Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN

Más papista que el Papa

A este pontífice le espera un porvenir glorioso en su faceta de autor 'bestselérico'

Ya he dicho en alguna ocasión que a mí el papa Francisco me cae bien. Me agrada su desparpajo, su afán de transparencia, sus ganas de acabar con los lobos pederastas con piel de sotana y su voluntad de limpiar lo que hiede a podrido, empezando por las finanzas vaticanas y siguiendo por los comportamientos mafiosos de ciertos funcionarios y trujamanes levíticos enquistados en los engranajes de la burocracia de San Pedro. Celebro que aproveche cada una de sus salidas para montar, con los medios muy atentos, un numerito regenerador y poner en su sitio a la jerarquía inmovilista. Me complace su vena social y tercermundista (estuvo estupendo en la favela Manguinhos dirigiéndose a quienes “no tienen más que su pobreza”), su comprensión de los indignados, su apuesta por la laicidad del Estado, su elaboradísimo sentido del espectáculo de masas, sin duda influencia de su compatriota Eva Perón: ahí tienen, por ejemplo, ese viacrucis futurista (había momentos que parecía una coreografía de Lindsay Kemp) que le montaron los jóvenes en la playa de Copacabana y que fue visto por los agnósticos como una especie de macrofiesta carioca, como si se tratara de un anticipo de la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de 2016. Me privan incluso sus simpáticas contradicciones intelectuales, como que haya declarado en más de una ocasión que le fascina Dostoievski, obviando, por ejemplo, aquel relato sobre “el Gran Inquisidor” que Iván Fiódorovich Karamázov le cuenta a su hermano (y monje novicio) Aliosha en el ambiguo y enigmático libro V de Los hermanos Karamázov, y que constituye una de las más feroces invectivas literarias jamás lanzadas contra la Iglesia de la que él es hoy cabeza visible. Total que, a este paso, me voy a convertir en uno de aquellos fanáticos y rabelesianos papimanos que tanto llamaron la atención a Pantagruel y sus amigos en uno de sus desembarcos en islas ignotas (Gargantúa y Pantagruel, libro V). Por lo demás a este pontífice también le espera un porvenir glorioso (espero que no le pase como al pobre Juan Pablo I, que también era reformista) en su faceta de autor bestselérico. Su primera encíclica, Lumen fidei, ya se ha encaramado a la lista de más vendidos en muchos países con mayoría católica. En España por partida doble, en Editorial San Pablo y en Ediciones Palabra, y con precios respectivos de 2,90 y 3,30 eurillos, es decir, más baratos que si fueran e-books de chicha y nabo. En cuanto al Gran Inquisidor, les anuncio que Alba publicará este otoño Los hermanos Karamázov, la novela más adorada y odiada del gran autor ruso. Lo único que me inquieta un poco es que la nueva versión española haya corrido a cargo de tres traductores: Fernando Otero, Marta Sánchez-Nieves y Marta Rebón; espero, en todo caso, que el resultado esté a la altura habitual de esa colección tan cuidadosamente dirigida por el novelista Luis Magrinyà.

Año

Desde hace tiempo se llevan los ensayos históricos transversales: se elige, por ejemplo, un año particularmente significativo (1492, 1789, etcétera) y se cuenta qué pasó y dónde, y cómo los distintos acontecimientos y manifestaciones culturales se relacionan entre sí. Unas veces la investigación es universal y se refiere también al mundo extraeuropeo, un ámbito que a menudo se ignora como si, en pleno auge de la globalización, todo lo que esté más allá de los Urales o al sur del estrecho de Gibraltar siguiera siendo “terrae incognitae”, como en la época de Marco Polo. Otras, como en el excelente Moscow 1937, de Karl Schlögel (cito el título de la traducción inglesa, publicada en Polity), se focaliza el momento elegido (en este caso, el apogeo del estalinismo) en la capital del mundo comunista. O, como hace Kevin Jackson en Constellation of Genius (Hutchinson), se elige 1922 y se decide que ese fue precisamente el año clave del modernismo (entendido en sentido anglosajón), consignando qué estaban haciendo mes a mes sus protagonistas más conspicuos. En realidad, el resultado de tales investigaciones conforma a menudo un incompleto fresco que adolece de impresionismo y, a veces, de algo peor: con frecuencia los autores se olvidan de que “el pasado es un país extranjero, allí hacen las cosas de modo diferente”, según la conocida sentencia de L. P. Hartley, y proyectan sobre el año elegido sabidurías y conocimientos muy posteriores; es como si reconstruyeran el pasado con un patrón previo al que todo debiera amoldarse. Un año que últimamente ha resultado privilegiado es 1913, quizás porque la proximidad de la conmemoración de la primera gran carnicería mundial lo hace particularmente atractivo para los historiadores. En 1913: the World Before the Great War, publicado por Bodley Head, Charles Emmerson estudia el clima social, cultural y político de 23 ciudades significativas —de San Petersburgo o Shanghái a Nueva York o París, para intentar “congelar” ese momento previo al apocalipsis bélico. Más atractivo —el libro se ha convertido en un pequeño bestseller internacional—, es 1913, un año hace cien años (Salamandra), de Florian Illies, compuesto a partir de viñetas narrativas inteligentemente diseñadas y elegidas en las que se presta atención, sobre todo, a la efervescencia cultural del momento a través de sus grandes figuras: dónde y qué estaban haciendo tal mes de aquel año gentes como Proust o Chaplin o Stravinski o Beckman o Freud o Musil o Schiele o Trakl o Kafka o Schönberg, por sólo citar una mínima parte de las “celebridades” cultas citadas. Breves escenas que, todas juntas, captan de modo atractivo (y con guiño a lectores “enterados”) un cierto Zeitgeist de efervescencia cultural y cambio (la traducción inglesa se titula 1931, el año antes de la tormenta). Por lo demás, Turner publicará a principios de noviembre 1914, de la paz a la guerra, última obra de la gran historiadora canadiense Margaret MacMillan (autora del imprescindible París, 1919: seis meses que cambiaron el mundo, Tusquets, 2005), sin duda el libro más esperado internacionalmente sobre la Gran Guerra.

Devolución

Lo que son las cosas. El Ministro de Cultura ruso, Vladímir Medinski, ha dado las gracias al FSB (el servicio de seguridad heredero del KGB) por haber “conservado y transmitido” el manuscrito de Vida y destino, la gran novela de Vasili Grossman (Galaxia Gutenberg), que la temible policía política del Estado había confiscado en 1961 y mantenido secuestrado hasta ahora. El libro, prohibido en la URSS hasta 1988, fue publicado originalmente en Ginebra en 1980 en ruso y traducido después al francés y a otras lenguas. El manuscrito y los papeles de Grossman —más de 10.000 páginas dactilografiadas, notas, esbozos, apuntes, fotocopias— han sido “transmitidos” a los archivos literarios del Estado, donde podrán ser estudiados. Los fondos literarios del KGB, donde, según creen algunos investigadores todavía deben “conservarse” importantes documentos, fueron minuciosamente investigados por Vitali Shentalinski en una trilogía compuesta por los volúmenes Esclavos de la libertad, Denuncia contra Sócrates y Crimen sin castigo, publicados en España por Galaxia Gutenberg.