EL LIBRO DE LA SEMANA

La palabra precisa

Por primera vez podemos hablar de una edición de cuentos completa de Robert Louis Stevenson

En la escritura de Stevenson nada sobra y nada se repite. / Getty Images

Robert Louis Stevenson, digámoslo una vez más, es el mejor contador de historias de la literatura moderna. En España ha sido abundantemente traducido, pero creo que esta es la primera vez que podemos hablar de una edición de sus cuentos verdaderamente completa, muy bien documentada además por José Antonio Molina Foix. El resultado es un volumen de esos que si se te cae sobre un pie, te lo parte, pero es un libro imprescindible en la biblioteca de todo aficionado a la lectura; sólo hay que extraerlo con cuidado cada vez que se vaya a utilizar.

Es un volumen que, por su variedad de asuntos y su incontestable belleza y emoción, yo me llevaría a la famosa isla desierta.

¿Cuál es el secreto de este formidable narrador? Veamos este texto: “El viento frío bramaba con lúgubre cadencia a través de las calles en forma de embudo, subiendo por la tortuosa calle mayor y rodeando la base del castillo, levantando pequeñas olas en el triste Nor’ Loch y sacudiendo los crujientes árboles hasta hacer caer más hojas marchitas que nunca. Las nubes vaporosas que pasaban a la deriva por delante de la luna creciente, tan pronto la ocultaban con su gris abrazo, como dejaban que cayera sobre aquella pintoresca ciudad antigua un trémulo destello de espectral palidez. Había helado bastante y todas las calles estaban resbaladizas; y a pesar del vendaval los rincones más resguardados del Loch se habían congelado en forma de hielo acuoso. Todo auguraba que nevaría antes del amanecer”. Es el comienzo del relato inédito en español El sótano de la peste. Nadie podrá negar la espléndida, precisa y concisa recreación de un ambiente. Pues bien, este relato lo escribió Stevenson a los 15 años.

En la escritura de Stevenson nada sobra y nada se repite y todo se reúne en torno a un autor cuya mirada singulariza y vuelve significativa la acción del relato. Stevenson no es un escritor psicologista o interiorista, no penetra en las almas de sus personajes como lo hace su admirado amigo Henry James, sino que lo fía todo al sentido de la historia, a la mirada capaz de descubrir siempre lo significante y al expeditivo uso de la palabra precisa. Como buen narrador, observa desde afuera, desde la acción, todas las señales que ordenan la historia que nos quiere contar; es la historia la que contiene y expone el sentido; no buscaremos complejidad en el desarrollo sino la presencia simbólica de una verdad inquietante, como sucede con el desdoblamiento de personalidad de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, uno de los últimos mitos literarios del mundo moderno.

La llave de la literatura de Stevenson es el estilo, que él mismo define así: “una telaraña, una pauta a la vez sensorial y lógica, una trama elegante y fecunda (…) ese es el fundamento del arte de escribir”. La imagen de la telaraña es buena porque está concebida para atrapar; la pauta que sea a la vez sensorial y lógica abarca toda la atmósfera de un relato, es el ritmo complejo de la expresión misma y el curso adecuado para acoger y desarrollar una trama; una trama cuya elegancia tiene que ver con el gusto y de cuya fecundidad depende el sentido del relato. Stevenson presta especial atención a la singularidad de la historia que cuenta, para lo cual dispone de un olfato certero, y dispone el escenario, que recrea con una calidad de descripción espacio-temporal extraordinaria y donde brilla con especial intensidad su instinto poético; los retratos de personajes, tan expresivos (valga como testimonio el de François Villon, los granujas que lo rodean y el señor de Brisetout en el relato Hospedaje para una noche o el del Sire de Maletroit, por ejemplo), la creación de tramas, el humor de fondo (todas las historias del príncipe Florizel y el coronel Geraldine) y, last but not least, su admirable sentido de la acción. Sí, porque la acción, en Stevenson, no es un mero acontecer para distracción y entretenimiento de lectores sino, antes que eso, el meollo mismo del relato.

El sentido del relato está mostrado en el desarrollo mismo de la acción y esta es una virtud que muy pocos poseen, es la virtud del auténtico narrador: entretiene, intriga, suspende el ánimo, inquieta, fecunda la imaginación y resuelve con maestría. Dice Stevenson del novelista: “En la medida en que imita, no imita la vida sino el lenguaje; no los hechos del destino humano sino la manera en que el actor humano destaca unos y oculta otros cuando habla de ellos”. Es una definición genial del arte de narrar. Y, junto a ella, este fragmento de una carta de Henry James, en que le solicita candorosamente “si no podría, en una novela, para ganarse el agradecimiento de un sincero admirador, fundir sus personajes en un molde un poco más abstracto y académico (…) y afinar los incidentes, no digo en una tonalidad más fuerte sino ligeramente más enérgica, como si fuera un episodio de una de las viejas novelas llamadas de aventuras”. Ahí tienen a Stevenson.

Cuentos completos. R. L. Stevenson. Edición y traducción de J. A. Molina Foix. Valdemar. Madrid, 2013. 1.246 páginas. 40 euros

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