientos y las recompensas del arte sin el estorbo de ninguna de sus exigencias. El kitsch político promete la plenitud gozosa de lo colectivo sin los inconvenientes, las asperezas, las incertidumbres, las responsabilidades, los muy probables desengaños de la realidad vulgar, la ordinariez de las diferencias de clase. El kitsch es inseparable de la efusión nacional porque ésta consiste en la traslación a lo público de lo que en rigor pertenece al ámbito de las emociones privadas. El amor a la patria adquiere la vehemencia del amor a la madre. La comunidad de extraños que es el abrigo austero de la ciudadanía se caldea confortablemente para envolverlo a uno en la sagrada pertenencia a un pueblo. El kitsch nacional convierte los lazos objetivos de la ciudadanía en vínculos de sangre, creando un nosotros que será más compacto cuanto más arrecie la perfidia agresiva del enemigo exterior. En las ficciones del kitsch nacional, como en las del kitsch estético, la singularidad de las personas se disuelve en la pertenencia a grupos caracterizados de antemano y a los buenos se les reconoce tan de inmediato como a los malvados.

El ‘kitsch’ no repara en gastos: libre de la autocrítica y la burla, se instala directamente en lo sublime

El arte depura la emoción desordenada y subjetiva mediante sus severas exigencias formales. La democracia entibia las erupciones sentimentales y las marejadas de la opinión a través de las formas que dictan las leyes, de la separación de poderes, de la limitación de mandatos, del debate acerbo y la crítica. En el ámbito de la democracia hay tan poco espacio para las vaguedades y unanimidades del pueblo o los pueblos como en el arte o en la literatura para los estereotipos del kitsch. Ni la democracia ni el arte excluyen los sentimientos, pero no les dejan la última palabra. El kitsch exhibe la emoción y la alimenta exagerándola. Su presunta autenticidad la vuelve irrebatible. Cualquier objeción a ella se convierte en un ultraje; cualquier limitación formal es sospechosa porque atenta contra el valor supremo de la sinceridad. El kitsch no repara en gastos: libre de la autocrítica y la burla, se instala directamente en lo sublime.

El kitsch prospera en ese cruce de la sensibilidad atolondrada y el cinismo mercenario que explotan con tanto éxito los llamados creativos de la publicidad. Un anciano canoso y entrañable que amasa el pan con manos expertas sobre una vieja mesa de madera mientras suena de fondo una musiquilla pastoral sirve para anunciar una marca de tóxicos bollos industriales. Un padre camina de la mano de un niño por una playa al atardecer y nos están vendiendo un producto financiero que resultará una estafa consentida por la ley. Un vaquero rudo cabalga hacia el horizonte con objeto de difundir el tabaco rubio y el cáncer de pulmón. Una voz grave, estremecida, traspasada de nostalgia, nos sugiere la melancolía del invierno y del paso del tiempo y la dulzura del regreso para ofrecernos a continuación, sin miramiento ni escrúpulo, una marca de turrón.

Hay patriotas catalanes que se identifican con todas las causas emancipatorias que les parecen afines

Voces de publicidad de café, de turrón, de cuentas bancarias, se oyen en los anuncios que reclaman la independencia de Cataluña, recitando en penumbras que aluden a la opresión, al luto, al largo sufrimiento. Uno lo he visto protagonizado por el actor Juanjo Puigcorbé, que durante bastantes años ha sobrellevado el dolor por su patria cautiva mientras se hacía una carrera espléndida en el cine español y en la televisión española. En otro reconocí de inmediato la voz del acreditado cantante melódico Dyango, que puso fondo musical a muchos bailes apretados en las discotecas de la España opresora y pueblerina. Son voces muy semejantes, de una dignidad sobria, herida, anhelante, con un cierto vibrato de elocuencia poética. También hay una voz del kitsch patriótico andaluz, muy promovido por Canal Sur, una voz de haches muy aspiradas y entonación soñadora, con un fondo de esos refritos moruno-aflamencados a los que las autoridades expiden certificado de mestizaje, con una sugestión de chiringuito de playa y galbana clientelar.

El kitsch acumula sus efectos con la misma desenvoltura saqueadora con que el arquitecto historicista acumulaba arcos árabes, capiteles corintios, bajorrelieves asirios. Fue el afán patriótico lo que llevó a Chaikovski a despeñarse del todo en el kitsch añadiendo cañonazos y vuelos de campanas a la rimbombancia de la Obertura 1812. Con la misma pasión acumulativa, hay patriotas catalanes que se identifican con todas las causas emancipatorias que les parecen afines, con el fervor kitsch con que un espectador de ópera ve reflejados sus modestos contratiempos sentimentales en las tragedias desmelenadas de una soprano moribunda. El kitsch privado otorga la sensación de sentir y respirar al unísono con los grandes artistas; el kitsch nacional, la de compartir el sufrimiento de los más prestigiosos oprimidos: los bálticos invadidos y esclavizados por Stalin, los palestinos en los territorios ocupados, los judíos, por supuesto, los negros que marcharon sobre Washington en 1963 reclamando justicia social y derechos civiles. Al confort de la vida en un país de la Unión Europea se añade así el privilegio irresistible de la persecución, igual que entre las ofertas de un crucero se incluye a veces una representación conmovedora de Les misérables en el teatro de a bordo.

El kitsch hace claro y sencillo lo que es tan ambiguo en el arte como en la realidad, y si hace falta modela y corrige la realidad para subordinarla a una ficción exaltadora. Sobre mares de banderas ondeando a cámara lenta padres enérgicos levantan sobre sus hombros a niños que sonríen, tal vez vislumbrando desde arriba el sol ansiado de la independencia. Bajo una luz gris de comisaría de Berlín oriental un heroico adolescente catalán resiste con cara angelical y serena gallardía las amenazas de una fiscal tan sádicamente española que hasta se declara burgalesa. El kitsch privado tiene su gracia cuando un artista de talento le da la vuelta y se deleita en sus placeres ironizando sobre ellos, como hicieron memorablemente Manuel Puig o Terenci Moix. Vacunadas contra la ironía, inmunes al ridículo, hay personas que pasan la vida entera sumergidas en la melaza del kitsch, asombradas y admiradas de su propia sensibilidad, convencidas sinceramente de la autenticidad de su propio histrionismo. Alentado sin pausa por todas las estrategias de la propaganda y de la publicidad y por la fuerza abrumadora de los medios de masas, el kitsch nacional lleva al delirio colectivo.

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