‘Rayuela’, ¿cursi o clásico?

Escritores hispanohablantes de varias generaciones analizan Rayuela, de Cortázar, que hoy cumple 50 años

Cristina Peri Rossi: “Acertó a retratar la sensibilidad de la generación del 68”.

Damián Tabarovsky: “Nació cursi, llena de recursos demagógicos”.

Julio Cortázar, en Madrid en 1983 / Raúl Cancio

En una carta de 1958, Julio Cortázar cuenta que ha terminado la novela Los premios y que piensa en otra más ambiciosa que será, se teme, “bastante ilegible”, una especie de “resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos”. Un año más tarde dice que está escribiendo una antinovela. Más tarde dirá que prefiere el término contranovela. Aun en estado embrionario Rayuela generó un sinfín de definiciones a cargo de su propio autor: libro infinito, gigantesca humorada, bomba atómica, grito de alerta, el agujero negro de un enorme embudo… Luego llegarían esos lectores que el escritor nunca quiso pasivos. .

Mandala pop. Igual que Julio Denis fue el pseudónimo con el que Cortázar (1914-1984) publicó su primer libro en 1938 -Presencia, un conjunto de sonetos-, Mandala fue el primer título que le puso a Rayuela “hasta casi terminado”. El definitivo le pareció más modesto y comprensible sin necesidad de conocer “el esoterismo búdico o tibetano”. Además, eran lo mismo: “una rayuela es un mandala de-sacralizado”. En algunas cartas la llama La rayuela.

Rayuel-o-matic. Rayuela está formada por 155 fragmentos que el lector puede combinar a su antojo. Además del orden en el que se edita habitualmente, Cortázar -que empezó el libro redactando el actual fragmento 41º- incluyó en las primeras páginas un “tablero de dirección” que arranca en el 73º. Además, en La vuelta al día en ochenta mundos (1967) recogió la descripción del Rayuel-o-matic, una máquina para leer Rayuela inspirada en las máquinas “célibes” de Marcel Duchamp y Raymond Roussel.

Apocalipsis de san Julio. Cuando de publicó en 1963 unos dijeron que era un libro desvergonzado y otros lo acusaron de europeizante; alguien afirmó que era la declaración de independencia de la novela latinoamericana y alguien más que si dentro de ella El siglo de las luces –publicado por Alejo Carpentier un año antes- era el génesis, Rayuela era el apocalipsis.

El libro del 68. Por teléfono, desde su casa de Barcelona, Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941), amiga de Cortázar, explica qué supuso Rayuela para la gente que tenía poco más de 20 años cuando se publicó: “Es la novela emblemática de la gente del 68. La leímos con el telón de fondo de los movimientos revolucionarios en Europa y América Latina. Toda una generación se identificó con el libro. Todas las mujeres querían ser la Maga. Todos querían vivir en Paris y Buenos Aires. Acertó a retratar una sensibilidad. Es cierto, teníamos 20 años, hoy tenemos 70 y muchos han traicionado esos valores. Un amigo pintor argentino me decía hace poco que ya no se identificaba con Rayuela. Yo le respondía: ‘Porque en el 63 tenías 20 años, eras pobre y revolucionario; ahora eres famoso, burgués y te hacen exposiciones retrospectivas’. ¿Que el mundo ya no es así? Tampoco es como la Troya de Virgilio. Si hubiera que dar un libro a los marcianos para explicarles cómo era el mundo en esos años les daría Rayuela”. Y pasa de la sociología a la literatura: “En Rayuela cristalizaron rupturas de la estructura y el lenguaje que venían de antes (de Mallea, de Arlt) pero que habían naufragado. Además, dentro de la vieja polémica latinoamericana entre literatura rural y urbana, Rayuela es la novela urbana por excelencia. En literatura no hay progreso, pero fue un hito. Claro que se puede escribir como antes de Rayuela, pero serán eso, novelas de antes de Rayuela”.

Cataclismo para jóvenes indignados. José María Guelbenzu (Madrid, 1944), que relee estos días Rayuela, cuenta que la leyó en uno de los primeros ejemplares que llegaron a España: “Yo era un joven escritor indignado con el mundo literario español, que era oficial, realista, barroco o social. En ese contexto, Rayuela fue un cataclismo, el encuentro con la libertad de la literatura. En El mercurio (1968) hay un homenaje a Cortázar y otro a Joyce, los dos autores que me abrieron el mundo a algo distinto que la alicorta tradición española. La apertura a un mundo que no tiene confines. Es un acto literario total, una muestra de anarquismo literario en el que se da la unidad entre fondo y forma. Además, desencadena el gran movimiento hacia el lector, le obliga a construir la novela”. Y de la literatura a la sociología: “Hay quien dice que fue un libro de su momento, que no es una novela sino un montón de cosas juntas. No estoy de acuerdo. El hombre contemporáneo pisa el terreno de la inseguridad y Rayuela es la respuesta y la resistencia a esa inseguridad, el relato de una vida a través del desorden y la mitomanía, un viaje sentimental en busca de la lucidez. Por eso gusta tanto a los jóvenes, sigue siendo una obra maestra y hoy sigue siendo rompedora”.

