Da del Libro 2013

Poesía contra los desahucios de la razón

El poeta, narrador, memorialista y ensayista ha dado su discurso durante la entrega del Premio Cervantes

"Hay que defender con la palabra contra quienes pretenden quitárnosla. Esgrimirla contra los desahucios de la razón"

"Una sociedad decepcionada, perpleja y herida por una renuente crisis de valores, tiende a convertirse en una sociedad renovada por su esfuerzo regenerador. Quiero creer que el arte también dispone de ese poder terapéutico"

"Decía Octavio Paz que con el Quijote empieza la crítica de los absolutos, comienza la libertad"

VÍDEO: EL PAÍS-LIVE / FOTO: ULY MARTÍN

La literatura es una realidad paralela; las ceremonias que la rodean, también. Así, en la entrega de un premio los poderosos celebran a los críticos con el poder, es decir, un ministro puede elogiar a un desobediente y un príncipe, a un infractor. Esta mañana, las protestas de los afectados por los recortes en los colegios públicos Zulema y El Carrusel de Alcalá de Henares no traspasaron los muros renacentistas del Colegio Mayor de San Ildefonso y los pitidos que ahogaban los aplausos en la plaza de San Diego al paso de las autoridades —los príncipes Felipe y Letizia; el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy; el ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert; el obispo Juan Antonio Reig Plà— contrastaban con la cordialidad y el silencio —teléfonos móviles aparte— que presidió en el paraninfo de la universidad la entrega del premio Cervantes a José Manuel Caballero Bonald.

Si el silencio lo puso la solemnidad del acto —con himnos, latines y maceros—, la cordialidad corrió a cargo de los muchos escritores que acompañaron en su gran día al poeta y narrador jerezano, de 86 años, un autor que cuenta con la admiración de sus colegas de generación y con la de los más jóvenes. “Un lúcido que no da lecciones”, como tal lo describió en su discurso el Príncipe después de destacar las raíces andaluzas de su obra y sus alas latinoamericanas y antes de recordar que el galardón iba a “estropear sus planes” de evitar la “insufrible y engorrosa” inmortalidad.

Bajo la mirada vigilante de tres de sus nietos —uno de ellos, Agar, de 14 años, cámara en mano—, Caballero Bonald subió al púlpito, cambió de gafas y habló durante media hora con esa voz que parece nacida donde se cruzan los caminos entre Jerez de la Frontera y el Siglo Oro.

Miembro de una generación literaria, la de los 50, que nunca distinguió entre literatura y amistad, lo primero que hizo el autor de Somos el tiempo que nos queda fue recordar a los amigos que le precedieron en el palmarés del Cervantes —Ana María Matute y Antonio Gamoneda le escuchaban entre el público— y a los que la muerte impidió entrar en él: Valente, Barral, Ángel González, Claudio Rodríguez, Gil de Biedma y José Agustín Goytisolo. Como dicen los manuales, niños de la guerra; como dijo uno de ellos, “partidarios de la felicidad”, escritores cuajados contra la dictadura franquista. No es extraño que todo el discurso de Caballero Bonald fuera un canto a la libertad que nace de los actos de leer y escribir. “Todos aquellos que se han valido de la opresión para programar el mantenimiento de sus poderes han coartado la libre circulación de las ideas”, dijo. “Los enemigos históricos de la libertad han recurrido desde siempre a una suprema barbarie: la hoguera. O quemaba herejes o quemaba libros”. Y añadió: “Bien sabemos que destruir, prohibir ciertas lecturas ha supuesto siempre prohibir, destruir ciertas libertades”.

Llegó entonces el momento del Quijote, un libro que fue para él no “una lección” sino “una conmoción”. Siguiendo la regla no escrita de referirse en el discurso de recepción del premio más importante de las letras en español al autor que le da nombre, Caballero Bonald reivindicó al Cervantes menos trillado —el poeta—, algo que ha hecho por extenso en el ensayo que abre su libro más reciente, Oficio de lector (Seix Barral). “Quien escribió el Quijote no podía ser sino un gran poeta”, afirmó en Alcalá citando a Luis Cernuda. En esa novela que tantas veces ha resultado ser “una poderosa luminaria” que oscurece cualquier otro empeño se decantan, dijo el premiado, “los alimentos primordiales de la poesía, esa emoción verbal, esas palabras que van más allá de sus propios límites expresivos y abren o entornan los pasadizos que conducen a la iluminación, a esas ‘profundas cavernas del sentido’ a que se refería San Juan de la Cruz”.

Tras recordar las “vaguedades, zozobras y cautiverios”, las “decepciones, fracasos y desdenes” que llevaron a Cervantes a publicar la parte fundamental de su obra cuando rondaba los 60 años y apenas le quedaban 10 de vida, el autor de Ágata ojo de gato subrayó que más que un “vencido por la vida”, el creador de Alonso Quijano fue el “vencedor literario de todas las batallas por la libertad”.

Libertad fue una de las palabras más usadas ayer por Caballero Bonald. La otra fue la palabra poesía, “ese engranaje de vida y pensamiento que tanto amó Cervantes y que tan exiguas recompensas le proporcionó”. Corrección de las erratas de la historia, defensa contra sus “averías”, consuelo para sus trastornos y desánimos... todo eso es la poesía para un escritor que ayer reivindicó la utopía —esa “esperanza consecutivamente aplazada”— y “los nobles aparejos de la inteligencia” para que el pensamiento crítico “prevalezca sobre todo lo que quiere neutralizarlo” en una sociedad “decepcionada, perpleja, zaherida”.

“Siempre hay que defenderse con la palabra de quienes pretenden quitárnosla”, dijo el autor de Manual de infractores cuando su discurso se encaminaba hacia el final. “Siempre hay que esgrimir esa palabra contra los desahucios de la razón”. Puede que algún día esa fórmula —desahucios de la razón— se lea como una simple metáfora, el 23 de abril de 2013, no. Y menos en la voz de alguien que suele repetir que busca que el poema ocupe más espacio que el texto propiamente dicho, que las palabras signifiquen dentro de la poesía más de lo que significan dentro del diccionario.

La literatura es una realidad paralela, es cierto, pero la otra, la cruda realidad, es tozuda, y a veces, aunque sea entre líneas, se cuela como la noche en un famoso poema de José Manuel Caballero Bonald, o sea, por las ventanas, por los ojos “de cerraduras y raíces”, por orificios y rendijas. Y por debajo de las puertas. También por aquellas cerradas al ruido de la calle.

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