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SILLÓN DE OREJAS

La canción del verano

'El canon del jazz' es un libro que no debe faltar en el fondo de armario del aficionado al jazz

La canción del verano

Parafraseando —o, más bien, destrozando— un famoso verso de Pere Gimferrer, tiene el verano su canción como el amor sus símbolos. La de 2013 destaca en intensidad y alcance sobre las de años anteriores, a pesar de presentar el inconveniente de que no termina nunca de revelar toda su letra. Se trata, podría decirse, de una canción “en progreso”, como en el ámbito de la novela lo era aquella rompedora y divertidísima Larva (Babel de una noche de San Juan), de Julián Ríos, de cuya publicación hace ahora treinta años, aunque —ay— casi todo el mundo se haya olvidado de ella y sea tan difícil encontrarla en las librerías. La del compositor Luis Bárcenas se emite desde los austeros estudios de Soto del Real y, como toda canción que se precie, tiene un destinatario implícito, aunque el interesado no se da por aludido, y no solo no la tararea, sino que permanece mudo y mirando hacia otro lado, por más que la melodía atruene a su alrededor.

Hace poco Julio Llamazares me recordaba que las dos grandes contribuciones españolas a la historia de los géneros literarios habían sido la picaresca y el esperpento. El interminable canticio de Bárcenas participa de las características de ambos modos de reflejar la realidad-real (y cutre) de este país de nuestros desvelos que algunos se empeñan en usar como finca privada. Y, además, la tonada barceniana siempre reserva alguna sorpresa, tal como prometía aquella otra canción popularizada por Sinatra (por cierto: fue la última que el hijo más ilustre de Hoboken cantó en público) que aseguraba que “lo mejor está todavía por llegar” (The Best is Yet to Come: escúchenla gratuitamente en YouTube; de nada).

De modo que, como ya había hecho en otros momentos cruciales de la historia reciente, cada día me cuelgo a la radio y me empapelo de diarios para escuchar el desarrollo de la cantilena, de su letra y de su música, sin lograr quitarme de la cabeza que, quizás, lo mejor esté todavía por llegar. Mientras tanto, escucho muchas de mis canciones favoritas, de las que ahora puedo enterarme de sus orígenes e historia gracias a Ted Gioia, que describe 250 temas memorables (incluyendo, por supuesto, esos estándares que todo el mundo conoce) en El canon del jazz (Turner), uno de esos libros que no deben faltar en el fondo de armario de todo buen aficionado al jazz. En cuanto a la canción de este verano, les confieso que no siempre la escucho con la debida distancia crítica: cuando siento que la dialéctica de las revelaciones y los silencios culposos van más allá de la picaresca y el esperpento, y muestran la profundidad de la sentina en que nos están sumergiendo las practicas corruptas y antidemocráticas, me dan ganas de —utilizando una expresión de Julián Ríos— salir a la calle y atablarrasarlo todo. Pero paciencia y a barajar, que nada dura eternamente. ¿O sí?

Palo

A lo peor me voy haciendo más desconfiado y quisquilloso, pero lo cierto es que me llama la atención que, a estas alturas, la Federación de Gremios de Editores (FGE) no haya dicho todavía esta boca es mía acerca de las cifras de comercio interior de la industria del libro. Las últimas de que disponemos son las correspondientes a 2011, que reflejaban un descenso de la facturación, en euros corrientes, de un 4,1% respecto a 2010. El retraso en publicar los datos de 2012 —otro annus horribilis para el negocio— puede deberse a que, con toda probabilidad, serán peores. Las previsiones calculan un descenso del 10%, lo que sumado a los de los últimos cinco años, elevarían las pérdidas totales a más del 30%. Todavía recuerdo cómo, a la altura de 2008, a algunas gargantas profundas del sector se les llenaba la boca asegurando que la crisis financiera iba a afectar poco al negocio y que, al fin y al cabo, el libro era un “valor refugio”, al que la gente seguiría recurriendo como el instrumento de ocio más económico.

Tan económico que para algunos se ha convertido en gratuito: en los últimos años, coincidiendo también con la extensión de la crisis, la piratería se ha incrementado exponencialmente: se calcula que 7 de cada 10 usuarios de libros electrónicos los consiguen ilegalmente. Y para muchos la piratería se ha convertido en un juego: hace pocos días uno de esos cazadores furtivos de e-books me ofreció enviarme un fichero, perfectamente clasificado por temas y autores, con más de mil libros, en su mayor parte pirateados, que, a su vez, le había enviado un amigo suyo. Supongo que a los bucaneros les gusta acumularlos por si un día son abandonados en una isla desierta y les queda mucho tiempo libre para leerlos.

Claro que tampoco los editores se deciden a bajar los precios de los e-books legales, que en este país resultan escandalosos. O, quizás, todo tenga que ver con el espinoso asunto del precio fijo, una norma llena de buenas intenciones a la que la globalización y el desarrollo del mercado mundial del libro podrían haber dejado necesitada de una profunda revisión; en todo caso, aquí nadie se atreve a tirar la primera piedra, por más que algunos lo estén deseando. En cuanto a lo de los datos del comercio interior, tal vez la FGE —que en los últimos años venía haciendo un encomiable esfuerzo por mejorar su política de comunicación— haya decidido esperar a proporcionarlos en la rentrée o en el próximo Líber. Y quizás, también, allí la mala noticia pueda difuminarse con la buena: al parecer, nuestras exportaciones de libros van viento en popa.

Ricoeur

Trotta, sin duda uno de los sellos con un catálogo más coherente y distintivo en el actual panorama editorial español, continúa publicando las obras de Paul Ricoeur (1913-2005) en el año en que se conmemora su centenario. A obras mayores imprescindibles como, entre otras, La metáfora viva o La memoria, la historia y el olvido, le siguen ahora una serie de trabajos de extensión breve y de origen circunstancial que se publican bajo la rúbrica general de “escritos y conferencias” y que permanecían más o menos ocultos en los archivos del fondo Ricoeur (puede visitarse en www.fondsricoeur.fr, donde el lector encontrará una breve biografía y una útil bibliografía del filósofo).

El primer volumen, En torno al psicoanálisis, recoge una serie de textos publicados a lo largo de cuatro décadas (y difíciles de encontrar) en los que Ricoeur da cuenta de su continua y atenta lectura de Freud y de su preocupación, de carácter primordialmente hermenéutico, por el psicoanálisis y su ambiguo estatuto como “ciencia”, una cuestión a la que dedica buena parte de los textos aquí reunidos. En otros artículos, más extrapolables a cuestiones de teoría de la literatura, explora el lugar del relato en la terapia psicoanalítica, adelantando cuestiones e interrogantes que desarrollará mucho más pormenorizadamente, y desde otros puntos de vista, en los tres volúmenes de su obra Tiempo y narración (1983-1985; traducción española en ediciones Cristiandad, 1987), en la que insiste en que la única manera de pensar la temporalidad es por medio del relato, en sus dos modalidades de ficción o narración histórica.