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crítica de 'tipos legales'

La última y larga noche (de farra)

Ha habido mejores filmes en la carrera del trío Arkin, Pacino y Walken

De izquierda a derecha, Christopher Walken, Al Pacino y Alan Arkin.
De izquierda a derecha, Christopher Walken, Al Pacino y Alan Arkin.

En una secuencia de esta película, que utiliza a tres presencias legendarias casi como escudos humanos para neutralizar toda andanada crítica, el personaje interpretado por Alan Arkin, al volante de un coche robado durante lo que tiene todas las trazas de ser una última noche de extravío, exclama: “Como en los viejos tiempos, ¿no?”. “No”, le replica el personaje encarnado por Al Pacino, “es mejor que en los viejos tiempos… porque ahora podemos valorarlo”. En ese intercambio verbal está contenido el sentido de la película: el juego de reunir a tres rostros en fase crepuscular, pegados a sus arquetipos y con todo el peso de la memoria cinéfila a sus espaldas, para que se marquen, literalmente, una última juerga con la Parca al fondo. En cualquier otro momento de las carreras de Arkin, Pacino y Christopher Walken, una larga noche como la que viven sus personajes no tendría las mismas resonancias. Ahora, nosotros, los espectadores, también estamos en la posición de valorarlo: ha habido mejores películas en la trayectoria de cada uno de ellos, pero quizá nunca volvamos a verlos juntos. Y, aquí conviene tocar madera, tampoco podemos confiar, a estas alturas, en que haya un suministro futuro inagotable de trabajos de cada uno de ellos.

TIPOS LEGALES

Dirección: Fisher Stevens.

Intérpretes: Al Pacino, Christopher Walken, Alan Arkin, Julianna Margulies, Lucy Punch.

Género: thriller.  EE UU, 2012.

Duración: 92 minutos.

En Tipos legales, un atracador retirado (Walken), paisajista en sus ratos libres —su especialidad son los crepúsculos: ¡toma metáfora instantánea!—, recoge a un viejo compinche (Pacino) en su salida de la cárcel, tras cumplir veintiocho años de condena como chivo expiatorio de un golpe que dieron juntos. En el encuentro hay, por supuesto, una agenda oculta que no debería leer el lector de críticas con fobia al spoiler: el pintor aficionado tiene que ejercer, esa misma noche, de verdugo de su amigo, para cumplir la exigencia de venganza del mafioso que les encargó el golpe, cuyo hijo murió en el tiroteo posterior. Un tercer amigo (Arkin), aletargado en una residencia de ancianos, también será liberado en una velada de tanteos tóxicos, alivios lúbricos, carreras locas y puntuales incursiones en el vigilantismo senil. La película cae en ocasiones en tópicos chuscos de la comedia geriátrica —la virilidad reactivada de Arkin—, pero logra mantener un razonable equilibrio entre su manejo del humor negro y las complicidades de la comedia de viejos camaradas reunidos. Fisher Stevens, actor secundario de larguísimo recorrido, dirige con más eficacia que voluntad de estilo, antes de afrontar la adaptación de Pastoral americana, la novela de Philip Roth.

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