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OBITUARIO

Slawomir Mrozek, maestro de la narrativa breve

El escritor polaco empleó un humor desencantado y cínico

Slawomir Mrozek, en 2004 en Varsovia.
Slawomir Mrozek, en 2004 en Varsovia.

El escritor, dramaturgo y dibujante polaco Slawomir Mrozek ha muerto en Niza a los 83 años, lejos de su país, como tantos otros ilustres escritores polacos que optaron por el exilio, con Gombrowiz a la cabeza, autor muy importante para él, según queda constancia en sus recientes Diarios. Tampoco Mrozek dejó de vagar de acá para allá a lo largo de toda su existencia, pues vivió en Italia, Alemania, Francia y México, tras abandonar su país en 1963, regresar en 1996 y dejarlo definitivamente a comienzos del nuevo siglo.

Hasta finales del pasado siglo, en España solo se tenía noticia de su teatro, sobre todo de un par de obras: Tango (1964), cuyo montaje en Madrid obtuvo en 1970 el premio El Espectador y la Crítica; y Los emigrados (1975), pieza escenificada por Wajda en el mítico Teatro Stary (Viejo) de Cracovia, que fue llevada luego al cine. Pero el origen de la difusión de su teatro en Occidente se debe probablemente a su presencia en el clásico ensayo que Martin Esslin dedicó a El teatro del absurdo (1962), aunque luego el autor polaco renegara de su encasillamiento en una etiqueta que no lo convencía, sin por ello dejar de estarle agradecido.

Quizá haya sido su obra narrativa, cuentos breves y microrrelatos, la que más seguidores haya cosechado entre nosotros, formando parte de una tradición de narradores centroeuropeos de la estirpe de Kafka, Brecht, Alfred Polgar o István Örkény, todos ellos maestros de lo breve y del humor negro. Mrozek se consideraba, de hecho, un escritor centroeuropeo más que polaco, aunque —como solía recordar— no escribió en otra lengua que la de sus padres, ni siquiera en francés, país en el que vivió tantos años y de cuya ciudadanía llegó a gozar.

Tras abandonar su país

en 1963, vivió en Italia,

Alemania, Francia y México

Resulta difícil, no siendo norteamericano, que un autor de cuentos extranjero consiga, primero, ser traducido en España; y luego, encima, que se le preste atención. Es demasiado pedir. Y aunque Seix Barral publicó en 1969 las sátiras que componen El elefante, podría decirse que su auténtico descubridor en nuestro país fue el escritor catalán Quim Monzó (su cuento La bella dorment es una pirueta a partir de otro del mismo título del autor polaco), quien convenció al editor Vallcorba para que lo publicara. Así, aparecieron en catalán, en Quaderns Crema, a partir de 1995, y posteriormente, en el 2001, en castellano, en Acantilado, hasta formar un total de 10 títulos. Es en estas cuidadas ediciones donde hemos leído libros como Juego de azar (2001), La vida difícil (2002, 1991), El árbol (2003, 1991), La mosca (2005) o la antología temática La vida para principiantes (2013), ilustrada por el propio autor.

Su narrativa se sustenta

en la sátira, en lo insólito

y paradójico

Su narrativa se sustenta en el humor y la sátira, en lo insólito, sorprendente y paradójico, en la intertextualidad, continuando una tradición que arranca con el surrealismo, la literatura del absurdo, o aquella otra que en España se tachó de inverosímil, pero que tiene mucho que ver con un tipo de humor desencantado y cínico que surgió en los países del Este, durante el régimen comunista, primero en forma de chistes orales. El objetivo de sus fábulas (con moraleja, pero sin pasarse, como escribe en La isla del tesoro) es la condición humana en general, los estereotipos y lugares comunes que le gusta cultivar; en particular el hombre del Este bajo el régimen comunista, y su singular adaptación a la economía libre de mercado. Pero tampoco se muestra más benévolo con la retórica democrática ni con la constante manipulación del lenguaje que, por ejemplo, ha convertido la pluralidad en un perverso relativismo.

Mientras disfrutamos leyendo a Mrozek, resulta difícil no recordar a autores tales como Ramón Gómez de la Serna, Jardiel Poncela, Mihura, Francesc Trabal, Pere Calders y Javier Tomeo, o los actuales Quim Monzó, Ángel Zapata o Poli Navarro, quien le dedica la sección con las piezas más breves de Los tigres albinos a nuestro autor y a Monterroso.

En El diario de un arribista escribió Mrozek que “vivimos en una época de guasa, autoironía y parodia”, y eso vale para el pasado y para nuestro presente rabioso, tanto en el este como en el oeste.