Un juguete sofisticado. A Agustín Fernández Mallo (A Coruña, 1967) le faltaban cuatro años para nacer cuando se publicó Rayuela. No la ha vuelto a leer entera desde la primea vez pero de cuando en cuando hace “catas selectivas”. Conclusión: “funciona muy bien a trozos, tienen una entidad poética al margen de la narrativa”. En su opinión, la novela de Julio Cortázar “abrió una vía al experimentalismo y al uso de la cultura popular sin tapujos, sin esa condescendencia que se usa para quedar bien. En Cortázar era algo vivido, real, no un artefacto montado ad hoc. Su influencia la admite la mayoría de los escritores españoles de mi generación”. ¿Es un libro de su momento, es decir, de hace ya medio siglo? “En los sesenta se leyó en una clave política –sobre el exilio y el desarraigo- que se fue desdibujando con el tiempo, pero en estos tiempos convulsos podría rehacerse perfectamente esa lectura política y funcionaría”.

Mercedes Cebrián (Madrid, 1971) tampoco la ha vuelto a leer desde que lo hizo a los 17 años, por eso insiste en que sus comentarios se refieren a aquella primera impresión. Ahora, dice, está curada de espanto, “vieja” (?), no querría parecer naïf. ¿Y a los 17? “Rayuela es una novela de formación esencial para un escritor en lengua castellana. Aprendes de todo, carpintería, bricolaje. Enseña también que la literatura no es solo seriedad, que puede ser un juego, que en una novela cabe lo que tú quieras. Me da pena pensar que ya no la podría releer con la ilusión del descubrimiento. También un juguete sofisticado muy útil para bajarles los humos a los descubridores permanentes de artefactos que piensan que lo último de lo último es decirle a alguien en la página 10, pase a la página 48”.

Contra Rayuela. Desde la Argentina, por correo electrónico, Damián Tabarovsky (Buenos Aires, 1967) rompe contundentemente la devoción cortazariana: “¿En qué momento Rayuela se convirtió en un libro leído en la adolescencia y nunca jamás en la adultez? O más aún, ¿en qué momento pasó a ser un texto adolescente? No lo sé. Sé, en cambio, que para mí, y para muchos de mi generación Cortázar significa esa época de la vida en que nos pasan cosas vergonzantes: decir que nos gustaba Cortázar es una de esas. De hecho, a mí nunca me pasó, pero sí me ocurrió con Roberto Fontanarrosa, que vendría a ser lo mismo, pero peor. Para mí, y a para muchos de mi generación, Rayuela nació ya cursi, remanida, llena de recursos demagógicos, y, casi me animaría a decir, sociológica: encarna –igual que Sábato en otro extremo- el gusto de una clase media urbana argentina que se imaginaba en ascenso social, que suponía que, vía a Cortázar y otros como él, accedía a la alta cultura, a la divulgación de la vanguardia francesa, al último grito de la moda de la novela moderna. También expresa el último estertor en que París se pensaba a sí misma –y las clases medias argentinas lo creían- como la capital cultural del mundo. Todo eso terminó, y ahora la clase media argentina sueña con ir de compras a Miami. Y la literatura ya no le importa a nadie”.

De cronopio a clásico. Alfaguara acaba de publicar una edición conmemorativa de Rayuela que incluye una selección de cartas de Cortázar en torno a su escritura, publicación y recepción.

En 1991 Julio Ortega y Saúl Yurkievich publicaron una monumental edición crítica en la colección Archivos de la Unesco.

Tres años antes la editorial Cátedra había publicado una edición de la novela en su colección de clásicos Letras Hispánicas a cargo de Andrés Amorós, que recuerda ahora que aquel trabajo fue el fruto de su admiración por un libro del que llegó a saberse fragmentos de memoria. “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes…” recita por teléfono citando el arranque del 68, escrito en gíglico, un lenguaje inventado por Cortázar que lleva al extremo su experimentalismo. Amorós fue uno de sus primeros defensores en España y no se cansa, dice, de leer Rayuela, pero avisa respecto al humor, el juego y la ironía que contienen sus páginas: “No se puede hacer escuela de eso”.

En 1962, en una carta, Julio Cortázar escribió: “Nadie es clásico si no quiere. Los profesores pueden pegarle la etiqueta, pero él (y sus libros) le escupen encima. Yo soy siempre el mismo desconcertado cronopio que anda mirando las babas del diablo en el aire, y que recién a los veinte mil kilómetros descubre que no ha soltado el freno de mano”.

 

 

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