Mariachis con pasaporte gringo

Un ensayo fotográfico retrata a 15 grupos de mariachi en la ciudad norteamericana

FOTOGALERÍA

Un traje de charro en la Academia de Mariachi de Nueva York. / PAOLA NÚÑEZ

No era una estampa muy común. Decenas de niños, muchos sin haber puesto un pie en México, subieron al escenario del auditorio del Museo Metropolitano de Nueva York vestidos de charro. También algunos adultos. El concierto se llamaba Mexico in the heart, y en él participaban los alumnos de la Academia de Mariachi de Nueva York, fundada en 2002. La fotógrafa Paola Núñez, mexicana, les acompañaba. Las imágenes recogen niños que, solemnes, viste la corbata de moño, y algunos adultos que se asoman al escenario. Forman parte de Serenata en Nueva York, un proyecto fotográfico que recoge las aventuras de los grupos de mariachi más importantes de la ciudad durante dos años.

La idea vino de un baby shower. Núñez asistió a un festejo para una futura mamá en Manhattan cuando irrumpió una banda de mariachi. “Me interesé por saber cuántos eran, cuánto trabajo tenían, y si habían nacido en México o eran segunda o tercera generación”, explica. Decidió seguir a 15 de estos grupos durante dos años.

Los grupos de música tradicional mexicana que antes eran “tríos o cuartetos que tocaban música de mariachi”, comenta, se han multiplicado en Nueva York. El caso de Ramón Ponce Jr. es paradigmático. Comenzó a cantar en México a los cinco años, a estudiar música desde los siete y a los 16 empezó a hacerlo de forma profesional. “En Puebla vivía enfrente del jardín de Santa Inés. Ahí nací, de hecho. Escuchaba desde niño a mariachis, “lo traigo desde dentro”, cuenta. “Yo soy cuarta generación”, explica el músico, que llegó a Estados Unidos en 1988 proveniente de su natal Puebla (centro de México) cuando tenía 12 años. Su padre, Ramón Ponce Sr., tiene 52 años trabajando de mariachi. La Academia de Mariachi de Nueva York, que fundaron, tiene 200 alumnos, en su mayoría niños. Muchos son mexicoamericanos, pero también hay colombianos, puertorriqueños y estadounidenses de origen anglosajón. “Tenemos hasta un estudiante muy pequeño de origen judío”, dice con orgullo.

La tradición se remonta hasta su bisabuelo y en el Mariachi Real, que dirige, tocan actualmente su padre, su hermano Miguel y “compañeros y amigos”. Cuenta que la tradición permanece, “ya varios de mis sobrinos están aprendiendo a tocar”. La fotógrafa apostilla que, incluso, es frecuente ver a mujeres en los grupos, “algo que no es muy común en México”, subraya. El ensayo fotográfico incluye imágenes de Las Tapatías, un grupo formado exclusivamente por chicas.

Ponce afirma que cuando llegó, el mariachi era considerado “música de la calle”, con una imagen cargada de estereotipos. “No sólo somos músicos de mariachi, primero tienes que ser músico. Muchos de nosotros tenemos carreras”. El grupo se ha presentado en el Carnegie Hall, el Lincoln Center y el Madison Square Garden. Han subido a tocar la campana de Wall Street un 5 de mayo. Incluso ha llegado a alternar con Plácido Domingo en el Constitution Hall de Washington.

El padre de Álvaro Paulino, de 30 años, llegó a Nueva York en los años setenta. Era miembro del Mariachi Puebla, al igual que Ramón Ponce Sr., uno de los primeros que llegó a la ciudad. “Entonces apenas tenían un trabajo cada mes, cada dos meses. Ahora las peticiones son diarias y hay decenas de grupos en la ciudad”. Coincide en que la música de mariachi es “mucho más respetada”. No hay “temporada alta” de trabajos. Les llaman para actuar en bodas, cumpleaños y hasta en funerales. Paulino dice que un día un señor le pidió llevar una serenata a la Santa Muerte. “La petición más rara que hemos tenido”, recuerda. El Mariachi Real, por su parte, actuó un día en la fiesta de cumpleaños de un perro.

Paulino, de padre mexicano y madre puertorriqueña, explica que no le es difícil identificarse con la música mexicana. Actualmente dirige el Mariachi Tapatío de la ciudad. Es neoyorquino de nacimiento, pero el asunto de los mariachis —empezó a actuar profesionalmente a los 13 años— lo considera “cuestión sagrada”. “Yo siempre digo que si me muero y vuelvo a nacer, volvería a ser un mariachi”, enfatiza. Presume que sus primos, que aún viven en Puebla, ya están aprendiendo a tocar. ¿Es difícil sentir la música cuando se toca tan lejos? Ponce responde que no importa cuántos años haya pasado fuera: “Cada vez que nos ponemos el traje de charro, nos sentimos más mexicanos”, afirma.

Ponce cuenta que un día uno de los miembros de su mariachi tuvo un problema con su mujer y se había distanciado. Les pidió que le acompañaran para llevar una serenata a su mujer. La ocasión fue muy emotiva, recuerda, y la imagen muestra a un tímido músico que se acerca a la habitación donde le espera su hija. A otro miembro lo sorprendieron con un concierto sorpresa el día de su cumpleaños. La emoción le hizo saltar las lágrimas. “Así es como deben sentirse la gente a la que llevamos música”, relata Ponce que exclamó. Su padre, el que lleva 50 años de músico, zanjó: “Somos como doctores, aliviamos el dolor de las personas”.

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Periodista mexicana. Lectora compulsiva. Adicta a redes sociales. Curiosa profesional.

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