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La venganza de los ‘nerds’

La aparición de Astro en el mapa del indie chileno, confirma a la escena de ese país como la más atractiva y evolucionada de Sudamérica en la actualidad

La banda chilena de rock alternativo Astro al completo.
La banda chilena de rock alternativo Astro al completo.

Un día antes de que Los Tetas, el grupo insignia del funk chileno, regresara a la capital argentina, tras haberse alejado de los escenarios durante una larga temporada, Astro, la gran sensación del pop de la patria austral en la actualidad, celebraba en la misma sala de conciertos, Niceto Club, la edición nacional de su primer álbum. El disco, titulado igual que el cuarteto, fue lanzado originalmente en 2011, durante su tercer show en Buenos Aires en menos de un año. Y es que el combinado creado en 2008 se transformó en un fenómeno que creció de forma violenta en los últimos meses, tras la apertura que labraron los juglares de la canción indie del otro lado de la Cordillera de los Andes, Javiera Mena y Gepe, quienes eligieron a la capital porteña como vitrina para su despegue internacional antes de la conclusión de la década pasada. Ni siquiera Los Prisioneros, la agrupación más popular en la historia de la cultura rock del vecino país, pudo instalarse en la megalópolis porteña de la forma tan contundente como el conjunto de vástagos de la Generación Y.

“Esto recién empieza”, advierte Andrés Nusser, vocalista, tecladista y guitarrista de la banda santiaguina. “Sin haber hecho promoción y sin editar el disco aún, en Centroamérica nos ha ido muy bien, al igual que en México. Y en agosto vamos a tocar en el Lollapalooza de Chicago (lo hará en la jornada de cierre del evento, junto a sus compatriotas DJ Raff y Bitman)”. Al mismo tiempo que disfruta de una popularidad en ascenso en el resto de América Latina, Astro todavía es un artista por descubrir en su propio terruño. “Lo conocido son las estrellas de cumbia que siempre llenan estadios. Américo, que es un baladista romántico, o Los Tres y La Ley, las dos últimas grandes agrupaciones de rock que hubo en el país. Nosotros, y la escena de la que formamos parte, estamos en el medio de todo eso”, cavila el otro tecladista y cantante del grupo, Daniel Varas (también conocido con el álter ego de Zeta Moustache). “Chile es particular porque es un muy buen consumidor de cosas foráneas, y las respeta. Más allá de lo musical, la cultura local absorbe bastante del medio internacional. Así supieron quiénes somos”.

Si bien en la década del ochenta, e incluso en la del noventa, Chile —cuya tradición en pop y rock es larga, aunque padeció las limitaciones de la dictadura militar de Augusto Pinochet— miraba con pasmo, solemnidad y hasta con deseo a su vecino austral. Argentina en aquella época ostentaba, en propuestas artísticas y en mercado, la movida que dictaba cátedra en América Latina. A partir de la década pasada los roles han ido cambiando. “Existe una renovación generacional, y eso se ve en todas las aristas de lo que tiene que ver con la música. La proliferación de eventos masivos, algunos de ellos dedicados exclusivamente a artistas nacionales, y la importación de festivales internacionales del tamaño de Lollapalooza, puso al país en un circuito más grande. Y trajo una paleta de exponentes de nombres foráneos que ha influido en los de acá”, asegura Nusser. “Hay una cuestión de globalización que está bien aceptada. No existe ya ese Chile con tintes nacionalistas, en términos culturales. Me parece que es un fenómeno positivo que los nichos se abran a todas las músicas. Estamos muy bien conectados al mundo a través de la Internet”.

En 2006, antes que en su propio país, Javiera Mena publicó a través del sello argentino Índice Virgen su debut discográfico, Esquemas juveniles. Este trabajo marcaba, junto a Gepinto (2005) de Gepe, el nacimiento de una nueva avanzada en Chile. “No sé si tenemos una relación directa. Aunque en términos sustanciales llegamos a los mismos lugares, no lo hicimos a través de ellos dos”, explica el vocalista y multiinstrumentista de 29 años. “En los últimos años, han surgido muchas propuestas distintas, hay agrupaciones y solistas chilenos haciendo cosas lindas, diferentes y bien interesantes como Holy Drug Couple, los Protistas, Denver, los Ases Fasos, Alex Anwandter y Pedropiedra. Lo que nos une a estos exponentes son las ganas de hacer música bonita, de poder organizar shows, y de tratar de mejorar con los pocos recursos que tenemos. Hablo por todos estos artistas. Ninguno es millonario, ni tampoco hay una industria tan sólida que pueda financiar estos emprendimientos. Estamos en la pelea, pero es bonito porque estos proyectos los va construyendo uno mismo”.

