¿realidad o ficción? / marco incomparable

Islas desiertas llenas de libros

Que un lugar del Pacífico se llame Robinson Crusoe es el triunfo de la literatura y el turismo sobre la geografía

Isla Alejandro Selkirk. / Flickr: Tres Torres Author / Pato Novoa

Las palabras tienen vida propia. Seguimos diciendo que el Sol sale por el Este aunque sabemos desde hace siglos que el Sol no sale por ninguna parte porque es la Tierra la que se mueve a su alrededor. Por eso, aunque también sepamos que quedan pocas islas desiertas y que nuestras posibilidades de terminar en alguna de ellas sean más que remotas, cada tanto escuchamos una pregunta clásica: ¿qué libro te llevarías a una isla desierta?

El mero hecho de pensar que nos llevamos ese dichoso libro equivale a imaginar que lo metemos en la maleta antes de salir de viaje y lo sacamos al llegar a nuestro destino, es decir, que vamos de vacaciones, pero basta con escuchar juntas las palabras desierta e isla para que, irremediablemente, pensemos en naufragio. Mejor, en un náufrago: Robinson Crusoe. Que ese sea, además del título de la célebre novela de Daniel Defoe, el nombre de una isla chilena es otra demostración de que las palabras caminan por su cuenta. Hasta que en los años sesenta, y con la inestimable ayuda del Servicio Nacional de Turismo de Chile, la literatura triunfó sobre la geografía, las islas del archipiélago Juan Fernández llevaban el nombre que les había puesto el mismísimo Fernández, un navegante español del siglo XVI que, perdido en el Pacífico, se topó con tres ínsulas a las que llamó Más Afuera, Más a Tierra y Santa Clara.

Hoy las dos primeras reciben el nombre de Isla Alejandro Selkirk e Isla Robinson Crusoe, algo así como si Oviedo hubiera pasado a llamarse Vetusta a partir de la consagración de Clarín. O mejor, si unos llamasen a Oviedo Ciudad Regenta y otros, Ciudad Ana Ozores, porque el Selkirk real y el Robinson ficticio son el mismo. Selkirk fue un marino escocés que, tras rebelarse contra su capitán, fue abandonado en Más a Tierra en 1704. Allí pasó cuatro años solo hasta que un barco lo devolvió a Europa. Poco después Daniel Defoe construyó con sus aventuras la primera novela en lengua inglesa, la epopeya de un hombre moderno, es decir, de un individualista.

Defoe publicó su obra en 1719 y casi tres siglos más tarde, en el otoño de 2010, uno de los representantes más ilustres de la estirpe inaugurada por él, Jonathan Franzen, viajó hasta el archipiélago chileno para aislarse —qué si no— tras la extenuante promoción de Libertad y para esparcir allí parte de las cenizas de otro joven ilustre: su amigo David Foster Wallace, suicidado dos años antes. La crónica de aquel viaje está recogida en un volumen que lleva por título el viejo nombre de la isla Selkirk: Más Afuera. La editorial Salamandra lo publicó hace unos meses en traducción de Isabel Ferrer. Sabemos que, junto a las cenizas de Foster Wallace, Franzen llevaba una edición de bolsillo de Robinson Crusoe. La elección parece obvia —es el libro de la isla desierta al cuadrado—, pero tan solo sirve para un lugar así. Por eso sigue en pie, por los siglos, esa pregunta a la que, socarrón, G. K. Chesterton respondió diciendo que a la famosa isla él se llevaría un manual para la construcción de veleros.

A los curiosos que se hayan preguntado si Robinson tenía algo que leer en su bendita isla les diremos que sí. En el capítulo cuarto del relato, el náufrago rescata de su barco encallado —al personaje no lo abandonan: la ficción es menos cruel que la realidad— varios mapas, tratados de navegación, devocionarios, un puñado de libros portugueses cuya identificación sigue entreteniendo a los eruditos 300 años después y tres biblias.

La Biblia es clave, y no solo por ser el libro de los libros o porque sea el único que supera a Robinson Crusoe como el más leído de la historia en inglés; es clave porque es un fijo de las islas desiertas. Y más si son misteriosas como, efectivamente, La isla misteriosa, la novela que Julio Verne publicó en 1875 y cuyos protagonistas llegan accidentalmente en globo a la isla Lincoln, por cierto, inexistente. Allí les hará llegar el Capitán Nemo un arcón con un atlas, un diccionario de lenguas polinesias, una enciclopedia de ciencias naturales y, por supuesto, una Biblia. Chesterton firmaría esa lista.

En el fondo, el inefable libro de la isla desierta tiene algo de aviso de la fragilidad de todo lo que necesita enchufes, ebooks incluidos. También algo de antídoto contra el dulce veneno de los récords mundiales: lo más visto, lo más vendido, los fologüers de Twitter… Julio Verne nos cuenta que Nemo guardaba en el Nautilus 12.000 volúmenes. La mitad que el propio Verne en su vivienda de Amiens, pero un número astronómico si pensamos que en la supuesta casa natal de Leonardo se exhibe una lista con los libros que, Gutenberg mediante, formaron su biblioteca. Solo son 75, pero no faltan Tito Livio, Plinio, Ovidio, Lucano o San Agustín. Destilada por la pobreza o por la inteligencia, la del genio de Vinci se parece mucho a aquella biblioteca que recordaba Monterroso en sus memorias de infancia: era tan mala que solo tenía libros buenos. De wifi, por supuesto, ni hablamos.

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