OPINIÓN

Filarmónica de Berlín: nobleza de espíritu

Simon Rattle dirige en el Teatro Real una vitalista versión de la ‘Novena’

Sir Simon Rattle, dirigiendo la Filarmónica de Berlín en el Teatro Real / Javier del Real (EFE)

La sección de contrabajos de la Filarmónica de Berlín estaba poniendo a punto sus instrumentos en el escenario del Real antes de que el público se acomodase en sus asientos. Como hacen habitualmente en su sede berlinesa, o allí donde se desplazan. Es una cuestión de estilo, que llevó ayer a sentir Madrid cercana a Berlín, aunque sea por unas horas. Los Berliner muestran siempre una actitud de entrega que refleja su “nobleza de espíritu”, como titula uno de sus libros el gran ensayista Bob Riemen.

 La cuestión es cómo conseguir el mecanismo de perfección que atesoran sus músicos. Con ellos se percibe por momentos ese concepto idealizado de la belleza absoluta. En el segundo, en el tercer movimiento de la Novena ayer, pongamos por caso. Qué sensación de arrebato, de continuidad musical, de seducción sonora. La última sinfonía de Beethoven es un manifiesto musical de solidaridad y esperanza. Es un acontecimiento, vaya por delante, tener en Madrid durante cinco días —los dos últimos con Ibermúsica, el ciclo del admirable Alfonso Aijón, un resistente frente a todas las batallas— a la seguramente mejor orquesta del mundo, con uno de los directores más carismáticos.

Pero quizás convenga recordar algunos avatares caprichosos de la historia reciente para situar de una forma más reflexiva los altibajos del mundo en que vivimos, aplicados, claro, a la programación de espectáculos culturales. La excepcionalidad del concierto fue indiscutible, pero también flotaba en el aire cierto carácter de consuelo ante algo que iba artísticamente mucho más allá. Me explico.

En abril de 2011 se presentó a bombo y platillo en Salzburgo un acuerdo de colaboración entre la Filarmónica de Berlín, el Festival de Pascua de Salzburgo y el Teatro Real de Madrid que permitiría ver representadas en el coliseo de la Plaza de Oriente nada menos que Parsifal, Salomé y Carmen en 2013, 2014 y 2015. Éramos entonces, para la prensa internacional, la envidia de Europa. Nunca la manoseada marca España ha estado tan fuerte musicalmente fuera de nuestras fronteras. Rattle se mostraba además entusiasmado con la idea. Y Mortier, además de volver simbólicamente a relacionarse con una ciudad con la que estuvo implicado durante una década al frente de su festival de verano, cumplía el sueño de tener al lado para sus proyectos madrileños nada menos que a Simon Rattle y los Berliner.

Pero todo quedó en agua de borrajas por la preferencia de los políticos que nos gobiernan en aplicar los recortes a manifestaciones culturales o, dicho de otra forma, por las repercusiones de la gestión perversa de la crisis. Se buscó una solución de compromiso para mantener la llama encendida con la Filarmónica de Berlín mediante la programación de La flauta mágica, con puesta en escena de Robert Carsen, estrenada el pasado marzo en Baden-Baden. Tampoco esta solución ha sido posible. Lo único que queda es una colaboración escénica con el Festival de Pascua de Salzburgo en Parsifal. Del pasado inmediatamente anterior permanece en el recuerdo el concierto del 1 de mayo de 2010 en el Real de Rattle y los filarmónicos berlineses interpretando el Concierto de Aranjuez, con el guitarrista flamenco Cañizares.

Pero, en fin, ayer Rattle y los Berliner se centraron en Beethoven y el tiempo se detuvo. Qué hermosura de interpretación. Justamente ayer era el día en el que el humanista Claudio Abbado, el director anterior a Rattle con los Berliner, cumplía 80 años (también los cumplía el escritor Arnoldo Liberman, otro gran humanista), y quizás inconscientemente, por todo este flujo de circunstancias casuales, la sinfonía desprendió en todo momento, desde la música pura, una atmósfera conciliadora. La lectura de Rattle fue espontánea, alegre, ligera de sonido, virtuosa y fresca en el segundo movimiento, de un una emoción sosegada en el tercero. Sin cargas filosóficas a lo Furtwängler, sin densidades sonoras a lo Thielemann, sin tendencias analíticas a lo Abbado, sin dominio estructural a lo Klemperer. Todo transmitía entusiasmo, naturalidad, cercanía. La orquesta estuvo magnífica, sección por sección, instrumento a instrumento. Los solistas, especialmente Camilla Tilling y Nathalie Stutzmann, brillaron con luz propia, y cumplieron también Joseph Kaiser y Dimitry Ivashchenko, mientras el coro Intermezzo asumía con profesionalidad el reto de compartir la música con los berlineses. Vivía su noche más hermosa.

La sinfonía de las sinfonías se repite hoy y mañana en el Real —con transmisión el viernes en pantalla gigante en la madrileña plaza de Callao—. El sábado y el domingo los berlineses se desplazan al Auditorio Nacional con dos programas diferentes, a cual más atractivo, en los que interpretarán sinfonías de Schumann, el Réquiem de Fauré con el Orfeón Donostiarra, el Concierto para violín de Alban Berg y, para alejar los espíritus malignos, la obertura de La flauta mágica. La música, la gran música, reina por unos días en Madrid. Es un milagro. No. Es la realidad en su sentido más bello.

 

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