Al mismo tiempo, el otro rasgo que atraviesa a esta avanzada de artífices, en la que coexisten además noveles alquimistas de la electrónica del talante Lainus, es su comunión con el pop. “Ese lenguaje está en casi todas estos artistas, aunque está la variante indie, en la que calamos nosotros, o más a la vena, en donde destaca Javiera Mena”. Aupada por el regreso de la democracia, la escena de la nación sudamericana experimentó en los noventa un florecer en el que se amplió el espectro de propuestas. En la segunda mitad de la década de 2000 desaparecieron tótems erigidos como Los Tres, cuarteto que ostentaba un repertorio que giraba en torno al rockabilly, al rock and roll y al folclore. Pero esto coincidió con un recambio estético en la música popular contemporánea chilena, impulsado por el under santiaguino, que se conectó con el pop criollo de los ochenta. Jorge González —cacique de Los Prisioneros y quien acaba de editar un más reciente disco en solitario, Libro— es su principal referente. “Creo que esta movida puede ser la continuación de ese esfuerzo, pues hubo una etapa oscura entre esas bandas y lo que sucede en este instante”.

Ahora mismo, Nusser trabaja en el repertorio de la segunda producción de estudio de su grupo, que reincidirá en ese pop de sintetizadores en el que la canción se expande (amén de iluminarse) de forma progresiva. “El primer material (NdelR: se refiere al EP Le disc de Astrou, de 2009) se hizo con una laptop y muchos software, y el segundo es una mezcla de eso con el trabajo en el estudio, así que lo que va a venir nacerá en la sala de grabación. No obstante, en esta época estoy obsesionado con que el futuro es el revival de la música de Enya. Esa es la clave, y me huele que eso va a ser fuerte en los próximos años”, adelanta el exponente que figura entre los invitados de Carnaval (2013), el flamante título del trío argentino de electrónica Poncho. “El álbum que está en la calle resume las posibilidades técnicas, pues pone sobre la balanza cómo poder hacer música con la menor cantidad de cosas. Tener a tu disposición un estudio completo, y saber minimizar esos recursos, lo que como compositor me estimula a hacer mejores temas. Intenté crear canciones pop que fueran un poco extrañas y especiales, pero que no sonaran raras”.

Aunque hoy es un disco celebrado, el primer título de Astro (editado en 2012 en España por intermedio de la plataforma Charco y la editorial Canada) al principio le valió el mote de “MGMT chileno”. “Fue un poco desmotivador”, reconoce Zeta, mientras que Andrés pone paños fríos al símil: “Está todo bien, son influencias, así como hay otras. Sin embargo, nadie se detuvo a pensar que Genesis y Yes marcaron nuestro sonido, al igual que Deerhunter. Astro no fue identificada desde sus comienzos como una agrupación con una identidad social nacional, pues no somos una nueva versión de algo que haya pasado en Chile. La comparación más directa que nos hicieron fue con Los Jaivas, sacándole el componente folclórico, por supuesto. Ahí es donde aflora la reticencia del chileno a querer aceptar algo, y no entiendo por qué. Cinco años después, a la banda le va increíble. Somos los que más tocamos en el extranjero, y no cambiamos el discurso en nada. Y todavía hay mucho para hacer. No somos el mejor grupo del mundo, pero hay un equipo que trabaja y que trata de hacer las cosas bien”.

A pesar del tiempo que les tocó vivir a los integrantes del cuarteto capitalino, su discurso no tiene otro compromiso más que con la música. “Somos una banda sin ataduras ni causas. Aunque me tilden de hedonista, prefiero hacer temas inspirados en lo imaginativo, en historias fantásticas o fábulas antes que en el movimiento estudiantil. Quizá el único mensaje que tenemos es ecológico, pero inclusive es de segunda vuelta, porque no estamos pidiendo que salven a las ballenas o a los árboles, sino expresando que son bonitos. Es erróneo pensar que una banda tiene una responsabilidad social: su único compromiso es artístico”, afirma la voz líder de Astro. “Chile es en este momento una nación de subculturas muy fuertes, de nichos, de personas que piensan distinto. La gente más vieja es la que vive el tema de la dictadura, a diferencia de las generaciones más jóvenes, que no lo consideramos tanto, lo que significa que es bueno porque el país se está reunificando. No somos los indicados para manifestarnos acerca de la política ni de nada, porque somos un grupo de ‘nerds’ que sólo sabe hablar de música”.